8.9.06




Nº 56 - septiembre de 2006

*Ante la afectación del predio a “Urbanización Parque” se viene para Boedo una... Plaza a plazo fijo

*4 de septiembre. Día del Inmigrante. Mario Bellocchio

*Callejeando historia: Mariano Moreno, la Biblioteca Pública y la educación. Diego Ruiz

*Hamlet Lima Quintana. Alguien que sigue siendo “necesario”. Juan Alberto Núñez

*A 55 años de la promulgación de la Ley 13.010. De la exclusión al sufragio. María Virginia Ameztoy

*El extraño caso de las valijas. Carlos Penelas

*Leopoldo “Teuco” Castilla, poeta. “Como si la casa entera fuera hecha de palabras”. Entrevista de Edgardo Lois

*La nieve. Marta Kapustin

*Fantasma de luna (poema). Raimundo Rosales

*Queremos decirles que...” (Editorial). La seguridad... Mario Bellocchio



Ante la afectación del predio a “Urbanización Parque”

Plaza a plazo fijo

Puede considerarse que estamos ante la inminencia de concretar el sueño de la plaza propia. Aún falta la audiencia pública para poder otear los canteros en el horizonte Vail.

Ya hace más de 35 años que se produjo el primer esfuerzo, registrado en actas, para destinar a espacio verde de uso público el predio de la vieja Estación Vail. En el expediente 64.087/970 quedó asentado que: “La Dirección del Plan Regulador y la Dirección de Arquitectura y Urbanismo (de la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires) desaconsejan la implementación de una industria en el predio y propician la expropiación de la manzana para destinarla a espacio verde para uso público. 18-6-1971”.
En esos 35 años los tozudos pobladores de Boedo no cejaron en su intento de la conquista del verde vital. Desde las primeras comisiones vecinales que fueron entregando la posta a instituciones y grupos sociales que mantuvieron vivo el anhelo, hasta las 2350 firmas conseguidas por un importante número de instituciones y agrupaciones del Boedo actual, la lucha fue pertinaz. Reconoce esfuerzos de todo calibre; algunos administrativos, otros impulsores, difusores, generadores de vínculos... Hasta el de aquellos que por carencia de otras potencialidades sólo atinaron al aliento sincero y estamparon su firma junto a su deseo de concreción del petitorio. Todos aportaron su esfuerzo para que el anhelo llegara al recinto de la Legislatura con un importantísimo aval. Debemos estar orgullosos de haber sido convincentes sobre la necesidad de un espacio verde para un barrio casi totalmente carente de él. Y a tal punto fue bien fundamentado que de los 53 diputados presentes sólo dos se opusieron a la declaración “de utilidad pública y sujeto a expropiación del predio conocido como Estación Vail”, comprendido por Carlos Calvo, Sánchez de Loria, Estados Unidos y el límite de la franja de propiedad privada ubicado sobre Virrey Liniers.
El texto votado es el siguiente:

LEY
Art.1º- Declárase de utilidad pública y sujeto a expropiación, de conformidad con la Ley 238, al predio conocido como “Estación Vail” en el barrio de Boedo, cuya denominación catastral es la siguiente: Circunscripción 8, Sección 30, Manzana 28, Parcela 1.
Art. 2º- Desaféctese el predio delimitado en el Art.1º del Distrito de Zonificación R2bl.
Art. 3º- Aféctese a Distrito de Zonificación UP (Urbanización Parque) al predio delimitado en el Art. 1º, para ser destinado a espacio verde de uso público, y usos complementarios compatibles con la zonificación UP.
Art. 4º- A los efectos del cumplimiento de la presente ley el Poder Ejecutivo procederá a realizar en el Presupuesto General de Gastos y Cálculo de Recursos para el Ejercicio 2007 una reserva de partida en la jurisdicción 99 Obligaciones a cargo del Tesoro –Bienes Preexistentes– hasta la suma de siete millones novecientos mil pesos ($ 7.900.000).
Art. 5º- Publíquese y cúmplase con los artículos 89 y 90 de la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Para la sanción definitiva se requiere doble lectura (audiencia pública), según lo dispuesto por los artículos 89 y 90 de la Constitución de la Ciudad.
El paso inicial, considerado el más dificultoso –dada la concordancia de voluntades puestas de manifiesto en la votación–, se ha dado. De lograrse la aprobación definitiva, luego de la audiencia pública, el predio se afectará al Distrito de Zonificación UP (Urbanización Parque) para ser destinado a espacio verde de uso público y usos complementarios compatibles con la zonificación UP. El artículo cuarto prevé, inclusive, la reserva presupuestaria correspondiente. Aunque todavía falta el broche final, y después de tantos esfuerzos, no es hora de aflojar en los apoyos que sean necesarios.
Cuando la concreción final llegue, como sin duda llegará, desde este espacio propiciaremos una respetuosa reserva recordatoria del histórico lugar en el futuro predio verde. Bastaría con sacar a relucir parte del entramado viario sepultado bajo asfalto, por ejemplo. Y, seguramente, una placa que honre estos 35 años de lucha solidaria. No estaría mal que dijera “Espacio público conseguido por el esfuerzo del pueblo del barrio de Boedo”.


4 de septiembre

Día del Inmigrante

Cuando el nonno armó sus valijas de cartón, allá en el lejano Bobbio, unos pocos kilómetros lo separaban de Genova y la tercera clase del piroscafo. Después la travesía, las ansias, las concreciones, los desencantos... Siempre el esfuerzo, el denodado esfuerzo... El desarraigo y el arraigo. Allá por el Centenario ya fue posible traer a la novia que había quedado esperando las mieles de l’America. Entonces sí, con la llegada de los hijos, las raíces calaron profundo, para siempre. Quedarían hasta el último suspiro: la imposibilidad de pronunciar la “jota” y el acento afrancesado del dialecto bobbies. Pero con la nonna fueron orgullosamente “arquentinos”, por amorosa adopción voluntaria.
Es la fracción de historia personal que encaja con precisión de generalidad en los cánones del 90% de nuestro pueblo. “Los argentinos descienden... de los barcos”, bromea un viejo dicho, tal la proporción de descendientes de inmigrantes preferentemente italianos y españoles, pero de ningún modo en forma exclusiva.
Ya a partir de nuestra propia Constitución –1853– se establece que “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”.
Los 18 años que trascurren entre los gobiernos de Mitre, Sarmiento y Avellaneda –1862 a 1880– reciben el impulso de los tres mandatarios a las primeras experiencias de corrientes inmigratorias. Aquella pionera Colonia Esperanza de Aarón Castellanos en la Santa Fe de 1865, los asentamientos de Entre Ríos, los galeses en Puerto Madryn... “Gobernar es poblar”, sostenía Sarmiento, aunque, en lo concreto, prefería a los inmigrantes anglosajones que a su juicio “tenían mayor habilidad mecánica, hábitos de ahorro, capacidad de trabajo y respeto por la autoridad”, desechando a los judíos, españoles e italianos, entre otros candidatos posibles.
La despoblada extensión de nuestras tierras, en gran proporción vírgenes de todo cultivo y excepcionales para desarrollarlo, fue el principal acicate local de fines del siglo XIX. Las primeras experiencias se transformaron en oleadas que, sólo en la década de 1880, superaron holgadamente las 800.000 personas, ahora sí manifiestamente españoles e italianos en abrumadora mayoría.
Hasta comienzos del siglo XX, desde nuestros orígenes independientes, habían llegado al país más de dos millones de españoles, la mitad de los cuales adoptó esta tierra para siempre.
Los italianos, mientras tanto, no quedaban rezagados en esa estadística: tomando los 50 años que van de 1880 a 1930 se contabilizó la llegada de más de 2.300.000, con un pico que rozaba el medio millón allá por el Centenario.
Es tarea imposible para esta escueta crónica enumerar los atractivos del nuevo terruño y las causas expulsoras que precipitaron a nuestros abuelos a abandonar el suyo. Las hambrunas, las persecusiones religiosas y políticas del siglo XIX, tuvieron clara continuidad en sendas contiendas mundiales, en la Guerra Civil Española y en las persecusiones del nazismo y el fascismo.
La descendencia de las grandes masas iniciales ya había dado sus propios hijos. La posguerra recuperaba aceleradamente los campos arrasados y las ciudades derruidas de la vieja Europa, cuando el gobierno justicialista decretó el “Día del Inmigrante” como homenaje a aquellas viejas generaciones laboriosos que se asentaron en nuestra tierra. El 4 de septiembre, a partir de 1949, excedería al pasado preponderantemente hispano-itálico para trascender en los paraguayos, los bolivianos, los chinos..., que encuentran a nuestro lado raíces para su futuro.
Paradójicamente, muchos de nosotros, frutos de aquellas semillas de “vientos de agua”, debemos transitar la ruta inversa alzando la vista en la búsqueda de hipotéticos mejores futuros, o soportar ese camino de nuestros hijos y nietos con la resignación de su ventura.
Yo quedo aquí, moqueando con Eladia: ¡Soy...! la raíz, del país que amasó con su arcilla. / ¡Soy...! Sangre y piel, del “tano” aquel que me dio su semilla.../ Adiós, “Nonino”... qué largo sin vos, será el camino. / Dolor, tristeza, la mesa y el pan... / Y mi adiós... ¡Ay...! Mi adiós, a tu amor, tu tabaco y tu vino...
Mario Bellocchio




Callejeando historia

Mariano Moreno,
la Biblioteca Pública y la educación

En el mes de septiembre, cuya clásica efemérides es el Día del Maestro –que conmemora la muerte de Sarmiento en 1888–, coinciden otras que, aunque a primera vista no lo parezca, guardan una íntima relación por referirse a hombres o hechos vinculados a la historia de la educación argentina. Así, un día 2 de 1805 nacía Esteban Echeverría, que tanto en su Dogma socialista de 1839 como en Mayo y la enseñanza popular en el Plata de 1844 expuso su pensamiento –influido por el cristianismo místico de Lammenais, la inspiración republicano-democrática de Mazzini y el socialismo romántico de Saint Simon–, en el cual el problema argentino era esencialmente educativo: había que formar al pueblo para la democracia, que no es una forma de gobierno sino “el régimen de la libertad, fundado sobre la igualdad de clases”.
Y tres décadas antes, el 7 de septiembre de 1810, un hombre de la generación anterior a Echeverría, creaba una institución central en su idea de la acción educacional: la Biblioteca Pública de Buenos Aires. Mariano Moreno, que no a otro nos referimos, había nacido el 27 de septiembre de 1778 –el mismo año que San Martín–, hijo del santanderino Manuel Moreno Argumosa, proveniente de un modesto hogar de labradores, y la porteña Ana María Valle. Hizo sus primeras letras en la escuela pública y pasó luego al Colegio San Carlos, fundado en 1783 por el virrey Vértiz, donde se ganó la protección de fray Cayetano Rodríguez, quien le franqueó la biblioteca de los franciscanos, y del clérigo Felipe Tomás de Iriarte, quien lo recomendó para cursar en la Universidad de Charcas. Valga en este punto una digresión: si bien casi toda la generación de la Revolución de Mayo estudió en San Carlos, los que siguieron estudios superiores se repartieron entre Córdoba –cuya Universidad había fundado el obispo Trejo como Colegio Máximo ya en 1613– y la antes nombrada, instalada en la ciudad altoperuana, que llevó cuatro nombres a lo largo de su historia: Chuquisaca, Charcas, La Plata y actualmente Sucre, siendo la capital constitucional de Bolivia. El mayor o menor capital familiar decidía el rumbo –a mayor lejanía mayores gastos– al punto que sólo un integrante de esa generación fue a la prestigiosa Salamanca, Manuel Belgrano, cuyo padre había amasado una inmensa fortuna con el comercio y, por qué no decirlo ya que en la época era normal y decente, el tráfico negrero.
Lo cierto es que Moreno se alojó en la casa del canónigo Matías Terrazas, poseedor de una gran biblioteca, y en 1801 era bachiller en leyes, al siguiente año licenciado y en 1804 doctor en cánones, o sea abogado. Adscripto por un tiempo al estudio de Gascón –futuro participante del Congreso de Tucumán– volvió a Buenos Aires en 1805 y aunque no tuvo actuación en las Invasiones Inglesas participó en la asonada organizada por Alzaga, el 1º de enero de 1809, contra el virrey Liniers. Allí empieza su actuación pública, como consejero legal de Cisneros, escribiendo la famosa Representación de los Hacendados y, aunque no tuvo destacada actuación en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, convirtiéndose en uno de los secretarios de la Primera Junta el 25. No detallaremos su vasta actividad en ella, suficientemente conocida, sino los tres pilares considerados fundamentales por Moreno para la educación, que no debía circunscribirse a lo meramente escolar, sino también a la difusión del libro y al periodismo; decía que “si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar un tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”. Pensamiento que encontramos en otros hombres formados en la Ilustración como Artigas, que quería que el pueblo “sea valiente pero ilustrado”, o en el propio San Martín, que en el decreto de fundación de la Biblioteca de Lima –para la cual dona la suya– califica a la “ilustración” como “azote de tiranos”. Así pues, además de la Biblioteca, de la cual fue nombrado Protector, Moreno funda la Gazeta de Buenos Ayres y publica una reimpresión del Contrato social para enseñar a los ciudadanos “el verdadero origen de sus obligaciones (...) (y) las que correlativamente contraían los depositarios del gobierno”. La Junta –que había tomado algunas medidas educativas como encomendar a los regidores del Cabildo inspeccionar las escuelas y formular las reformas necesarias– dispuso que el libro se usara como texto en todas las escuelas a partir de los cursos de 1811 para que los niños participaran “del gran beneficio que trajo a la tierra este libro inmortal”, pero ahí el Cabildo mostró la hilacha, pues no objetó si aquellos estarían en condiciones de entender a Rousseau, sino que lo consideró “inútil, superfluo y perjudicial”.
Lo cierto y sabido es que Moreno, que en su jacobinismo algunas cosas tenía muy claras, y terminó peleado con Saavedra y media Junta a raíz del célebre “decreto de supresión de honores” y de la incorporación de los diputados del Interior, fue designado en misión diplomática a Europa y falleció en alta mar dejando desamparados a su mujer –Guadalupe Cuenca– y a su pequeño hijo, que Guadalupe escribiría conmovedoras cartas que nunca llegaron a manos de Moreno y que las autoridades nunca le reconocerían una pensión, salvándolos de la indigencia Manuel Moreno, amante hermano que publicaría en Londres, en 1812, la Vida y memorias del Dr. Mariano Moreno.
De sus obras, la Gazeta perduró hasta el 12 de septiembre de 1821 bajo la redacción de José Pazos Silva, Manuel Alberti, Gregorio Funes, Agrelo, Monteagudo y otros, mientras la Biblioteca perdura hasta nuestros días. Y aquí surge otra interesante coincidencia, pues no sabemos si accidentalmente o adrede, el 27 de septiembre de 1901 la institución se muda de la Manzana de las Luces, donde había estado ubicada desde sus orígenes, a un edificio de la calle México originalmente destinado a la Lotería Nacional –y allí están, decorando los pomos de la gran escalera, los bolilleros para probarlo– por gestión de su entonces director, Paul Groussac, que no dejó tranquilos a Roca y a sus ministros hasta conseguirlo.
A diferencia de otros casos que en su oportunidad hemos comentado, estos hechos y hombres dejaron su marca en la nomenclatura urbana, y desde 1857 la antigua calle de San Francisco, que por algún tiempo se llamó Biblioteca por hallarse en ella la institución, pasó a denominarse Moreno, corriendo de este a oeste por los barrios de Monserrat, Balvanera y Almagro, entre Belgrano y Alsina –luego Yrigoyen–, desde Ingeniero Huergo hasta Colombres. Esteban Echeverría, por su parte, corre desde Figueroa Alcorta hasta Constituyentes entre Sucre y Juramento en el barrio de Belgrano; Paul Groussac, en Versailles, corre desde Lope de Vega hasta Irigoyen entre Santo Tomé y Marcos Sastre; Rousseau está situada en La Paternal, llamándose original y confianzudamente Juan Jacobo, y corre desde la avenida San Martín hasta Terrero entre Arregui y Lascano, y Gazeta de Buenos Ayres es una cortada de Villa Santa Rita que nace en Helguera y termina en Cuenca, entre Alvarez Jonte y El Delta.
Diego Ruiz



