12.8.06

Nº 55 - Agosto de 2006

SUMARIO
*A cien años del nacimiento de Cátulo ¿Dónde estará mi arrabal?, por Mario Bellocchio
*Callejeando historia: Cátulo Castillo y un recuerdo de infancia, por Diego Ruiz.
*Evocando a Elías Castelnuovo a 113 años de su nacimiento. Su relato “Agua”.
*El frío recorre las Geografías de Mónica López Ocón.
*De eufemismos y erudiciones, por Mario Valdéz
*La prensa barrial, en medio de la indiferencia de las autoridades, trata de sobrellevar los incumplimientos de gobierno.
*Edgardo Lois y su reportaje al escritor Hugo Ditaranto.
*Sabor de lata y desamparo. Un Poema de Fulvio Milano
*Medios periodísticos barriales en aprietos. Editorial. Mario Bellocchio
*La aparición de Historias contadas Desde Boedo celebrando el Nº 50.



A 100 años del nacimiento de Cátulo

¿Dónde estará mi arrabal?

¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía / volcás como entonces / tu clara alegría?
Aquel ladrillo feliz, que era tinta roja en el gris del ayer, edificó las vivencias del hombre. Construyó al poeta que comenzó músico. Devino al boxeador en autor teatral, periodista, directivo de SADAIC, creador de MAPA... Hace un siglo: Cátulo Castillo.