Hamlet Lima Quintana
Alguien que sigue siendo “necesario”

Era un empecinado amigo del pueblo, “un tipo como vos”, le gustaba decir, nacido el 15 de septiembre de 1923 –de los que llenan hasta el hartazgo el hoy TBA, y ayer Ferrocarril Sarmiento–, un tipo comprometido como he conocido pocos. “Trabajo, me alimento”– confesaba–, un vecino del oeste, uno que se crió entre calles de tierra y el guitarrerío mañanero de los gorriones, porque así era de simple todo, hasta que el vino agrio del oscurantismo local desbordó su copa y un pucho desdeñoso y mal nacido le fue arrojado a su paso por la ignorancia, el prejuicio y el recelo; sabido es que el destello de la verdad siempre asusta a los que suben y hacen de todo por mantenerse arriba, aunque los de abajo la sigan yugando como perros. Un hijo dilecto era, de una ciudad que lo admiraba, porque sería injusto decir, en pocas palabras, que en Morón no había a quienes deslumbraran las suyas. “Yo soy un tipo como vos”, repetía, y en su voz grave de ternura infinita, era como proclamar que, siendo lo que era, no formaba parte de los otros, de esos que se cruzaban de vereda para evitar su saludo y el “que dirán”; y no éramos, por cierto, tan pocos los que sí, “trabajo, me alimento, sudo un poco”, pero quizás, es preciso reconocerlo aunque nos avergüence, nosotros, sus amigos o esos librepensadores, o que decían serlo, no hicimos todo lo que era preciso e indispensable hacer por él, para defender como nuestra, esa claridad de ala que cabalgaba por las calles del oeste, yendo y viniendo, con su lenguaje poético; ese diáfano fulgor de su palabra proclamando “me dibujo pensamiento en los ojos”, que semejaba pararnos en la calle para decirnos, “yo soy un tipo como vos. La hora, se me hace tarde”. Este andén –era cierto– nos está quedando chico. Todo es un enorme reloj, y lo era, hermano; todos corríamos para no perder el tren de las siete menos cuarto que, a veces, se suspendía; laburábamos, nos alimentábamos y nos hacíamos las mismas preguntas que vos te hacías. “Pero, ¿cómo hará Luisa para inventar tanta ternura todos los días?” y eras, en el vagón, apretado, “enlatados”, cuando pensabas en ella, y quizá todos en nuestras Luisas. Uno más de todos nosotros, “yo soy un tipo como vos” –reiterabas– como quien dice “buenos días, compañeros”, con el diario estrujado bajo el brazo, y los ojos se te poblaban de dibujos, de Javieres, de Raúles, de Armandos, de aquel Morón de pantalones cortos y lluvias lentas, “de gente que con sólo decir una palabra enciende la ilusión y los rosales”. Y eso lo fue sembrando en nosotros tu palabra, con esa luz “que tiene el pájaro al que se le entiende todo lo que canta”, y tenía y continúa teniendo tu palabra.
Esa inmensa y hamletiana humanidad de tu palabra, la que, aún así, después de haberte ido, por purísima ansiedad de camino, de gira con la parca, sigue siendo nuestra, nos pertenece por derecho de canto, porque ella es amistad y es lucha. Y es tuya y es de todos los que sueñan con que esto cambie de una buena vez, aunque esa esgrima de papeles solidarios condenen al juglar hidalgo a una marginalidad, a la que el poder apela, frente a aquellos que les descubren su puerco juego y dicen lo que otros no se atreven a decir; marginalidad, que es como pretender conminarlos, si no al silencio, a caminar orillando el arte. Pero cuando se viene con esa pasión, tan Hamlet, tan Lima, tan Quintana, y con esa férrea fidelidad a sus orígenes, que es como decir desde el pueblo “yo soy un tipo como vos, trabajo, me alimento”, y cuando la sangre de uno “está en la sangre de un pueblo castigado, mi voz ha de estar en las voces de los iluminados”; y cuando el asunto viene de ese modo, no hay forma, señor, de poner al poeta en una caja, de esconderle los zapatos, porque ha de entrar en pata adonde esté su gente, y se sentará a su mesa, porque es esa gente la que vive y atesora su poesía. “Yo soy un tipo como vos, me gusta la mujer, cuento los hijos” y valoro su ternura, como vos apreciás la tuya, aunque tengas que hacerte, siempre, la misma pregunta, “pero, ¿como hará Luisa para inventar tanta ternura todos los días?”. Porque es cierto, y ellas lo saben, debido a que también en ella prendió la semilla de tu poesía, y tienen plenamente claro que, aquí, es cosa de tontos pelear solo, y entonces la ternura es como una forma de acorazarte de las alimañas que suelen parir esos huevos que dejan las serpientes, para que zigzagueen miserablemente tras los pasos de los tipos como vos, “trabajo un poco más, ando sin plata”, de los que son como cada uno de nosotros, los que no se resignan a que el mañana esté en manos que no sean las nuestras, los que atiborramos cotidianamente los rápidos, o los que van parando en todas hasta Moreno del TBA, esos “espacios llenos de cuerpos, ese aire lleno de caras”, pero, tal vez, con algo que no es lo tuyo. “Yo soy un tipo como vos –decías– y en vos eso era cierto, por haber nacido con un corazón pleno de pureza y alegría, un hidalgo caballero de la vida y la palabra, y olfatean, hoy, donde cada uno cuida su quintita, huronean hacia lo alto, te “pisan la cabeza; quiero querer, me duele el corazón cuando lo pienso”. Esas eran tus palabras, y es una suerte, hermano, que ante tanta desvida, engaño y chantocracia, aún haya gente como vos, “me venden un buzón, por ahí anda la cosa”, y como algunas ves dijiste “hay gente que con sólo dar la mano, rompe la soledad, pone la mesa”, pero están también los otros, los pusilánimes de barba tipo candado, aquellos que con decretos se empeñan en detener al viento, cerrarle las ventanas a la aventura del espíritu, los polichinelas del sistema, con su nariz como tomate y sus grandes zapatones, los que se obstinan en ahuyentar los colibríes de la esperanza, y orinar sobre esas diminutas ilusiones, que los de arriba nos venden por TV con la ilusión de hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y con sus orines mentales marchitan, día a día, los rosales. Pero la semilla, es sabido, no muere, y eso, compadre, como ese otro pájaro del canto popular al que llamaban Armando, con el que debés de estar charla que te charla, contando las picardías comunes, junto al “Cuchi”, y a don Osvaldo, y al bueno de Paco Urondo, el recuerdo de Lubrano y tantos otros, lo han sabido desde siempre. Y es cierto que, de rato en rato, de boliches como el Margot y una manga de locos a los que no pueden impedirles el seguir galopando sus propios sueños, surgen algunos libros como los de ustedes, sueños, rebeldías, palabras que se alzan cabreras como los indios de Cuzzani, “La Yumba” rezongando fiero o alguna obra de Berni que nos salen al encuentro con sólo abrir la puerta, porque siempre hay algunos que “con sólo sonreír entre los ojos nos invitan a viajar por otras zonas”, y a despecho de los operadores de bolsa y la cámara de comercio, hombres como ustedes, como el mismo buhonero Javier, “nos hacen recorrer toda la magia”.
Porque es cierto, hermano, “hay gente que con sólo abrir la boca/ llega hasta todos los límites del alma,// alimenta una flor, inventa sueños,/ hace cantar el vino en las tinajas,/ y se queda después como si nada".

Hay tipos increíbles, gigantescos de tan modestos. Padres de muchos padres. Hijos de la misma tierra. Ejemplo de conducta. Gente que va por los caminos de la vida arrojando las semillas de las quimeras, de los sueños posibles, y también de los otros, porque de los posibles se hace cargo cualquiera. Pese a lo cual siempre estarán aquellos, los que se niegan a cruzar la calle y se quedan en la otra vereda. Son los que enmudecen el vino, y los pone rejodidos ese jolgorio jornalero que alza su vuelo desde los boliches, como si esa alegría fuese un milagro que sólo se disfruta con tarjeta, porque tras la carcajada, la desfachatez de la risotada campechana, hay algo que les suena “como irse de novio con la vida”, quizá de puro ser simple de tan simples. Y eso sólo lo saben los que viven empedernidamente enamorados de la vida y viviendo para el otro, desterrando a muerte esa muerte que a los otros les han puesto entre las manos, en lo más ponzoñoso de sus uñas, en esa mirada aviesa, ignorando lo que vos sabías y nosotros hemos aprendido, “que a la vuelta de cualquier esquina, hay gente que es así, tan necesaria”, como vos nos seguís siendo.
Juan Alberto Núñez



A 55 años de la promulgación de la Ley 13.010
De la exclusión al sufragio

El 23 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional promulga la ley de sufragio femenino obligatorio, que además otorga a las mujeres argentinas el derecho de ser elegidas para cargos ejecutivos y legislativos nacionales, municipales y distritales. En el marco de esta ley votan por primera vez las mujeres de todo el país el 11 de noviembre de 1951.


Como toda conquista, la ley se inscribe en la historia de las luchas previas a su promulgación, no sólo en las de las mujeres sino en las de todos los sectores excluidos por los grupos hegemónicos dominantes. Porque no existe poder sin luchas y enfrentamientos y cualquier modificación en las relaciones de poder está signada por la resistencia.
Así, la Ley Sáenz Peña de 1912 no era estrictamente de voto “universal”, ya que no sólo marginaba a las mujeres sino también a los extranjeros, y, dada la composición social con mayoría de inmigrantes, resultaba exclusora para gran parte de los habitantes de nuestro país.
Yendo más atrás en el tiempo, para los constituyentes de 1853 la “soberanía popular” era una mera declaración de principios, ya que los artículos 14 y 16 de la Constitución proclamaban la igualdad jurídica pero ningún artículo refería a la igualdad política.
En el mundo occidental la historia de las luchas por el sufragio femenino se remonta a la Revolución Francesa. Una de sus primeras representantes es Olimpia Gourges (1748-1793). Entre otras pioneras europeas y americanas podemos citar a Flora Tristán (1803-1844), Susan Brownell Anthony (1820-1906), Concepción Arenal (1820-1893), Clara Campoamor (1888-1972)…
En nuestro país la lucha por la reivindicación de los derechos de las mujeres al sufragio comienza a fines del siglo diecinueve; por lo tanto antecede a la Ley Sáenz Peña. A partir de 1902 las mujeres socialistas llevaron adelante campañas por dicha reivindicación. Alicia Moreau de Justo, Elvira Dellepiane de Rawson, Julieta Lanteri, son sólo algunos de los nombres enrolados en esa lucha a principios del siglo veinte. Sus continuos reclamos al Congreso fueron archivados hasta que, en 1928, el diputado socialista Mario Bravo presenta un proyecto de ley de voto femenino, abortado por el golpe militar de 1930. En 1932 Alfredo Palacios presenta otro. También fue archivado.
Por otra parte, en 1930 una asociación católica, el Comité Argentino Pro voto de la Mujer, declarándose “independiente” de temas políticos, propone un voto femenino calificado. La Unión Argentina de Mujeres constituía el sector sufragista liberal. Estas y otras formaciones representaban a sectores económico-sociales medio-altos y su lucha es pasible de ser inscripta a partir de una concepción elitista.
Pero, como suele decirse, la Argentina nunca terminó en la General Paz. En 1927 se sanciona en la provincia de San Juan la nueva Constitución provincial que extendía el voto universal a las mujeres argentinas nativas y naturalizadas, quienes además de votar tenían derecho a ser elegidas y desempeñar cargos públicos. En las elecciones votó el 97% del padrón femenino, contra el 90% del masculino. Dos mujeres resultaron electas: Emilia Collado, como intendente de Calingasta y Ema Acosta –la primera legisladora argentina y latinoamericana– como diputada.
En 1928 el presidente Hipólito Yrigoyen interviene la provincia de San Juan y es nombrado funcionario interventor Modestino Pizarro, hombre del ala más conservadora del radicalismo, quien consideraba que la libertad de las mujeres “las guiaba hacia el camino del vicio convirtiéndose en un atentado permanente contra la moral y la salud pública” (en: Pizarro, Modestino, La verdad de la intervención en San Juan). Conclusión: se elimina el voto femenino y se destruyen los padrones.
El origen de la Ley 13.010 se remonta a octubre de 1944, cuando el entonces coronel Perón, al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión, crea la Dirección de Trabajo y Asistencia de la Mujer; desde allí se conforma en 1945 la Comisión Pro sufragio Femenino.
En ese entonces la Unión Argentina de Mujeres, presidida por la escritora feminista Victoria Ocampo, se opuso a que la ley saliera por decreto y no por el Congreso de un gobierno constitucional. Al ganar Perón las elecciones de febrero de 1946 se retoma el tema del voto femenino y Evita comienza una campaña radial convocando a las mujeres a tomar conciencia de su discriminación política y a luchar por sus derechos. El 23 de septiembre de 1947 el Congreso promulga la ley de sufragio femenino.
El proyecto peronista tenía por objetivo una masiva unificación social, para la cual la integración de las mujeres se convirtió en una de sus herramientas fundamentales; de aquí que las divergencias y tensiones entre diferentes sectores políticos generaran diversas posturas frente a la promulgación de la ley, no poniendo en tela de juicio el progreso que significaba la universalización del voto sino como manifestación de las luchas de poder en el campo político.
La actividad política, la lucha por las utopías, es un fenómeno sólo ejercido por nosotros, los sapiens-sapiens. Pero frente a lo que significa el progreso para los sectores excluidos es por lo menos difícil comprender las disidencias.
María Elena Walsh escribió en uno de sus poemas: “el que dice que todo tiempo pasado fue mejor,/ nunca fue mujer/ ni trabajador”.
El anhelo por un presente superior, sin exclusiones, nutrido por el pasado y hacia el futuro, es siempre lo mejor.
María Virginia Ameztoy



El extraño caso de las valijas

Los bárbaros ya no están en los confines de la tierra: están aquí, constituidos como bárbaros precisamente por su participación forzada en el mismo consumo jerarquizado.” Estas palabras las escribió Guy Debord, autor de La sociedad del espectáculo, tal vez uno de los libros más lúcidos que se puedan leer sobre nuestro tiempo.
Según una orden reciente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, está prohibido llevar en la cabina del avión cualquier producto líquido o gel (bebidas, champú, desodorante, bronceador, crema, pasta dental, perfumes, encendedores, etc.) Estas delicias de la vida las fuimos aprendiendo a partir del 11 de Septiembre. Una historia entre la ficción y la realidad donde se retiran equipajes, se despachan valijas, se compra en el duty free, se cambia en las tiendas libres de impuestos y se ofrecen promociones de todo tipo. Recuerdo las valijas de Roberto, mi hermano mayor: yo tenía unos seis años y veía que ellas ostentaban etiquetas pegadas de distintas partes del mundo o incluso del país. Uno advertía de inmediato el universo de ciertos individuos con sus maletas de cuero adornadas con emblemas de Londres, Madrid o Roma. Mi hermano solía comentar: “La mayoría de los seres humanos son como esas valijas, si se les pregunta cómo anda el mundo no podrán contestar. Es todo exterior”.
Cuando mi hijo mayor tenía ocho años y el menor tres, fuimos con Rocío de vacaciones a Miramar. Durante varias temporadas habíamos veraneado en sus playas, en esa ciudad tan hermosa llena de tranquilidad, bicicletas y panqueques de dulce de leche. La razón, entre otras, era que una querida familia administraba edificios y nos solía prestar un refugio frente al mar. Años de placer y felicidad. Hijos creciendo entre amigos, risas y tejos playeros. Mi situación económica nunca fue muy buena y por aquellos años, con dos criaturas, se hacía difícil vivir en una sociedad de consumo. Ese año decidimos ir pero llevando los comestibles comprados en el almacén del barrio. Nuestro querido amigo Miguel nos conseguía durante todo febrero un departamento frente al mar, sin cobrarnos un centavo. Adquirimos latas y latas. Paquetes de fideos, de arroz, de azúcar, en fin la provisión para una familia tipo. En las valijas: toallas, sábanas, suéteres, camperas, mallas y remeras, medicamentes, libros, juguetes… Las latas de aceite, frascos de mermelada, botellas –la canasta básica, digamos–, en unas cajas pegadas con cintas de embalar y atadas con hilo sisal. ¡La comida de febrero! Al fin partimos y llegamos a la estación Terminal de Retiro en dos taxis por las valijas y las cajas de alimentos. Pues bien, al arribar a Miramar estaba todo menos… las cajas de comida. Quisimos morirnos. Comenzó nuestro peregrinaje a la estación de ómnibus. Ante los reclamos nos informaban que las cajas viajaron hasta Bahía Blanca, luego a Tandil, que regresaban a Buenos Aires y desde allí a Mar del Plata. En fin, pasamos días de ansiedad y zozobra ante la sospecha del “tesoro” perdido. Al tercer día resucitamos. Llenas de tierra como si hubiesen viajado en diligencia, llegadas de Chusquisaca, un despojo de cartones desfondados (sin que faltase ni la sal ni el polvo jabonoso), pudimos encontrarnos con nuestro sustento, con las olas y las sombrillas.
Hace un mes los padres de Ana, la novia de mi hijo menor, viajaron a Europa para ver a otra hija becada en Alemania. El padre, además, debía exponer sus grabados en una galería de Madrid. A lo que agregaron unos días de placer. Pues bien, al llegar a Barajas se sorprenden al advertir que el equipaje había desaparecido. Autoridades les notifican del error: las maletas fueron a Túnez, luego a Londres, luego a Júpiter. Se compraron una muda de Korea, cepillos de dientes japoneses y un peine chino. La ropa era lavada por la noche con la esperanza de que estuviera seca por la mañana. Iban a todas partes uniformados. Las valijas seguían viajando por el mundo. Y ellos empezaron a acostumbrarse a no tener nada que trasladar. De pronto imaginaron la libertad, como en el cuento de Tolstoi. En la misma situación se encontraban mil quinientos pasajeros. Dos días antes de regresar, las valijas estaban en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. ¿Tal vez un llamado latinoamericano realizado por Evo Morales? Tres horas después de pisar suelo argentino, arribaba a Ezeiza su equipaje. Intacto. Se quedaron unos minutos contemplándolas con estupor, recordaron el tiempo que demandó hacerlas, el que llevaría desarmarlas. Y en el fondo, el alivio inconfesable que significó no cargarlas en ascensores, buses, trenes, cintas, aviones, barcos. Sin saber por qué las abrazaron y las volvieron a amar.
“Una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo”, señaló hace cuarenta años Guy Debord. Al abuelo de Rocío, maletero o mozo de cordel en la estación de trenes de Constitución, jamás le pasó cosa igual
Carlos Penelas



Leopoldo “Teuco” Castilla, poeta
“Como si la casa entera fuera hecha de palabras”


Leopoldo Castilla nació en Salta en 1947. Publicó los siguientes libros: El espejo de fuego (1968); La lámpara de la lluvia (1971); Generación terrestre (1974); Versión de la materia (1982); Campo de prueba (1985); Teorema natural (1991); Baniano (1995); Nunca (2001); Libro de Egipto (2002); Línea de fuga (2004); Bambú (2004). En el 2001 fue publicada una antología del autor por el Fondo Nacional de las Artes.

El listado de libros del Teuco (Llamame Teuco, me dijo) que se detallan más arriba es sólo para reflejar algo, un apenas de pista, un señalamiento de la obra de un hombre. Porque el Teuco es todavía más trabajo y camino. Sus libros fueron editados por editoriales argentinas y españolas, porque a España fue a vivir su exilio cuando en el país éramos derechos y humanos. Como narrador publicó: Odilón (1975) y La luz naranja (1984). Y siempre hay más en su historial, pero hasta aquí llegan los nombres. El mismo, y muchísimo antes, habría terminado con la enumeración.
La suerte quiso que un poeta argentino como Marcos Silber, en una de nuestras charlas alrededor de la escritura, es decir, él habla y yo escucho para aprender, me obsequió un libro del Teuco con especial énfasis en la altura poética del susodicho Libro de Egipto. Y ya nada fue lo mismo, Egipto, y los muertos eternos y el cementerio habitado de El Cairo en la letra de este salteño que nunca habrá de abandonarme, Castilla es otro de los que conmigo se queda. Fruto de este fenómeno extraño, que un escritor argentino recomiende a otro escritor argentino que todavía respira (sí, digo extraño, porque no ocurre tanto como debiera, y sólo un puñado de seres humanos escritores respetan hoy el compromiso ético del oficio), los libros de Castilla comenzaron a hacerse en mi biblioteca.
Después el Teuco se hizo al teléfono y en las mesas de café y ginebra. El poeta va siempre como eterno y alegre agradecido; y de calidad humana se trata cuando uno de esos escritores que logran la especial sintonía de la escritura y la vida, quiere y puede, por ejemplo, ofrendar el tiempo necesario para leer el libro de un desconocido que trabaja para formarse, que trata de llegar a la voz propia, la única distinción posible dentro de la escritura. Y el Teuco tiene tiempo porque lleva encima, bien mezclada en su figura de gigantón, la sencilla generosidad de la buena gente. Esto también es sólo algo de lo que es Leopoldo Castilla.
Su último libro es El amanecido (2005). Todavía lo veo sentado a la mesa, el día de la presentación, leyendo unos pocos poemas, para cuidar a la gente y no cansarla. Castilla lee dentro de un registro de whisky, así el verso se hace todavía más humano y raspa, como raspa el hielo las entrañas del vaso. A continuación algunas consideraciones del poeta.

El amanecido reúne poemas nacidos en esos momentos en los que uno puede descubrirse como “amanecido”, en la sospecha exacta entre el fin de la noche y el principio del día. ¿Tiene Castilla un método, un lugar, un estado, que lo invite especialmente a la escritura?
Nunca se sabrá cuál es el camino de energía que une al hombre con esa dimensión extraña, pero física, que es la poesía. Es como esos vientos que barren grandes espacios y juntan los residuos en un solo rincón. Una especie de donación de enormes latitudes, reales y metafísicas, que, de golpe, son recibidas por un poeta atónito. El azar y la búsqueda manejan esa baraja. Yo personalmente he escrito lo que pude donde sea y como sea, más agradecido a la dádiva de ese golpe fortuito de la emoción o la revelación que a las condiciones objetivas. Eso sí, no hay vez que vaya a llover que no se me vuele el cablerío. Será la carga de ozono en el aire, o, simplemente, la visita de la lluvia que como vos sabés es un hecho bastante sobrenatural.

Leopoldo “Teuco” Castilla como viajero. De dónde el impulso, cómo y por qué a lugares como Egipto, Katmandú, Vietnam. Vicente Muleiro, en la presentación de El amanecido dijo que el Teuco de todos lados se trae un libro. Por ejemplo, ¿ver el cementerio habitado en las afueras de El Cairo se hizo marca en Castilla y luego fue parte, inevitable, de su libro de Egipto?
El viajar me viene de la infancia. Más que el viaje, la aventura. Si supieras las veces que por irresponsable casi pierdo el cuero, los versos y el camino de una sola vez. Pero es hermoso. Uno, porque ¿quién no se da cuenta de que sólo tiene esta oportunidad para ver el planeta donde ha aparecido? Tanta maravilla, más de la que creas que podés imaginar muy sentadito en el umbral, y dos, a la poesía también hay que ir a buscarla, no sólo aguardar que te venga. Aún así, un hombre en el camino no es más, ni menos, que un hombre quieto en su lugar. Cada uno se pierde una parte o un don del otro. Hay también en el viaje el hecho de conocer con el cuerpo. Entonces comprendés cuánta estupidez sustenta a los racistas, que son tales porque fundamentalmente son ignorantes, venimos de una misma madre africana y no conozco a nadie que haya hecho un doctorado para nacer blanco, amarillo o negro. Cuánta liviandad a los prejuicios sobre los otros pueblos, que siempre son conmovedores y maravillosos. Yo quisiera poder terminar de devolverle a ese planeta, con mis poemas, su memoria en la mía. Tanta hermosura que estamos destruyendo.