Vengo a inscribir a mi hijo. Se llama Descanso Dominical González Castillo. Los ojos desorbitados del empleado del Registro Civil se expresan junto a un balbuceante ¿Cómo dice? –Digo que quiero que mi hijo se llame Descanso Dominical, ¿me entiende? Largos minutos le llevaría al dependiente convencerlo de que no era posible tal nominación. Y el acuerdo –a regañadientes– llegaría con la aceptación de un par de nombres de poetas latinos –la poesía desde la cuna como un sino–, Ovidio y Catulo. Sí, así, sin acento. El tilde vendría después para evitar molestas rimas obvias. El almanaque señalaba: 6 de agosto de 1906.
Eran tiempos en que José González Castillo comenzaba a irradiar como un faro. Ya vendrían la peña Pacha Camac y la Universidad Popular entre otras muchas realizaciones de su polifacética existencia. ¡Había que crecer a la sombra de esa luz!
Cuenta Cátulo de su padre: Era un anarquista genial. Junto a mi madre, nunca aceptaron el matrimonio civil. Fuimos tres hermanos: Gema, después bailarina en el Colón, Carlos Hugo y yo. Mi madre se llamaba Amanda Bello. Falleció en 1930. Era hija de un cuidador de caballos de carrera en La Plata: don Germán Bello, un hombre de acción (y de cuidado). Prácticamente mi padre la secuestró. Mi abuelo paterno, Manuel González, gallego, anduvo por Corrientes en trabajos de cazador y vendedor de cueros en los tiempos de una cuestión de límites con el Paraguay. Se casó con una Castillo, familia de criollos viejos.
El activismo político de papá José arrea la familia hacia el exilio chileno. [...] Regresamos cuando a mi padre le estrenaron en el Teatro El Nacional su sainete con música La serenata. El peligro había pasado. Nos instalamos en la calle San Juan 3957, a media cuadra de la calle Artes y Oficios, que ahora se llama Quintino Bocayuva. Como los ladrones que siempre vuelven al lugar donde robaron, mi padre regresaba a ese barrio donde había transcurrido su juventud. La casita de la calle Castro quedaba a la vuelta. Hicimos la vida normal de la gente pobre. Terminaba el año 1918 y también la guerra europea.
[...] Cuando mi padre comenzó a hacer teatro, la familia tuvo otro nivel de vida. Las cosas vinieron mejor. Nos mudamos a la calle Loria 1449. Después compró una casa en la calle Boedo 1060 y desde entonces fuimos habitantes de esa extraña república fundada por mi padre.En Boedo vivía también don Juan B. Cianciarullo, un italiano que me enseñó el violín y mis primeras nociones de piano. Desde los 10 años comencé a componer. También hacia poesía, llevado por la fervorosa admiración que sentía por Rubén Darío. Me sabía de memoria muchas de sus poesías, así como también largas tiradas de Núñez de Arce y toda la melancolía de Evaristo Carriego.
La primaria de Cátulo comparte espacio con solfeo, teoría y violín. El músico debuta con lo que él considera su primera composición –descartando al primitivo Canyengue compuesto a los diez años– , Organito de la tarde. Con tan sólo diecisiete años ya se da el lujo de musicalizar la obra poética de su padre. El esbelto muchachito tiene, simultáneamente, otras inquietudes: boxea. Y no es poco el suceso. Participa en más de sesenta combates y termina siendo postulado, en 1924, para participar en los Juegos Olímpicos. Pero en la balanza de las decisiones termina pesando más su cabeza que sus puños. Decide dirigir su propia orquesta en un viaje a España que se constituye en una gira de dos largos años. Lo acompañan los hermanos Malerba, Miguel Caló y Roberto Maida como vocalista. En esa gira impone temas que tendrían el honor de ser interpretados por el propio Carlos Gardel –el ya nombrado Organito de la tarde, Silbando, Acuarela de arrabal y Aquella cantina de la ribera (con versos de su padre), Corazón de papel (letra de Alberto Franco), La violeta (poesía de Nicolás Olivari) y la autoría integral de Caminito del taller–; de regreso a Buenos Aires es nombrado en el Conservatorio Municipal de Música como profesor de solfeo y teoría. Años más tarde llegaría a la dirección del instituto, atravesando todo el pentagrama de su labor docente como músico.
Pero, a mediados de los años treinta, el poeta pasa factura protagónica. Se produce una curiosa paradoja: en el Boedo de la literatura social se afinca un bardo que rinde culto a la metáfora, arma preferida de los martinfierristas de Florida. Y con Homero Manzi compiten –es un decir– en la creación descriptiva, evocadora, con valor poético superlativo.
Piana, Manzi y yo salíamos de una adolescencia que era casi infancia, llenos de ideas, de proyectos y llegamos a formar esa trilogía que en el ’40 –según dicen– ocupó un lugar destacado en lo que se llamó la década de oro del tango.
Sí, Catito –me decía Manzi–. No te olvidés: estamos viviendo la época de oro del tango. Y tenía razón.
A Homero lo conocí cuando aún tenía pantalones cortos. Cuando yo vivía en Loria 1449, él vivía a la vuelta. en Garay 3259. Este muchachito pasaba silbando siempre por la puerta de casa. Yo había cumplido 17 años y él era un año menor. Cuando supo que yo era el autor de ‘Organito de la tarde’, se acercó a mí y me dijo: “Mirá, Cátulo, yo tengo una letrita, ¿sabés? Se llama ‘El ciego del violín’. ¿No te gustaría ponerle música?”
Le dije que sí, que me la mostrara. Efectivamente, era muy buena. Le cambiamos el nombre. Finalmente, el tango se llamó Viejo ciego. Con esa letra, Manzi se inició como autor de tangos. Tenía 16 años...