Cuál es el origen del Teuco Castilla poeta, hasta dónde o a partir de cuándo, al menos así lo supongo, Castilla padre enseñó una posible manera de vivir. Además el padre vuelve, es presencia notable en El amanecido, [...] mi padre ardiendo, / maravillado, / herido / entre cantores difuntos.
He nacido en la casa de un poeta. El diálogo sobre la poesía era constante y vivo allí. Vaya a saber uno si uno es un poeta. Si sé que le he intentado a fondo y sin concesiones. Tampoco ser hijo de un poeta garantiza nada. Se es si la poesía quiere, si no no hay caso. Así seas hijo de Shakespeare. De mi padre aprendí todo. De él y de mis amigos y mis lecturas y mi vida. A veces recuerdo un niño exasperado por visiones terribles y alucinado hasta la temeridad por las grandes tormentas de Salta y, como te dije, con un montón de caminos imaginarios en la cabeza. Tal vez eso, junto a la atmósfera de amor, y respeto, mucho respeto por la poesía que se vivía allí, hayan hecho que no cese en esta tarea de andar tras las palabras. A veces me gusta pensar en cuántas palabras salieron de esa casa, entre los libros de mi padre, de mi hermano, el Guaira, y los míos. Como si la casa entera fuera hecha de palabras.

Es sabido que no es aconsejable mirar la vida sin la presencia de la muerte, al menos si hay intención de vivir a conciencia abierta, y da la sensación de que Castilla tiene especial atracción por entrarle a la vida por el lado de su compañerita inseparable; Teuco, ¿qué hay con la muerte?
Tengo unas coplas a la muerte que terminan diciendo: La muerte anda enamorada / desde el día en que la vi, / anda pintada por verme / y preguntando por mí. // Me vino a buscar la muerte / y nos topamos tomando / y la dejé dormidita / vaya a saber hasta cuando. Desde changuito veía a la muerte bajar todas las noches la escalera que llevaba a la terraza de mi casa. Desde entonces la esquivo como puedo. Y espero que ni se acuerde de mí por muchísimos siglos. La muerte a veces se me hace como ese punto neutro o negro que hay dentro de un prisma. Una quemadura que exhala dos dimensiones distintas. He escrito mucho sobre ella. Tal vez para conjurarla. Lo que más temo de la muerte es el aburrimiento. De esas coplas que escribí a los veinticinco años me acuerdo de otras dos: La muerte son dos caminos / que se hacen frente a un espejo / de un lado se es polvo joven / y del otro polen viejo. Y esta otra: La muerte es una ventana / que se cierra y que se abre, / de un lado es: “no estuve nunca” / del otro lado: “quién sabe”.

¿Qué es para el Teuco la lectura y la escritura?
Con respecto a las lecturas, creo que hay que recuperar sobre todo a los jóvenes poetas, el maravilloso legado de la poesía argentina que nos precedió y el de la lengua. Acabar con la balcanización, que al final nos disminuye en conjunto, de la poesía de Buenos Aires y del interior. La poesía no es de nosotros, sino nosotros de la poesía, como decía refiriéndose a la canción Vitillo Abalos. El olvido de la poesía de la lengua va en desmedro de una fuerza numinal de este oficio, escribir dentro y utilizando la sinfonía del idioma que, como en el caso de los poetas ingleses a los que tanto quieren emular algunos, han logrado, respetándola, una mayor eficacia e inscripción de su pensamiento poético. De todos modos, cada poeta es un mundo. Y creo yo, que no estoy autorizado a levantar ningún paradigma, que es sobre ese mundo sobre el que se tiene que escribir, el más auténtico, entonces se podrá añadir algo propio a la poesía. Pero mejor es que la gente haga lo que quiera con su libertad. No hay “deber ser”. Estas sólo son reflexiones que lo único que hacen es pasar de siglo en siglo, de poeta en poeta. De servir, sirven. También, en otro estadio, la poesía se hace desoyendo.
Entrevista de Edgardo Lois


La nieve


La nieve entibia. Cuentos de infancia asoman y tardes de té con pasteles sabor abuela se engullen.
Para una niña latinoamericana, el escenario de las historias fantásticas tiene una nieve que desconoce. Nieve de plástico en los árboles de Navidad de pleno verano, nieve en los televisores de baja calidad, y nieve se llama a los helados en el Caribe. Pero nieve del cielo, esa, solo acá. Las nieves que recibí en esos días del invierno cercano, efímeras y bailantes, traían la melancolía de cuando aún me llegaban historias de la familia.
La nieve que caminé tenía la consistencia de quien inaugura un camino que es corto pero por ahora necesario. En aquel momento decidí que no era éste el lugar para toda mi vida. La pregunta es si existe algo como toda mi vida; y segundo, qué otro lugar sería capaz de dar ganas de vivir.
Releo a Benjamin, historias de su huida. Aferrado a un manuscrito, buscó refugio y no se lo dieron. Prefirió morir que dar un paso atrás, rumbo a la locura y a la ignominia. En un oscuro, misérrimo hotelucho, dejó un manuscrito perdido. El portero –imagino– lo tiró: no eran más que papeles de un obtuso (pensó) que no quiso enfrentar a lo que otros dictaran.
En eso, en sustraerse a la maquinaria, Walter Benjamin mostró que seguía siendo un hombre de agallas. También él, quizás, extrañaba la nieve de la infancia.
Marta Kapustin (Bad Homburg, 2006)





Fantasma de luna

Como un secreto oculto entre poetas,
hembras de ley y soñadores varios,
cuentan que va rodando por Saavedra
el último fantasma enamorado.

Se dice que anda en cada luna llena
buscando socios y confabulando.

Lo vieron una tarde allá en Platense
colgado del Alumni, atrás del arco;
también anduvo con levita y lengue
vestido de murguero en el Medrano,

arroyo compadrón y prisionero,
pariente en el dolor, del Maldonado.

Fantasma de la luna, cielo errante
curtiendo la amistad en camiseta
carita de arrabal,
la vida en un mural,
promesa de un amor hecho silueta.


Hay una luna igual, pero distinta
hay otra luna, piel de barrilete;
Saavedra de murgón,
placita y corazón,
hay otros barrios, pero están en éste.

Se oye un rumor del Juventud al Cumbre,
del río a las ventanas y a los patios,
canta un gorrión desde noviembre a octubre,
marea un bandoneón en el escabio.

Dicen que llueve amor de serenatas
cuando el Polaco canta para el barrio.

Parece que en las noches cuando hay luna
se juntan los fantasmas en el parque
a conspirar historias con arroyos,
y sueños modelados en la tarde.

Yo sé que el tiempo está del lado de ellos
y un día brillarán en estas calles.

Fantasma de la luna, cielo errante
curtiendo la amistad en camiseta
carita de arrabal,
la vida en un mural,
promesa de un amor hecho silueta.


Hay una luna igual, pero distinta
hay otra luna, piel de barrilete;
Saavedra de murgón,
placita y corazón,
hay otros barrios, pero están en éste.

Raimundo Rosales




Queremos decirles que... (Editorial)

Quiero seguridad. Para mí, para mi familia, para mis amigos, para la humanidad. Quiero tener garantías amparadas por el Estado –que para eso está– y debe brindármelas. No es posible que pongamos en riesgo nuestras vidas por un par de zapatillas, una campera o diez mangos. Quiero poder regresar tarde del trabajo en un colectivo donde no aparezca un par de falopeados que le corten los tendones al chofer o violen a la pasajera del fondo. La vez pasada me encaró un pibito con una navaja, tenía los ojos vidriosos por el “pako” (¿así se llama?) Y..., la villa está cerca (¿en donde no habrá cerca una villa?) Quiero que se termine esta historieta de la marginalidad: en pleno Centro está lleno de pulguientos que abren las bolsas de la basura y ¡morfan! ¿Cómo puede ser que coman esas porquerías? Esto antes no pasaba.
Creo recordar a alguien que dijo “pobres habrá siempre”, pero eran otros pobres, no se habían caído por debajo de la línea de indigencia... todavía.
Aquello venía de la seguridad en forma de doctrina, porque había muchachos que pensaban feo y era menester aniquilar a la subversión apátrida. No vaya a ser que los que tenían la vaca atada perdieran la plusvalía. La seguridad aconsejaba liquidar esta generación de degenerados intelectuales que no eran ni derechos ni humanos. Y se hizo, en nombre de la seguridad de la Argentina potencia en la que daba lo mismo fabricar acero que caramelos.
Aniquilada la oposición política, los cocineros del menú de la muerte se encargaron de instalar la economía de la brecha social, esa que les depositó la comida en las bolsas de basura a los que presuntamente ya les iba a llegar el derrame cuando la primavera monetaria floreciera en dólares.
Y el derrame llegó en forma de Tsunami que arrasó a lo Hood Robin: arrebató a los pobres para proveer a los poderosos. Y ahí están, sumergidos, sin futuro, sin presente, colgados de un último peldaño de la escalera, jugados a todo o nada, navegando en los vahos del “pako”, matando por veinte guitas, muriendo por diez...
¡Quiero seguridad, ingeniero! Para mí, para mi familia, para mis amigos, para la humanidad. Quiero tener garantías amparadas por el Estado –que para eso está– y debe brindármelas. Comprendo su dolor de padre, que le ha dado el lacerante doctorado de víctima de la violencia. De paso le recuerdo que el de experto en seguridad se cursa en otro claustro que no admitre represores desocupados, defensores del Proceso, ni apologistas de la mano dura. Quiero seguridad por fuera de los modernos ghettos llamados countries, quiero que preocupe tanto Solano o Villa Caraza como Pilar. Quiero la seguridad de que antes de bajar la edad inculpatoria a los menores se destierren las fosas comunes de los actuales establecimientos. Quiero la seguridad de que la mayor presencia policial no sea la de la Policía de dedo fácil y coima presta.
En pocas palabras, ingeniero Blumberg, todos los argentinos necesitamos seguridades como la de revertir las circunstancias que Ud., industrial exitoso de los años menemistas, podrá reconocer como los del afianzamiento de las raíces de nuestra inseguridad.
Mario Bellocchio

12.8.06

Nº 55 - Agosto de 2006

SUMARIO
*A cien años del nacimiento de Cátulo ¿Dónde estará mi arrabal?, por Mario Bellocchio
*Callejeando historia: Cátulo Castillo y un recuerdo de infancia, por Diego Ruiz.
*Evocando a Elías Castelnuovo a 113 años de su nacimiento. Su relato “Agua”.
*El frío recorre las Geografías de Mónica López Ocón.
*De eufemismos y erudiciones, por Mario Valdéz
*La prensa barrial, en medio de la indiferencia de las autoridades, trata de sobrellevar los incumplimientos de gobierno.
*Edgardo Lois y su reportaje al escritor Hugo Ditaranto.
*Sabor de lata y desamparo. Un Poema de Fulvio Milano
*Medios periodísticos barriales en aprietos. Editorial. Mario Bellocchio
*La aparición de Historias contadas Desde Boedo celebrando el Nº 50.



A 100 años del nacimiento de Cátulo

¿Dónde estará mi arrabal?

¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía / volcás como entonces / tu clara alegría?
Aquel ladrillo feliz, que era tinta roja en el gris del ayer, edificó las vivencias del hombre. Construyó al poeta que comenzó músico. Devino al boxeador en autor teatral, periodista, directivo de SADAIC, creador de MAPA... Hace un siglo: Cátulo Castillo.

Vengo a inscribir a mi hijo. Se llama Descanso Dominical González Castillo. Los ojos desorbitados del empleado del Registro Civil se expresan junto a un balbuceante ¿Cómo dice? –Digo que quiero que mi hijo se llame Descanso Dominical, ¿me entiende? Largos minutos le llevaría al dependiente convencerlo de que no era posible tal nominación. Y el acuerdo –a regañadientes– llegaría con la aceptación de un par de nombres de poetas latinos –la poesía desde la cuna como un sino–, Ovidio y Catulo. Sí, así, sin acento. El tilde vendría después para evitar molestas rimas obvias. El almanaque señalaba: 6 de agosto de 1906.
Eran tiempos en que José González Castillo comenzaba a irradiar como un faro. Ya vendrían la peña Pacha Camac y la Universidad Popular entre otras muchas realizaciones de su polifacética existencia. ¡Había que crecer a la sombra de esa luz!
Cuenta Cátulo de su padre: Era un anarquista genial. Junto a mi madre, nunca aceptaron el matrimonio civil. Fuimos tres hermanos: Gema, después bailarina en el Colón, Carlos Hugo y yo. Mi madre se llamaba Amanda Bello. Falleció en 1930. Era hija de un cuidador de caballos de carrera en La Plata: don Germán Bello, un hombre de acción (y de cuidado). Prácticamente mi padre la secuestró. Mi abuelo paterno, Manuel González, gallego, anduvo por Corrientes en trabajos de cazador y vendedor de cueros en los tiempos de una cuestión de límites con el Paraguay. Se casó con una Castillo, familia de criollos viejos.
El activismo político de papá José arrea la familia hacia el exilio chileno. [...] Regresamos cuando a mi padre le estrenaron en el Teatro El Nacional su sainete con música La serenata. El peligro había pasado. Nos instalamos en la calle San Juan 3957, a media cuadra de la calle Artes y Oficios, que ahora se llama Quintino Bocayuva. Como los ladrones que siempre vuelven al lugar donde robaron, mi padre regresaba a ese barrio donde había transcurrido su juventud. La casita de la calle Castro quedaba a la vuelta. Hicimos la vida normal de la gente pobre. Terminaba el año 1918 y también la guerra europea.
[...] Cuando mi padre comenzó a hacer teatro, la familia tuvo otro nivel de vida. Las cosas vinieron mejor. Nos mudamos a la calle Loria 1449. Después compró una casa en la calle Boedo 1060 y desde entonces fuimos habitantes de esa extraña república fundada por mi padre.En Boedo vivía también don Juan B. Cianciarullo, un italiano que me enseñó el violín y mis primeras nociones de piano. Desde los 10 años comencé a componer. También hacia poesía, llevado por la fervorosa admiración que sentía por Rubén Darío. Me sabía de memoria muchas de sus poesías, así como también largas tiradas de Núñez de Arce y toda la melancolía de Evaristo Carriego.
La primaria de Cátulo comparte espacio con solfeo, teoría y violín. El músico debuta con lo que él considera su primera composición –descartando al primitivo Canyengue compuesto a los diez años– , Organito de la tarde. Con tan sólo diecisiete años ya se da el lujo de musicalizar la obra poética de su padre. El esbelto muchachito tiene, simultáneamente, otras inquietudes: boxea. Y no es poco el suceso. Participa en más de sesenta combates y termina siendo postulado, en 1924, para participar en los Juegos Olímpicos. Pero en la balanza de las decisiones termina pesando más su cabeza que sus puños. Decide dirigir su propia orquesta en un viaje a España que se constituye en una gira de dos largos años. Lo acompañan los hermanos Malerba, Miguel Caló y Roberto Maida como vocalista. En esa gira impone temas que tendrían el honor de ser interpretados por el propio Carlos Gardel –el ya nombrado Organito de la tarde, Silbando, Acuarela de arrabal y Aquella cantina de la ribera (con versos de su padre), Corazón de papel (letra de Alberto Franco), La violeta (poesía de Nicolás Olivari) y la autoría integral de Caminito del taller–; de regreso a Buenos Aires es nombrado en el Conservatorio Municipal de Música como profesor de solfeo y teoría. Años más tarde llegaría a la dirección del instituto, atravesando todo el pentagrama de su labor docente como músico.
Pero, a mediados de los años treinta, el poeta pasa factura protagónica. Se produce una curiosa paradoja: en el Boedo de la literatura social se afinca un bardo que rinde culto a la metáfora, arma preferida de los martinfierristas de Florida. Y con Homero Manzi compiten –es un decir– en la creación descriptiva, evocadora, con valor poético superlativo.
Piana, Manzi y yo salíamos de una adolescencia que era casi infancia, llenos de ideas, de proyectos y llegamos a formar esa trilogía que en el ’40 –según dicen– ocupó un lugar destacado en lo que se llamó la década de oro del tango.
–Sí, Catito –me decía Manzi–. No te olvidés: estamos viviendo la época de oro del tango. Y tenía razón.
A Homero lo conocí cuando aún tenía pantalones cortos. Cuando yo vivía en Loria 1449, él vivía a la vuelta. en Garay 3259. Este muchachito pasaba silbando siempre por la puerta de casa. Yo había cumplido 17 años y él era un año menor. Cuando supo que yo era el autor de ‘Organito de la tarde’, se acercó a mí y me dijo: “Mirá, Cátulo, yo tengo una letrita, ¿sabés? Se llama ‘El ciego del violín’. ¿No te gustaría ponerle música?”
Le dije que sí, que me la mostrara. Efectivamente, era muy buena. Le cambiamos el nombre. Finalmente, el tango se llamó Viejo ciego. Con esa letra, Manzi se inició como autor de tangos. Tenía 16 años...


No todo es poesía aunque el tempo lírico sobrevuela toda su vida.Ya como activista gremial donde se desempeña en SADAIC, en distintos períodos, en los cargos de secretario, vicepresidente y presidente, siguiendo, aquí también, las huellas de su padre. Ya en la actuación política: entre 1954-55 es nombrado presidente de la Comisión Nacional de Cultura. Por esos años la caída de Perón, a cuya obra de gobierno adhiere sin eufemismos, lo somete a un período de ostracismo profesional que cesaría con el advenimiento de Arturo Frondizi. Su compromiso ideológico lo lleva, por esos tiempos, a integrar el Comité de Defensa de la Revolución Cubana junto a José María Lanao, con quien viaja –para certificar el apoyo– al país centroamericano.
De su labor de autor teatral y escritor merecen destacarse: el sainete en tres actos El patio de la morocha, que cubrió tres exitosas temporadas; Tango en el Odeón y una farsa para niños: La palabra del diablo. En 1947 publica Danzas argentinas, una colección de poemas. En 1966, el álbum gráfico y periodístico Buenos Aires, tiempo Gardel. En 1967 Prostibulario, que incluye un ensayo titulado Prostíbulos y prostitutas.
De 1970 data su novela Amalio Reyes, un hombre, llevada a la pantalla por Enrique Carreras con Hugo del Carril, ese mismo año.
En su nutrida y múltiple trayectoria, también compone música incidental para películas tales como Juan Moreira, dirigida por Nello Cosimi, y para Galería de esperanza e Internado, de Carlos de la Púa –como director cinematográfico–. En 1937 termina el guión cinematográfico de La ley que olvidaron completando la labor que la muerte de su padre deja trunca.
Y, como si fuera poca la ocupación, su amor por los animales lo vuelca a la creación del Movimiento Argentino de Protección al Animal (MAPA): Empecé con un perro. Tenía una cara triste... relata emocionado. Un andrajoso pichicho abandonado lo conmueve y despierta una vocación protectora de los animales que complementa al hombre sensible y profundamente humano. Esos pequeños seres que él advertía inteligentes reciben también, de alguna manera, la poética catuliana.
Al sobrevolar la obra de Cátulo se advierte que uno tiene incorporados, como una vacuna de porteñidad, el café, la calesita, el paredón..., un poco de recuerdo y sinsabor. El Caserón de tejas y Tinta roja (con Sebastián Piana), Café de los Angelitos (con José Razzano), La cantina, La última curda, Una canción, Desencuentro, ¿Y a mí qué?, A Homero (con Aníbal Troilo), Anoche (con Armando Pontier), El patio de la morocha y La calesita (con Mariano Mores), El último café y Perdóname (con Héctor Stamponi).
Son títulos, sólo algunos de los más destacados, esos que con sólo nombrarlos transportan y convocan al giro de la calesita en la esquinita sombría, y hacen sangrar las cosas que fueron rosas un día, cuando el patio de la morocha, ...tuvo frescor de sombras como el alero. Pudo ser en cualquier lugar de la ciudad, pero fue en el Barrio de Belgrano, caserón de tejas, un día en que yo estaba en el cordón, desesperado, nublada la razón, deshilachado... Lo sé, fueron años de cercos y glicinas, de la vida en orsai, del tiempo loco. Y apareciste vos: el otoño te trajo, mojando de agonía, tu sombrerito pobre y el tapado marrón. ¡Qué pálida tenés la tez marfil...!, te dije entonces.
Hoy llega tu recuerdo en torbellino, vuelve en el otoño a atardecer, miro la garúa, y mientras miro, gira la cuchara de café. Golondrina perdida en el viento, por qué calle remota andarás... ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz...
Quisiste con ternura, y el amor te devoró de atrás hasta el riñón
. Ese amor..., el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termine la función corriéndole un telón al corazón.
Lo escribiste para Homero, pero bien vale para tu ausencia: Vamos, total al fin nada es cierto, y estás, hermano, despierto juntito a Discepolín.

Mario Bellocchio


Callejeando historia

Cátulo Castillo y un recuerdo de infancia

Allá por el Centenario era común para los porteños caminar por calles que homenajeaban a personas que habían conocido, valga la redundancia, personalmente. Más aún con la urgencia de rebautizarlas al compás de la muerte de hombres públicos como Humberto I, Bernardo de Irigoyen, Manuel Quintana, Carlos Pellegrini o, en su caso extremo, en vida, como lo sucedido con Bartolomé Mitre cuyo nombre se dio a la antigua Piedad en 1901, al cumplir aquél 80 años. Pero los porteños de hoy en día –en general– poco o nada conocen del significado del nombre de las calles que transitan... Son nombres, nada más, simples referencias que podrían ser cambiadas por números como en La Plata, pero que conservamos por tradición. Son nombres que han sido resignificados como hitos urbanos, identidades barriales o incluso de clase: no es lo mismo Boedo y Chiclana que Alvear y Callao. Pero cada tanto, en muy pocas ocasiones, hallamos un nombre que para nosotros tiene carnadura, sangre y hueso; queda más de un porteño que conoció a Discépolo, a Balbín, a Anselmo Aieta, a Felipe Vallese, a Marechal, a Quinquela Martín o a las Madres de Plaza de Mayo homenajeadas en Puerto Madero, para no abundar.
Valga toda esta introducción porque por primera vez, y esperando que sea la última, este cronista callejero va a abandonar el tono impersonal para referirse a una calle porque para él que Pedro Echagüe, entre Pichincha y Sánchez de Loria, fuera renombrada como Cátulo Castillo encierra algo así como justicia poética. El cronista se crió en Loria (como entonces se decía) y Pedro Echagüe y por ésta fue y vino del colegio Bernasconi, en ella jugó homéricos picados con la de goma, se tiró desde 24 de Noviembre en carrito de rulemanes, jugó a las escondidas y acechó la salida de la vecinita que vivía en una casa de paredón corrido que hasta tenía un ciego, siempre con saco blanco, que fumaba en el umbral. Y el padre del cronista –aunque bastante menor en edad– era amigo de Cátulo, por lo que uno de sus más lejanos recuerdos infantiles es una visita a la casa de Ciudad Evita en la que el músico y poeta –perseguido por la Revolución Libertadora al punto de impedirle cobrar los derechos de autor– se había refugiado. El cronista recuerda una piragua y se ve con un grupo de pibes en un arroyito o riachuelo cercano a la casa... Y luego sus recuerdos ya son más claros, por haberlo visto en varias oportunidades, siempre de la mano del viejo, y porque su hermano menor lleva por segundo nombre Cátulo porque el otro fue su padrino, y suerte que fue de segundo nombre y con el acento esdrújulo como debió hacer el otro, porque igual sufrió toda su infancia las fáciles bromas que el piberío, sin saber latín, le hacía al restituir al nombre el original acento grave: Catulo y no Cátulo.
Por eso dice el cronista –que ya se halla en la edad en que uno se pregunta ¿...quién se robó mi niñez?– que siente esta denominación como justicia poética por más que no hayan puesto a Cátulo por San Juan y Boedo, o en su calle Castro natal y piensa que, al fin y al cabo, él se hubiera sentido a gusto en Parque Patricios. En todo caso, piensa en él como una sombra tutelar sobre lo que queda de estos barrios que poco a poco se van poblando de torres, él que le cantó a otra Buenos Aires que también se estaba yendo, aquella ciudad de la Milonga del mayoral, o del Patio de la Morocha, Cornetín, La retrechera, Mangangá o el de Patio mío. Y en realidad, lo de sombra tutelar le viene como anillo al dedo a Cátulo pues, según refería el padre del cronista, era bastante creyente en las “ciencias” esotéricas o, por lo menos, en la trascendencia del alma. Como ejemplo, solía contar Cátulo que el tango Mensaje, cuya música le había sido dejada por Discépolo –como les quedó a los hermanos Expósito Fangal– para versificar, le pertenecía a éste totalmente pues había escrito la letra una noche en que se encontraba desasosegado y sin poder conciliar el sueño, por lo que se levantó, se sirvió un whisky y entró en un trance tras el cual se encontró con los versos terminados, redondos. Decía que el detalle del whisky era revelador pues él no solía tomarlo y, en cambio, Discépolo lo hacía en cantidades, decía que él –su espíritu– había escrito los versos a través de su mano o, por lo menos, se los había dictado: Hoy, que no estoy, como ves,/otra vez con un tango te vuelvo a llamar./Yo, que no tengo tu voz.../Yo, que no sé ya ni hablar...
Y cree el cronista que en varias de sus letras se refiere Cátulo a esta trascendencia espiritual. Es cierto que se puede decir que no son más que imágenes poéticas, pero en el vals Caserón de tejas, ...en aquel caserón de Belgrano/venciendo al arcano nos llama mamá. Cuestionar la realidad de la Muerte como punto final, planteándola como otro nivel de existencia, es propio de la mayor parte de las religiones, pero llamarla “el arcano” nos remite a creencias entre teosóficas y espiritistas, a las doctrinas de la reencarnación o la transmigración de las almas que estaban muy en boga durante la juventud de Cátulo, aún entre anarquistas y librepensadores. Véase si no el final de Perdóname –que no podemos dejar de evocar en la voz de Héctor Pacheco– cuando dice: Vamos, total qué importa,/la muerte corta el hilo de cristal, que recuerda la creencia en el cuerpo astral al que estamos unidos por un hilo de cristal o un cordón de plata, como sostienen el budismo lamaísta y otros cultos. ¿Tendría esta raíz esotérica el enorme amor de Cátulo por los animales? En un antiguo reportaje reproducido por Ricardo Horvarth en la página web del Centro Cultural de la Cooperación “La ciudad del tango”, dice Cátulo de los bichos que empezó a recoger durante su exilio interno y lo llevarían a fundar, más tarde, MAPA: Empecé con un perro. Tenía una cara triste y los ojos llorosos. Estaba tan estropeado, tan lleno de piojos, era una cosa tan insignificante, que parecía un hombre. Otra vez, los chicos me avisaron que cerca de la ruta (yo vivo en Ciudad Evita), una perra estaba herida. Me han fusilado a la perrita porque la muy pecadora está embarazada. Le pegaron cinco balazos y todavía vivía. Cinco balazos pegados con furia. El que tiró fue tan cruel, tan severo, tan inexorable, que parecía un hombre, pero era un perro.
Y tal vez sea en una de sus últimas composiciones, una balada con música de Héctor Chupita Stamponi llamada Tenés servido el té y que grabó solamente –por lo que sabemos– Graciela Yuste, donde más se evidencia el poeta “extraño”, iluminado o visionario: Un avión en la niebla ha perdido la senda del viejo país./Los dragones de piedra bostezan su hastío. Los dioses no están./La aventura del mundo es un beso traído del fondo del mar./¡Con sus ojos humanos, siguiendo a una estrella, solloza el delfín!...
Pero en fin, quizá no sean más que impresiones del cronista, que conoció en su infancia a un hombre que, además de toda la obra que nos dejó, hoy es una calle de Buenos Aires, al que muchos llamaban San Cátulo y al que le cabían los versos que, según decía, habían sido escritos por Discépolo: Bueno y nada más,/que siendo bueno, no hay odio,/ni injusticia, ni veneno/que haga mal.