No todo es poesía aunque el tempo lírico sobrevuela toda su vida.Ya como activista gremial donde se desempeña en SADAIC, en distintos períodos, en los cargos de secretario, vicepresidente y presidente, siguiendo, aquí también, las huellas de su padre. Ya en la actuación política: entre 1954-55 es nombrado presidente de la Comisión Nacional de Cultura. Por esos años la caída de Perón, a cuya obra de gobierno adhiere sin eufemismos, lo somete a un período de ostracismo profesional que cesaría con el advenimiento de Arturo Frondizi. Su compromiso ideológico lo lleva, por esos tiempos, a integrar el Comité de Defensa de la Revolución Cubana junto a José María Lanao, con quien viaja –para certificar el apoyo– al país centroamericano.
De su labor de autor teatral y escritor merecen destacarse: el sainete en tres actos El patio de la morocha, que cubrió tres exitosas temporadas; Tango en el Odeón y una farsa para niños: La palabra del diablo. En 1947 publica Danzas argentinas, una colección de poemas. En 1966, el álbum gráfico y periodístico Buenos Aires, tiempo Gardel. En 1967 Prostibulario, que incluye un ensayo titulado Prostíbulos y prostitutas.
De 1970 data su novela Amalio Reyes, un hombre, llevada a la pantalla por Enrique Carreras con Hugo del Carril, ese mismo año.
En su nutrida y múltiple trayectoria, también compone música incidental para películas tales como Juan Moreira, dirigida por Nello Cosimi, y para Galería de esperanza e Internado, de Carlos de la Púa –como director cinematográfico–. En 1937 termina el guión cinematográfico de La ley que olvidaron completando la labor que la muerte de su padre deja trunca.
Y, como si fuera poca la ocupación, su amor por los animales lo vuelca a la creación del Movimiento Argentino de Protección al Animal (MAPA): Empecé con un perro. Tenía una cara triste... relata emocionado. Un andrajoso pichicho abandonado lo conmueve y despierta una vocación protectora de los animales que complementa al hombre sensible y profundamente humano. Esos pequeños seres que él advertía inteligentes reciben también, de alguna manera, la poética catuliana.
Al sobrevolar la obra de Cátulo se advierte que uno tiene incorporados, como una vacuna de porteñidad, el café, la calesita, el paredón..., un poco de recuerdo y sinsabor. El Caserón de tejas y Tinta roja (con Sebastián Piana), Café de los Angelitos (con José Razzano), La cantina, La última curda, Una canción, Desencuentro, ¿Y a mí qué?, A Homero (con Aníbal Troilo), Anoche (con Armando Pontier), El patio de la morocha y La calesita (con Mariano Mores), El último café y Perdóname (con Héctor Stamponi).
Son títulos, sólo algunos de los más destacados, esos que con sólo nombrarlos transportan y convocan al giro de la calesita en la esquinita sombría, y hacen sangrar las cosas que fueron rosas un día, cuando el patio de la morocha, ...tuvo frescor de sombras como el alero. Pudo ser en cualquier lugar de la ciudad, pero fue en el Barrio de Belgrano, caserón de tejas, un día en que yo estaba en el cordón, desesperado, nublada la razón, deshilachado... Lo sé, fueron años de cercos y glicinas, de la vida en orsai, del tiempo loco. Y apareciste vos: el otoño te trajo, mojando de agonía, tu sombrerito pobre y el tapado marrón. ¡Qué pálida tenés la tez marfil...!, te dije entonces.
Hoy llega tu recuerdo en torbellino, vuelve en el otoño a atardecer, miro la garúa, y mientras miro, gira la cuchara de café. Golondrina perdida en el viento, por qué calle remota andarás... ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz...
Quisiste con ternura, y el amor te devoró de atrás hasta el riñón
. Ese amor..., el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termine la función corriéndole un telón al corazón.
Lo escribiste para Homero, pero bien vale para tu ausencia: Vamos, total al fin nada es cierto, y estás, hermano, despierto juntito a Discepolín.

Mario Bellocchio


Callejeando historia

Cátulo Castillo y un recuerdo de infancia

Allá por el Centenario era común para los porteños caminar por calles que homenajeaban a personas que habían conocido, valga la redundancia, personalmente. Más aún con la urgencia de rebautizarlas al compás de la muerte de hombres públicos como Humberto I, Bernardo de Irigoyen, Manuel Quintana, Carlos Pellegrini o, en su caso extremo, en vida, como lo sucedido con Bartolomé Mitre cuyo nombre se dio a la antigua Piedad en 1901, al cumplir aquél 80 años. Pero los porteños de hoy en día –en general– poco o nada conocen del significado del nombre de las calles que transitan... Son nombres, nada más, simples referencias que podrían ser cambiadas por números como en La Plata, pero que conservamos por tradición. Son nombres que han sido resignificados como hitos urbanos, identidades barriales o incluso de clase: no es lo mismo Boedo y Chiclana que Alvear y Callao. Pero cada tanto, en muy pocas ocasiones, hallamos un nombre que para nosotros tiene carnadura, sangre y hueso; queda más de un porteño que conoció a Discépolo, a Balbín, a Anselmo Aieta, a Felipe Vallese, a Marechal, a Quinquela Martín o a las Madres de Plaza de Mayo homenajeadas en Puerto Madero, para no abundar.
Valga toda esta introducción porque por primera vez, y esperando que sea la última, este cronista callejero va a abandonar el tono impersonal para referirse a una calle porque para él que Pedro Echagüe, entre Pichincha y Sánchez de Loria, fuera renombrada como Cátulo Castillo encierra algo así como justicia poética. El cronista se crió en Loria (como entonces se decía) y Pedro Echagüe y por ésta fue y vino del colegio Bernasconi, en ella jugó homéricos picados con la de goma, se tiró desde 24 de Noviembre en carrito de rulemanes, jugó a las escondidas y acechó la salida de la vecinita que vivía en una casa de paredón corrido que hasta tenía un ciego, siempre con saco blanco, que fumaba en el umbral. Y el padre del cronista –aunque bastante menor en edad– era amigo de Cátulo, por lo que uno de sus más lejanos recuerdos infantiles es una visita a la casa de Ciudad Evita en la que el músico y poeta –perseguido por la Revolución Libertadora al punto de impedirle cobrar los derechos de autor– se había refugiado. El cronista recuerda una piragua y se ve con un grupo de pibes en un arroyito o riachuelo cercano a la casa... Y luego sus recuerdos ya son más claros, por haberlo visto en varias oportunidades, siempre de la mano del viejo, y porque su hermano menor lleva por segundo nombre Cátulo porque el otro fue su padrino, y suerte que fue de segundo nombre y con el acento esdrújulo como debió hacer el otro, porque igual sufrió toda su infancia las fáciles bromas que el piberío, sin saber latín, le hacía al restituir al nombre el original acento grave: Catulo y no Cátulo.
Por eso dice el cronista –que ya se halla en la edad en que uno se pregunta ¿...quién se robó mi niñez?– que siente esta denominación como justicia poética por más que no hayan puesto a Cátulo por San Juan y Boedo, o en su calle Castro natal y piensa que, al fin y al cabo, él se hubiera sentido a gusto en Parque Patricios. En todo caso, piensa en él como una sombra tutelar sobre lo que queda de estos barrios que poco a poco se van poblando de torres, él que le cantó a otra Buenos Aires que también se estaba yendo, aquella ciudad de la Milonga del mayoral, o del Patio de la Morocha, Cornetín, La retrechera, Mangangá o el de Patio mío. Y en realidad, lo de sombra tutelar le viene como anillo al dedo a Cátulo pues, según refería el padre del