Diego Ruiz


A 113 años del nacimiento del pionero del Grupo Boedo

Evocando a Castelnuovo

Cuando a Victor Hugo le preguntaron cuál era el primer poeta francés de su época, dijo que Lamartine era el segundo. Si me preguntaran a mí –declaró refiriéndose a esa anécdota Roberto Arlt– quién es el primer cuentista argentino, no diría que Elías Castelnuovo es el segundo. Diría que es el primero. Así valoraba Arlt al uruguayo-boedense nacido en el Palermo montevideano un 6 de agosto de 1893. ¿Qué mejor evocación entonces que uno de sus relatos?

Son las tres de la tarde.El calor, no obstante, en este momento, es tan fuerte y violento como lo era al mediodía.
Un sol incandescente y deslumbrante reverbera ahora sobre los adoquines de la calle.
De rato en rato, se oye el crujido de las chapas de cinc que cubren los techos y las paredes del caserío que se extiende a lo largo de la ribera y todo el paisaje portuario se asfixia materialmente bajo el peso de una temperatura agobiante.
El termómetro marca 40 grados a la sombra.
De las aguas grasientas del Riachuelo se levanta una cortina de vapor que impide ver con nitidez el perfil de los barcos anclados en los muelles.
Un empleado, con una carpeta bajo el brazo, atraviesa corriendo la calzada. mientras algunos perros, tirados bajo la recova de los galpones, siguen sus pasos, con la lengua colgante y respirando ininterrumpidamente.
El aserradero, que funciona dentro de una barraca del otro lado del Riachuelo, se halla desde la mañana en plena actividad. Varias hachadoras y circulares eléctricas cortan y despedazan de continuo los troncos que les van arrimando las grúas movidas por un carro automotor.
Se oye el rasgueo infatigable y lúgubre de las sierras mordiendo vertiginosamente los nudos de la madera. al par que los guinches entran y salen de la barraca llevando y trayendo en sus trompas, como los elefantes, los materiales de la faena.
La barraca sólo cuenta con dos grandes portones por los cuales se realiza el recambio de ida y vuelta de las máquinas, de modo que en su interior reina una penumbra perpetua, al extremo que las zorras, arrastradas a mano, tienen que abrirse paso en la oscuridad mediante los gritos desesperados de la peonada que las manejan.
El contraste de luz y sombra aquí es violento. Cuando el conductor del guinche pasa del tinglado a la explanada de la ribera, se lleva inmediatamente una mano sobre los ojos para amortiguar el lamparazo de los rayos solares.
Por el empedrado circulan en todas las direcciones vagonetas y carros de cuatro ruedas, en tanto que una locomotora de bolsillo efectúa maniobras silbando tenazmente para despejar el tránsito.
El guinchero, pegado casi al motor, suda copiosamente, debido a que se mueve virtualmente entre dos fuegos. El fuego del sol y el fuego del motor que impulsa el catafalco. Está congestionado y rojo como un ladrillo, accionando incesantemente una serie de frenos y palancas y observando alternativamente la cabria del guinche, la dirección y el balde, completamente absorbido por su trabajo. Si logra interinamente una tregua se rasca el pecho como si tuviese urticaria, mientras procura, en vano, con la gorra, secarse el sudor que le baña totalmente la cabeza.
De tanto en tanto, algún remolcador solitario corta perezosamente las aguas negras del riacho que por efecto del calor rezuman como una cloaca.
El cielo, inmóvil, igual que una bóveda de piedra, no muestra el menor estremecimiento ante el bombardeo a que es sometido por la radiación solar.
A los costados de los diques, una fila de transportes de ultramar, según los casos y las banderas, o carga toneladas de trigo o descarga toneladas de carbón.
Por la mañana, atracó allí un barco inglés, procedente de Cardiff, y se lo está ahora vaciando de su cargamento. A su lado, por el río, se encuentran amarradas dos chatas, sobre las cuales se va depositando el carbón que una cuadrilla de obreros extrae de las bodegas. La operación se ejecuta simultáneamente por las dos puntas del navío, o sea: por la proa y por la popa y simultáneamente también se verifica la descarga en tierra sobre los carros y en el río sobre las chatas. Un hormiguero de hombres, allá abajo, llena los baldes, dos baldes enormes, uno que va repleto de hulla y otro que regresa vacío, soltando entretanto una nube de polvo por el camino que oscurece por completo la perspectiva. Por momentos, no se distingue más que un pozo tenebroso y profundo; por momentos, se filtra un rayo de luz y se puede ver entonces a una que otra criatura que se agita en el fondo del pozo como un dibujo de tinta china; por momentos, finalmente, el sol rompe la nube de polvo que cubre la boca del abismo y se alcanza a percibir un hervidero de hombres que revuelven con sus palas las entrañas del carbón. Algunos, tapan su vergüenza con una bolsa de arpillera ceñida a la cintura; otros la ocultan con unos pantalones cortos y otros, por último, lo hacen a calzón quitado, sin plantearse la disyuntiva de vergüenza alguna. Aunque yacen a cinco o seis metros de la cubierta, dan la impresión de encontrarse a varios kilómetros del nivel de la tierra.
Los baldes no dejan de subir y de bajar ininterrumpidamente. Los cables y las poleas a su vez no dejan tampoco de chirriar, mientras la carrocería de los guinches rueda y trepida sobre los rieles promoviendo un ruido semejante al paso de un ferrocarril.
Dos hombres, al rayo del sol, vigilan desde la cubierta la subida y la bajada de los baldes. Ambos apoyan los brazos contra la borda, miran al fondo del abismo, y cuando está por llegar el balde al suelo de la bodega, gritan:
–¡Guarda abajo!
Las sombras que pululan en el hoyo entonces se apartan y enganchan otro tacho y otra vez los hombres que vigilan la maniobra vuelven a gritar dirigiéndose ahora al guinchero:
–¡Ya! ¡Iza!
Un balde sube y otro baja siempre sobre las cabezas de una cuadrilla de obreros que cargan y descargan envueltos en una nube de polvo. Algunos tachos están agujereados y dejan caer en el ascenso un reguero de cisco sobre los trabajadores.
Las palas, removiendo el mineral, levantan, asimismo, una polvareda que se remonta, haciendo tirabuzones, hasta la cubierta del buque, para ser barrida allí por los pantallazos del sol.
La actividad de los obreros de la bodega es vigilada por un capataz que los apura constantemente. Cuanto menos tiempo permanezca el barco en los muelles, menos tiene que abonar la compañía por su estadía en el lugar.
–¡Vamos! ¡Vamos! -grita de cuando en cuando el capataz.
A veces, compadecido del sudor o de la fatiga de los cargadores, agrega: –¡Vamos, muchachos, que falta poco! y a renglón seguido:
–¡Dele, dele! –y la cuadrilla prosigue rascando sin cesar la montaña negra de la hulla, las palas y los brazos parecen ser parte de una misma máquina y todos juntos un solo aparato de carne y hueso, cuyos engranajes repiten sistemáticamente las mismas operaciones como si se tratara de una maquinaria de verdad. Soplan y jadean en cadena, escupiendo a menudo ruidosamente para expulsar los detritus del carbón. Sus rostros dejaron de ser ya rostros humanos. Parecen el negativo de una película fotográfica. Apenas se les ve las comisuras de los labios y unos puntos movedizos que se supone sean los ojos. Aquellos que trabajan desnudos se intuye que se encuentran así por la uniformidad de su figura, pero su desnudez no salta la vista, oculta por la capa de hollín.
El ruido, tanto arriba como abajo, a la postre, resulta infernal.
Los guinches giran hacia un lado y luego hacia otro, cargan y descargan, a veces noche y día, sin parar, hasta desagotar las bodegas del barco.
Mientras dura la operación, la cuadrilla solamente tiene descansos alternados de una hora para comer, debiendo volver de inmediato nuevamente a sus tareas.
La caldera encendida del buque recalienta las guarniciones de acero que recubren el casco.
Son las cuatro de la tarde y el sol da la sensación de no haber llegado aún a su apogeo. No sofoca ya. Quema, abrasa. De la tierra reseca y polvorienta de la explanada se desprende una reverberación de horno mientras que las aguas barrosas y muertas de los canales despiden un olor acre y nauseabundo. A menudo cae una gota de grasa sobre la superficie de la corriente y se derrite rápidamente describiendo círculos concéntricos en torno al casco de las chatas.
De vez en cuando, una voz que parte del fondo de la bodega, grita hacia arriba:
–¡Agua!
Y uno de los vigías baja entonces una lata de agua que va pasando luego de mano en mano allá abajo hasta quedar completamente vacía.
Cada veinte o treinta minutos se oye la misma voz y se repite la misma escena:
–¡Agua! ¡Agua!
Y siempre que baja la lata se ve correr a la cuadrilla y formar un grupo compacto a su alrededor como si fuese una recua de animales en torno a un abrevadero.
A medida que avanza la tarde, lejos de amainar, el sol redobla su furor candente.
Ahora desciende a plomo sobre el barco.
La voz que pide agua se hace cada vez más débil.
Ya no truena como al principio.
Ahora llega arriba como si saliese del fondo de una tumba.
–¡Agua! ¡Agua!
Cuando suena la sirena de las cinco, el escándalo y el movimiento se detienen bruscamente. Atraviesan en todo sentido hombres desmelenados, mugrientos y sudorosos, con bolsas y canastos de comida, corriendo o trotando. De las entrañas del buque inglés entonces emergen los carboneros como fantasmas y sin lavarse, sin hablar, sin quejarse, comienzan a tomar agua antes de ponerse a comer apresuradamente tirados sobre la cubierta de la nave. Una hora más tarde, vuelven nuevamente allá abajo hasta terminar la descarga.
De noche, aquellos que están francos o los que terminaron sus tareas llenan las cantinas y beben cualquier cosa para aplacar el calor que juntaron durante el día.
No es difícil tropezar entonces con algún infeliz durmiendo en una cuneta, tal vez borracho o tal vez soñando, que grita entre las piedras:
–¡Agua! ¡A... gua!

Elías Castelnuovo


Geografías

Nunca se sabe qué puede encontrarse detrás de una puerta. Abro la heladera, como un cazador burocrático, con la intención de cazar algo para improvisar la cena y me quedo mirando, la cabeza apoyada contra el marco, el paisaje desolador que se esconde en la caja helada. Hace rato que el sistema que impide la formación de hielo no funciona y un modesto témpano doméstico me dice que, tras la puerta blanca, la geografía no es la misma que afuera. Las paredes están cubiertas de escarcha y hay un silencio de muerte en los estantes vacíos. El cadáver de un limón, seco y blanquecino como una osamenta, recuerda que mientras vivió, tuvo un tibio color amarillo. Una hoja marchita de lechuga habla a las claras de que nada florece en ese frío desolado.
Las ciudades no siempre están donde engañosamente lo señalan los mapas. Las ciudades son nómadas y los viajeros –aun los viajeros inmóviles que apenas si salen de su casa– las llevan consigo y las despliegan en los lugares más insólitos. Ahora mismo, Moscú está en la caja blanca, en mi cocina. Es la misma Moscú que, en mi infancia, estaba en la voz de mi madre cuando cantaba un tango de geografía atípica: “No cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierto de nieve y los lobos aúllan de hambre…”. Nunca entendí por qué precisamente un tango hablaba de nieves tan lejanas y hoy sólo encuentro una explicación en el carácter migratorio de las ciudades. Quizá sus autores –Manuel Ferradás Campos y Agustín Magaldi, a quien le decían “la voz sentimental de Buenos Aires”– se encontraron inesperadamente una Moscú dentro de un armario o dentro de la caja misma de la guitarra, no supieron qué hacer con ella y la usaron como escenografía absurda de un tango. ¿Después de todo, quién sabe qué hacer con la desolación helada que se descubre de improviso al abrir una puerta?
Saco el cadáver del limón y la hoja mustia de lechuga y los tiro a la basura con conciencia culpable. Hace tiempo que la inercia de los días me lleva de aquí para allá como a las ciudades migratorias y no tengo tiempo de almacenar en el cofre frío provisiones capaces de convertirse luego en calor y en reunión familiar en torno de la mesa. Dentro de la heladera hay un paisaje inmóvil que me recuerda a otro paisaje inmóvil de la infancia: el que yo misma generé cuando, en un descuido, dejé caer la Navidad blanca que me habían regalado y la vida se escapó de la esfera rota. La nieve nunca más volvió a agitarse sobre aquellos pinos y esa pérdida me acompañó para siempre. Nunca supe qué ciudad era aquella donde los chicos jugaban con muñecos de nieve, pero intuí que era, definitivamente, una ciudad que había quedado en el pasado.
De la heladera sale un viento casi imperceptible que tiene olor a derrota. Me imagino las huestes de Napoleón vencidas por el frío de Rusia. Recuerdo el comienzo de “Colmillo Blanco”, de Jack London, donde los trineos tirados por perros que transportan cuerpos de hombres doblegados por la muerte forman una caravana fúnebre.
Cómo es posible –me pregunto– que le haya permitido la entrada a este viento desolado que se me ha instalado en la cocina y que amenaza con apagar el fuego. Quizás era el mismo viento helado que salía por la boca de la guitarra de Magaldi cada vez que la agitaba como a una Navidad blanca en busca de su ciudad perdida.
Pongo la pava sobre el fuego para preparar un té que me libere de este frío. (¿Acaso debería preparar el té en un samovar, como en las novelas rusas?) La pava silbadora silba para avisarme que el agua ya está lista. Entre el vapor blancuzco reconozco la melodía que silba: “No cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierta de nieve, y los lobos aúllan de hambre, no cantes que Olga no vuelve.”

Mónica López Ocón



De eufemismos y erudiciones

Concha, del latín conchula, diminutivo de concha, y éste del griego konhe. Cubierta exterior dura de algunos moluscos y otros animales, entre ellos, las tortugas y los caracoles, formada por una o dos valvas, y raramente por más. Ostra. Cavidad o receptáculo con dicha forma colocado en la parte delantera del proscenio de los teatros, que sirve para colocarse el apuntador, oculto a la vista del público. Buccinare conchâ (latín) dice el escritor y retórico romano Lucio Apuleyo (Madaura, Africa, hacia 125; muerto hacia 180), hablando de la primitiva trompeta romana, derivada del antiquísimo caracol marino de los helenos, llamado buccina. De las varias acepciones tomaré las que hacen al arte, además de algunas paremias, digamos: “meterse uno en su concha”: retraerse y no tratar con los demás; “tener más conchas que un galápago”: ser muy disimulado, reservado y astuto.
Asevera el reputadísimo Sopena que en Colombia, Perú y Puerto Rico, concha es cinismo y que “tener concha”, en Perú, es ser un fresco, y que la conchería, en Costa Rica, es una necedad, una tontería.
Veamos algo del conchero lunfardesco. Concha refiere popular y groseramente a las partes pudendas femeninas, y produce el conchudo: tonto; perverso; enconcharse, enamorarse perdidamente; de concheta, mujer, y concheto, joven, gente que merodea el mundo de la drogadicción, surgen chetas y chetos. En cuanto a la concha de la lora (donde lora es mujer), es expresión de origen prostibulario que señala fastidio (Gobello dixit).
Concha marina. Le son equivalentes cuerna, cuerno, aliara: especie de bocina hecha de un cuerno de buey, búfalo u otros animales. Artísticamente, quienes más literatura musical hicieron de la concha marina fueron los hindúes. Concha marina hindú: instrumento primitivo mitológico, compuesto del cuerno de un animal, llamada por ellos ananta vijaya o sringa; barasaka o barataka; gomukha; sankha; sughosa. Ananta vijaya: especie de caracola o concha marina hindú. Anantia-vijaya: bocina sagrada hindú, mencionada en la guerra que forma el asunto del poema épico Mahâ Bhârata (Ananta Lahari): instrumento monocorde, usado por los cantores mendicantes de la India. Barasaka o barataka: gran caracola trompeta hindú. Gomukha: especie de trompa o bocina hindú, formada por una concha marina parecida al buche de una vaca. Sankha: concha marina hindú; a) sankk: bocina hindú; b) sankha: trompeta hindú antiquísima, formada por una concha marina; c) sankha: a), b), y c) deben designar un mismo instrumento. Su- ghosha: concha de la India. Sringa: a) concha marina hindú; ranaçringa o rana-çringa: trompa guerrera hindú, usada antes en bandas militares y luego en los cortejos y ceremonias religiosas, con forma parecida al instrumento europeo serpenton. Ramsinga (o, según otros autores, taré) es una trompeta hindú con un largo de dos metros (su complicada estructuración puede consultarse en cualquier buen diccionario musical) destinada al uso en los entierros por la condición de sus sonidos, graves y fúnebres.
La gran concha o caracola marina puede verse en el italiano buccina y en el francés bouret de mer, pero ahora concha marina terminada en punta agujereada que tiene como una bocina, y de la que se hace mención en la mitología. Buccinmarin (bocina marina). Especie de trompeta generalmente de hojalata, que sirve para hablar a la distancia desde un buque a otro. Jacobo Meyerbeer (Berlín, 1791; París 1864) la empleó en el Wals infernal de Roberto Il Diavolo. Los tritones mitológicos de Baco yendo a la conquista de la India hacen sonar la concha marina, convocando en torno del conquistador a los sátiros y bacantes. Esa concha, la bocina, era tocada por un bocinero, en latín buccinator: trompetero, clarinero.
Bocinar es revelar algo indiscretamente. Sí algún lector me envía a la India para encontrarme con la concha de la lora, le sugiero oírla en la creación de quien fue su primer elegiógrafo, el pianista Manuel Oscar Campoamor, nacido en Montevideo y fallecido en Buenos Aires (1877-1941), a través de su siempre lozano tango eufemísticamente titulado “La C... de la Luna”.

Mario Valdéz




LOS MEDIOS VECINALES INFORMAMOS QUE...

Si bien el GCBA cumple con la ordenanza n° 52.360 que lo obliga a pautar publicidad en medios barriales, se desentiende de los pagos de tal manera que dificulta la continuidad de esos medios.

¿Apoyo o traba?

Los medios vecinales hoy llegamos a más de un tercio de los habitantes de la ciudad. Entendemos que el valor de los medios barriales está en la pluralidad ideológica, que haciendo eco de una serie polifónica de voces, muchas veces, constituyen una alternativa a los medios masivos.
La Red de Medios Barriales –entidad de la que este periódico forma parte– reúne a periódicos, sitios web, programas radiales y producciones visuales independientes, reconocidos por el Gobierno de la Ciudad como proveedores de publicidad oficial según la Ordenanza 52.360. Hemos llevado nuestros reclamos a ámbitos como la Defensoría del Pueblo, la Auditoría general de la Ciudad y a la Legislatura.
Al momento de la presentación del reclamo, el GCABA lleva seis meses sin abonar sus avisos a los integrantes del Registro de Medios Vecinales que reglamenta la citada ordenanza. La situación compromete seriamente la continuidad de muchos de estos medios para los cuales al igual que para los medios masivos la pauta oficial es un componente importante de sus ingresos.
Consideramos que hay una traba a la libertad de edición que posterga a los medios barriales en beneficio de los medios masivos para que éstos puedan seguir ejerciendo el monopolio de la palabra.
Es nuestro parecer que las múltiples voces, la libertad de prensa y opinión son pilares básicos de una democracia abierta y transparente.

Ambito Solidario, Aquí Mataderos, Asociación Civil de Medios Barriales (en formación), Desde Boedo, El Abasto, El Adan, El Angelito de Palermo, El Reloj, El Vocero Porteño, En San Telmo y sus alrededores, Horizonte, La Santísima Trinidad, La Urdimbre, Mi Barrio, Nuevo Ciclo, Primera Página, Red de Medios Barriales, Reporter, Seudónimos, www.aquimataderos.com.ar, www.barriada.com.ar, www.barriodeflores.com.ar, www.boedoweb.com.ar, www.curiosamonserrat.com.ar, www.devotohoy.com.ar, www.devotomagazine.com.ar, www.ensantelmo.com.ar, www.la-floresta.com.ar, www.labocina.com.ar, www.laurdimbre.com.ar, www.nuevociclo.com.ar, com.ar, www.parquechasweb.com.ar , www.revistaelabasto.com.ar www.sancristobalweb.com.ar y siguen las adhesiones.



El nuevo tranvía

Se agrega una nueva línea tranviaria a la ciudad. Se suma así al recorrido formal del Premetro y al informal de “Los bondis de Aquilino” que circulan los fines de semana en el circuito de Caballito (Tranvía histórico que fogonea Aquilino González Podestá). El recorrido de esta nueva línea será de dos kilómetros. Estará funcionando en Retiro, según se planea, antes de fin de año. El servicio será diurno. La idea es extenderlo a otros barrios porteños.

El jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Jorge Telerman, el secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, y el ministro de Planeamiento y Obras Públicas porteño, Juan Pablo Schiavi, firmaron un acta de acuerdo para implementar una red experimental de tranvías en la zona de Puerto Madero. El compromiso lo suscribieron en la Casa Rosada con la empresa francesa de transporte, Alstom, y las locales Ferrovías y Metrovías, esta última concesionaria de las líneas de subte.
Empezamos en Puerto Madero, desde Córdoba hacia Independencia. Pero después se extenderá desde el norte hacia Retiro, y también hacia el sur. Y estamos viendo otras trazas para que muy pronto el tranvía, complementándose con las obras subterráneas que se están haciendo, permita ir resolviendo los problemas de transporte, señaló el Jefe de Gobierno
En una primera etapa, el recorrido del tranvía será de dos kilómetros. Se
habilitarán dos formaciones que circularán con un vagón de gran tamaño, con capacidad para transportar a 320 personas. El servicio será diurno y tendrá una frecuencia de entre 10 a 15 minutos. El recorrido será paralelo a la avenida Eduardo Madero, entre Independencia y Córdoba, aunque la idea es que se extienda hasta la zona de Retiro y también hacia el sur de la Capital. Habrá estaciones cada cuatro cuadras. Durante el acto se fijó un plazo de entre 90 y 120 días, a partir del 1º de agosto de 2006, para la puesta en marcha del servicio.



Reportaje a Hugo Ditaranto

Hugo Ditaranto nació en Buenos Aires en 1930. Publicó Agropenario (Premio Fondo Nacional de las Artes), 1964; A pesar de todo (Premio Hoy en la Cultura), 1965; Cal y sombra, 1966; Album de familia, 1970; Los procesos, 1981; Fernando, un perro de verdad, 1983; Esperando, Cartas a mi hijo, 1993; Antología de lo publicado (1964-1970), 1993; La mandrágora alucinada, 2000; La vera historia del Bero (en colaboración con Pedro D’Alessandro), 2001; Un país para el olvido (al sur del purgatorio), 2001; Los desastres de la guerra, 2005.

¿Cómo es que Ditaranto llega al poema y a la escritura?

El poeta escribe por un problema interior, los presos escriben todos poesía, un tipo enamorado escribe poesía, o la afana para la mujer que ama, la poesía es estado afiebrado, de necesidad, algo que no podés evitar, es un vómito, una centella, un rayo, que te pega y lo tenés que largar; no hay otra forma.
Un día en el barrio de Liniers donde yo vivía, en El Trébol, tendría once años, los chicos querían jugar a la pelota en la calle, llovía, y mi vieja no me dejó, Usted se queda adentro. Me tiré sobre el piso de pinotea del comedor a dibujar, y veía el día gris y escuchaba que los chicos me llamaban, todo me parecía una injusticia, y de pronto mi vieja, que planchaba mientras escuchaba la radio, me chista y me dice que no interrumpa porque viene la novela. Me dio tanta bronca que abajo del dibujo escribí algo que decía Día gris hoy te aborrezco... y me di cuenta a partir de ahí de que podía expresar mejor mi bronca interior ante la injusticia con la escritura. Y esa lucha por la justicia después se transformó en justicia social, se transformó en que de viejo veo a los pibes cartoneros que se cagan de hambre y eso es lo que me lleva a escribir poesía.
Y en esto nadie nace de la nada. Me acuerdo que, estando enfermo, mi mamá quería que comiera la compota, y yo comía más o menos. Ella me decía: Te vas a morir, y yo no me quería morir. Yo veía las estampitas con la imagen de Jesús y no me parecía creíble, mi vieja era muy católica, yo a Cristo lo admiraba por su personalidad y en las estampitas parecía afeminado; el hombre es responsable de su cara, siempre. Pero en la esquina de casa vivía un hombre flaco, alto, con melena, cuando lo vi dije que ese sí era Cristo, y que tenía que ser su amigo, así no me moría nada. Ese hombre era Elías Castelnuovo, escritor.
Ya en esos años yo andaba a la búsqueda de libros que me probaran que Dios no existía, había dejado de creer, pero quería justificarlo, y ahí me agarró el sarampión Maiakovski, y empecé a ver el problema de la injusticia desde otro ángulo, hasta que conocí a Raúl González Tuñón. Yo lo iba a buscar a “Clarín”, en la calle Piedras, lo esperaba, él daba el presente y nos íbamos a un café, él se tomaba un mate cocido y yo también. Lo había conocido en mi casa cuando tenía catorce, quince años. Nunca lo pude tutear. Yo le leía mis poemas que eran sectarios, aburridos, y un día me dijo, Huguito, ¿tenés novia? Sí, la Baby, vive al lado de casa. Entonces me dice ¿Y por qué no le escribís un poema a tu novia? Dije que la injusticia, y él me dijo que lo podía escribir porque siempre iba a haber rosas, y después, con los años me fui dando cuenta de que efectivamente lo que me dijo Raúl era una premisa para llevar y ejecutar toda la vida.
Castelnuovo escribía en prosa, lo leí y hablamos mucho, nunca le dije que quería ser escritor, y de alguna manera adopté para mi poesía la forma que él tenía de estructurar su prosa. Yo estructuro mis libros de acuerdo al concepto que puede tener un prosista, o sea, en torno a un tema. Y a propósito de esto último, me parece que hoy se da una gran dispersión mental en los que escriben, y esto es el triunfo del poder, porque escriben en función del éxito y de la guita y otras cuestiones sin importancia, mientras tanto el mundo está hecho pedazos.