cronista, era bastante creyente en las “ciencias” esotéricas o, por lo menos, en la trascendencia del alma. Como ejemplo, solía contar Cátulo que el tango Mensaje, cuya música le había sido dejada por Discépolo –como les quedó a los hermanos Expósito Fangal– para versificar, le pertenecía a éste totalmente pues había escrito la letra una noche en que se encontraba desasosegado y sin poder conciliar el sueño, por lo que se levantó, se sirvió un whisky y entró en un trance tras el cual se encontró con los versos terminados, redondos. Decía que el detalle del whisky era revelador pues él no solía tomarlo y, en cambio, Discépolo lo hacía en cantidades, decía que él –su espíritu– había escrito los versos a través de su mano o, por lo menos, se los había dictado: Hoy, que no estoy, como ves,/otra vez con un tango te vuelvo a llamar./Yo, que no tengo tu voz.../Yo, que no sé ya ni hablar...
Y cree el cronista que en varias de sus letras se refiere Cátulo a esta trascendencia espiritual. Es cierto que se puede decir que no son más que imágenes poéticas, pero en el vals Caserón de tejas, ...en aquel caserón de Belgrano/venciendo al arcano nos llama mamá. Cuestionar la realidad de la Muerte como punto final, planteándola como otro nivel de existencia, es propio de la mayor parte de las religiones, pero llamarla “el arcano” nos remite a creencias entre teosóficas y espiritistas, a las doctrinas de la reencarnación o la transmigración de las almas que estaban muy en boga durante la juventud de Cátulo, aún entre anarquistas y librepensadores. Véase si no el final de Perdóname –que no podemos dejar de evocar en la voz de Héctor Pacheco– cuando dice: Vamos, total qué importa,/la muerte corta el hilo de cristal, que recuerda la creencia en el cuerpo astral al que estamos unidos por un hilo de cristal o un cordón de plata, como sostienen el budismo lamaísta y otros cultos. ¿Tendría esta raíz esotérica el enorme amor de Cátulo por los animales? En un antiguo reportaje reproducido por Ricardo Horvarth en la página web del Centro Cultural de la Cooperación “La ciudad del tango”, dice Cátulo de los bichos que empezó a recoger durante su exilio interno y lo llevarían a fundar, más tarde, MAPA: Empecé con un perro. Tenía una cara triste y los ojos llorosos. Estaba tan estropeado, tan lleno de piojos, era una cosa tan insignificante, que parecía un hombre. Otra vez, los chicos me avisaron que cerca de la ruta (yo vivo en Ciudad Evita), una perra estaba herida. Me han fusilado a la perrita porque la muy pecadora está embarazada. Le pegaron cinco balazos y todavía vivía. Cinco balazos pegados con furia. El que tiró fue tan cruel, tan severo, tan inexorable, que parecía un hombre, pero era un perro.
Y tal vez sea en una de sus últimas composiciones, una balada con música de Héctor Chupita Stamponi llamada Tenés servido el té y que grabó solamente –por lo que sabemos– Graciela Yuste, donde más se evidencia el poeta “extraño”, iluminado o visionario: Un avión en la niebla ha perdido la senda del viejo país./Los dragones de piedra bostezan su hastío. Los dioses no están./La aventura del mundo es un beso traído del fondo del mar./¡Con sus ojos humanos, siguiendo a una estrella, solloza el delfín!...
Pero en fin, quizá no sean más que impresiones del cronista, que conoció en su infancia a un hombre que, además de toda la obra que nos dejó, hoy es una calle de Buenos Aires, al que muchos llamaban San Cátulo y al que le cabían los versos que, según decía, habían sido escritos por Discépolo: Bueno y nada más,/que siendo bueno, no hay odio,/ni injusticia, ni veneno/que haga mal.