En Album de familia el poeta anota, Nuestra familia fue muy numerosa / quizá por eso nos castigó tanto la muerte. / Y buscamos oficios acostumbrados a ella. En el mismo poema leo [...] desesperados, el arte nos ató a su condena. Quisiera saber de la condena.
Album de familia creo que lo empecé a armar a los cuatro años, mirando fotos, lo publiqué a los treinta y nueve. En el medio vino la nostalgia, pero no como la anemia de la memoria, sino la nostalgia real, concreta, del pasado. Hoy en día la gente vive sólo el hoy, nadie le pregunta al abuelo de dónde vino y nadie piensa que mañana va a ser viejo. Yo, desde chiquito, sabía que el hoy era una maravilla, jugar a la pelota, pero también sabía que había un pasado. Y después está la muerte, la gran injusticia, y cuando tenés una familia numerosa, vivís rodeado por la muerte, y antes y después hay muertos, y la injusticia y los recuerdos fueron formando mi fondo de memoria, y como todo lo que te duele lo escribís, esa es la condena, esto si tenés memoria, para poder pensar en un mundo mejor; si no sos un boludo.
Querer un mundo mejor, ¿cómo?, y por ejemplo, ¿qué pasa con un asesino? Un asesino es alguien al que no le enseñaron otra cosa que a matar. Es su oficio, y San Pablo dice en la Biblia Al hombre lo salvará su oficio. Si yo quiero cambiar a ese asesino lo tengo que educar, darle casa, comida, trabajo, informarlo. Hay una película maravillosa, chilena, no me acuerdo el nombre, hay un tipo que mata porque es un animalito, anda por el barrio, por la calle, mata, quiere comer y mata. Lo agarran y lo llevan a la cárcel, y por primera vez duerme en una cama, sobre un colchón, tiene frazada, tiene techo y tiene comida, ese tipo empieza a modificar su vida, le enseñan a leer y a escribir, y después de veinte años, lo condenan a muerte, justo cuando el tipo ya era otro tipo. Es muy fácil salir a hablar boludeces en el programa de Grondona después de que violaron a una chica, no hay nada que justifique la miseria.

¿Cuál es la experiencia de Ditaranto docente?
Cuando estaba en tercer grado, la maestra pidió la libreta de casamiento de los padres, yo la llevé, y un chico que vivía a la vuelta de casa, Raúl, dijo que la madre no tenía. La maestra le dijo que era hijo natural; volví a casa, pregunté y me explicaron, y a mí me pareció un horror, cómo la maestra le va a decir así a un chico porque la madre no estaba casada. Al año siguiente tuve a otro mal maestro, Nenadovich, que te fajaba por cualquier cosa, había pibes que se asustaban porque veían que le había pegado a otro compañero y entonces se trababan cuando hablaban, y el animal les pegaba, y ahí, en cuarto grado, supe que yo no quería ser como estos tipos, ahí nació mi vocación de docente.
Cuando terminé la primaria y mi viejo, que era pintor, me preguntó qué iba a seguir, pensando que yo le iba a decir Bellas Artes, le contesté que maestro, y cuando fui maestro apliqué exactamente ese fondo de memoria que yo llevo, nunca le pegué a un chico, nunca maltraté, y yo no tomaba prueba escrita. En una charla que di para docentes, pregunté si a alguno lo habían torturado, contestaron que no, entonces les dije que ellos eran torturadores, porque no hay nada más torturante que un maestro, con mirada cínica, cuando dice saquen una hoja, y eso es picana, es una injusticia total, porque si un inútil de cuarenta años para evaluar a treinta pibes de quince precisa tomar una prueba escrita, es porque tiene un problema mental. Yo a los pibes les decía que nunca iba a tomar una prueba escrita, pero jugaba, les decía que tenían que estudiar y que teníamos que charlar. Pero un día informaba que la directora me exigía una prueba escrita. Todos se quejaban, yo quedaba como un traidor. Explicaba que este era mi trabajo y que teníamos que encontrar la manera de arreglar el asunto. Son tres temas, uno esta fila, dos aquella y chau, el tema uno va a hacer tal cosa, el dos tal otra... y les conté del machete. Todos preguntaron por el machete. Dije que era una tirita de papel donde se ponen los datos exactos que yo sé que no me voy a acordar, entonces a preparar un machete. Todos contentos. Pero otro día volvía sobre el tema, les decía que la directora quería elegir el tema para cada fila, que ella lo disponía, ¿entonces?, ahí está, hacemos tres machetes, bien, y le ponemos el nombre. La prueba es la semana que viene, avisaba, y si alguno tenía problemas con los machetes, mandaba a que le enseñe un compañero. Mañana tomamos prueba, avisaba, llega el día, mando uno a la puerta para que vigile por si venía alguien, y ordenaba, saquen los machetes, me dan los machetes; ¿Cómo?, ¿me saca los machetes?, no, voy a corregir los machetes, porque tu papá te manda a la escuela para que yo te enseñe, hacer un machete implica que vos tuviste que estudiar lo que no estudiás cuando te manda la de geografía; yo te hice estudiar y voy a corregir los machetes que vos hiciste.
Para mí la educación es transformación, yo tenía treinta tipos para formar y yo los iba a formar, iba a armar un escuadrón de la verdad. Las escuelas son cárceles y no hay conciencia de ello; desde lo edilicio, lo plantea Otto Ruhle en El alma del niño proletario, la estructura de una escuela es similar a una seccional, un hospital, una cárcel.

Escritores, maestros y admirados, ¿quiénes aparecen en la lista del poeta?
La lista es larga; cuando cumplí cincuenta años, me dije que tenía que elegir cien libros que me hayan dado vuelta, tengo setenta y seis y todavía no llegué a los cien. Hay libros como Si yo volviera a ser niño de Janusz Korczack o La gramática de la fantasía de Rodari, uno lo leí a los dieciséis y el otro a los cincuenta y cinco años. De los escritores argentinos, poetas, están Pedroni, Juan L. Ortiz, Raúl González Tuñón, Banchs. Yo empiezo a leer a tipos que quiero, Machado, Rimbaud, Eluard, y si me levanté cruzado y la lectura no me va, la dejo. La lectura es algo con lo que viví toda mi vida y me tiene que satisfacer, es como la comida; el otro día mi mujer me volvía a leer cosas de Castelnuovo, al que tanto leí de joven, y fue algo hermoso. Eso sí, en mi lista nunca vas a encontrar a uno de esos escritores que estructuran sus libros en función de hacer la carrera literaria, que es lo más parecido a lo que hace un ejecutivo, siempre dicen que sí, y dicen que sí hasta cuando el editor exige un cambio en la humanidad del personaje de la novela, porque de lo contrario no hay edición. Y así no es: si la novela es mía, estos son mis personajes; si querés otros, escribila vos.

Entrevista de Edgardo Lois




SABOR DE LATA Y DESAMPARO

Oh guitarra de doliente vino,
hay sabor de lata y desamparo
hay el suspiro de la luz devorada,
hay penuria ardiente,
hay valerosas uñas de pobreza,
hay el aullido de lo real,
hay una caricia vagabunda,
hay un cuchillo atroz,
hay un naipe agrio,
hay un tesoro transparente,
hay moscas y basuras,
hay una corona de burlas,
hay un trágico aguacero,
hay un olor desvalido
cuando insulta a la anónima
sepultura del aire
tu lepra apasionada.

Fulvio Milano




MEDIOS PERIODISTICOS BARRIALES EN APRIETOS
La virtual cesación de pagos del Gobierno de la Ciudad
compromete la continuidad de los medios barriales, cuyos responsables disponemos de recursos mínimos para seguir funcionando.

Desde el comienzo de la nueva Administración de la Ciudad se están comprometiendo la continuación de obras y el pago de servicios contratados. Para los medios barriales esta situación es grave. Algo más de un centenar de medios barriales de la Ciudad, entre los que predominan los gráficos, aunque también hay programas de radio, sitios web y producciones visuales independientes, recibimos una pauta publicitaria oficial, de acuerdo a los términos de una ordenanza que reglamenta nuestra actividad.
Esa pauta se traduce en un aviso mensual que Ud. puede ver en la página 7 de esta edición. Pero, si bien los términos del contrato estipulan el pago a los treinta días hábiles de publicado el aviso, el único resultado positivo logrado a la fecha es la liquidación en forma irregular (por caja chica) del mes de abril. Se trata de un serio incumplimiento de contrato que compromete la continuidad del medio que, por otra parte, paga al contado a su proveedor de imprenta y demás insumos.
La publicidad oficial no es una concesión sino un derecho adquirido. Para ser beneficiarios de la publicidad del Gobierno de la Ciudad, los medios barriales no podemos publicar más del 50% de avisos comerciales. El resto deben ser notas periodísticas y de ese conjunto al menos la mitad tienen que dedicarse a temas de los barrios o a la Ciudad de Buenos Aires en general.
¿Por qué aceptamos las limitaciones que impone el Gobierno?
Fundamentalmente porque es un derecho adquirido. A través de la movilización de representantes de los medios con el apoyo de diferentes sectores de la sociedad civil entre los que figuró la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires en el 2002 se logró la reglamención de la ordenanza N° 52.360 orientada a la promoción el periodismo barrial independiente mediante el otorgamiento de un aviso mensual a los medios comunitarios.
La seguridad contractual respecto al cobro por los doce meses de permanencia de la publicación en el Registro de Medios Comunitarios, reglamentado por la citada ordenanza. Esta seguridad teóricamente nos debería permitir hacer las previsiones de ingresos y egresos con plazos razonables cuando concursamos para obtener la reinscripción en el Registro Oficial.
Total independencia editorial. El hecho de publicar un aviso del Gobierno no limita nuestra libertad de opinión, como lo prueban las notas que aparecen en “Desde Boedo” desde noviembre de 2001. Dicho de otro modo, en nuestro caso, si la limitaran no hubiéramos aceptado la pauta oficial.
Conclusión. Por una serie de factores, los pequeños medios que salimos en los barrios estamos ahogados financieramente debido al atraso en los pagos de la publicidad oficial. La Red que nos agrupa realiza una serie de gestiones para sortear la situación. A fines de julio dio a conocer el comunicado que publicamos en estas páginas (ver “Los medios vecinales...”). La libertad de prensa se torna un concepto artificial cuando la libertad de imprenta depende de recursos que se escatiman.
(La presente es una síntesis de la nota publicada por Alfredo Roberti en “La Urdimbre” adaptada para “Desde Boedo”)

Mario Bellocchio


HISTORIAS CONTADAS DESDE BOEDO

Crónicas de la fecunda historia barrial que “Desde Boedo” recopila en esta publicación celebrando la aparición de sus primeros cincuenta ejemplares.

Querido Mario:
He leído algunas notas de tu “Historias contadas desde Boedo”.
Quiero agradecerte este trabajo, decirte que es muy importante, necesario, que el futuro solo es posible ejercitando la memoria, que la lucha no viene de ayer a la tarde, si no de mucho mas allá, que saber esto nos permite tomar contacto con la magnitud de la tarea de intentarnos mejores seres humanos que tratan de construir una sociedad más justa y que esto sólo será posible si podemos reconocer en nuestros actos a los muchos luchadores que lo intentaron desde el tiempo de los tiempos. A muchos les cuesta encontrar explicación a la maravillosa actividad artística vinculada con el pueblo que tiene Buenos Aires, desde Boedo tenemos algunas respuestas y vos con tu trabajo estas iluminando el camino.
Para vos y quienes colaboran, gracias. Un abrazo,
Manuel Callau

“Historias contadas DESDE BOEDO” puede conseguirse en la mesa de publicaciones de BAIRES POPULAR, los sábados de 11 a 14 en la vereda del “Margot” (Boedo y San Ignacio)