Diego Ruiz


A 113 años del nacimiento del pionero del Grupo Boedo

Evocando a Castelnuovo

Cuando a Victor Hugo le preguntaron cuál era el primer poeta francés de su época, dijo que Lamartine era el segundo. Si me preguntaran a mí –declaró refiriéndose a esa anécdota Roberto Arlt– quién es el primer cuentista argentino, no diría que Elías Castelnuovo es el segundo. Diría que es el primero. Así valoraba Arlt al uruguayo-boedense nacido en el Palermo montevideano un 6 de agosto de 1893. ¿Qué mejor evocación entonces que uno de sus relatos?

Son las tres de la tarde.El calor, no obstante, en este momento, es tan fuerte y violento como lo era al mediodía.
Un sol incandescente y deslumbrante reverbera ahora sobre los adoquines de la calle.
De rato en rato, se oye el crujido de las chapas de cinc que cubren los techos y las paredes del caserío que se extiende a lo largo de la ribera y todo el paisaje portuario se asfixia materialmente bajo el peso de una temperatura agobiante.
El termómetro marca 40 grados a la sombra.
De las aguas grasientas del Riachuelo se levanta una cortina de vapor que impide ver con nitidez el perfil de los barcos anclados en los muelles.
Un empleado, con una carpeta bajo el brazo, atraviesa corriendo la calzada. mientras algunos perros, tirados bajo la recova de los galpones, siguen sus pasos, con la lengua colgante y respirando ininterrumpidamente.
El aserradero, que funciona dentro de una barraca del otro lado del Riachuelo, se halla desde la mañana en plena actividad. Varias hachadoras y circulares eléctricas cortan y despedazan de continuo los troncos que les van arrimando las grúas movidas por un carro automotor.
Se oye el rasgueo infatigable y lúgubre de las sierras mordiendo vertiginosamente los nudos de la madera. al par que los guinches entran y salen de la barraca llevando y trayendo en sus trompas, como los elefantes, los materiales de la faena.
La barraca sólo cuenta con dos grandes portones por los cuales se realiza el recambio de ida y vuelta de las máquinas, de modo que en su interior reina una penumbra perpetua, al extremo que las zorras, arrastradas a mano, tienen que abrirse paso en la oscuridad mediante los gritos desesperados de la peonada que las manejan.
El contraste de luz y sombra aquí es violento. Cuando el conductor del guinche pasa del tinglado a la explanada de la ribera, se lleva inmediatamente una mano sobre los ojos para amortiguar el lamparazo de los rayos solares.
Por el empedrado circulan en todas las direcciones vagonetas y carros de cuatro ruedas, en tanto que una locomotora de bolsillo efectúa maniobras silbando tenazmente para despejar el tránsito.
El guinchero, pegado casi al motor, suda copiosamente, debido a que se mueve virtualmente entre dos fuegos. El fuego del sol y el fuego del motor que impulsa el catafalco. Está congestionado y rojo como un ladrillo, accionando incesantemente una serie de frenos y palancas y observando alternativamente la cabria del guinche, la dirección y el balde, completamente absorbido por su trabajo. Si logra interinamente una tregua se rasca el pecho como si tuviese urticaria, mientras procura, en vano, con la gorra, secarse el sudor que le baña totalmente la cabeza.
De tanto en tanto, algún remolcador solitario corta perezosamente las aguas negras del riacho que por efecto del calor rezuman como una cloaca.
El cielo, inmóvil, igual que una bóveda de piedra, no muestra el menor estremecimiento ante el bombardeo a que es sometido por la radiación solar.
A los costados de los diques, una fila de transportes de ultramar, según los casos y las banderas, o carga toneladas de trigo o descarga toneladas de carbón.
Por la mañana, atracó allí un barco inglés, procedente de Cardiff, y se lo está ahora vaciando de su cargamento. A su lado, por el río, se encuentran amarradas dos chatas, sobre las cuales se va depositando el carbón que una cuadrilla de obreros extrae de las bodegas. La operación se ejecuta simultáneamente por las dos puntas del navío, o sea: por la proa y por la popa y simultáneamente también se verifica la descarga en tierra sobre los carros y en el río sobre las chatas. Un hormiguero de hombres, allá abajo, llena los baldes, dos baldes enormes, uno que va repleto de hulla y otro que regresa vacío, soltando entretanto una nube de polvo por el camino que oscurece por completo la perspectiva. Por momentos, no se distingue más que un pozo tenebroso y profundo; por momentos, se filtra un rayo de luz y se puede ver entonces a una que otra criatura que se agita en el fondo del pozo como un dibujo de tinta china; por momentos, finalmente, el sol rompe la nube de polvo que cubre la boca del abismo y se alcanza a percibir un hervidero de hombres que revuelven con sus palas las entrañas del carbón. Algunos, tapan su vergüenza con una bolsa de arpillera ceñida a la cintura; otros la ocultan con unos pantalones cortos y otros, por último, lo hacen a calzón quitado, sin plantearse la disyuntiva de vergüenza alguna. Aunque yacen a cinco o seis metros de la cubierta, dan la impresión de encontrarse a varios kilómetros del nivel de la tierra.
Los baldes no dejan de subir y de bajar ininterrumpidamente. Los cables y las poleas a su vez no dejan tampoco de chirriar, mientras la carrocería de los guinches rueda y trepida sobre los rieles promoviendo un ruido semejante al paso de un ferrocarril.
Dos hombres, al rayo del sol, vigilan desde la cubierta la subida y la bajada de los baldes. Ambos apoyan los brazos contra la borda, miran al fondo del abismo, y cuando está por llegar el balde al suelo de la bodega, gritan:
–¡Guarda abajo!
Las sombras que pululan en el hoyo entonces se apartan y enganchan otro tacho y otra vez los hombres que vigilan la maniobra vuelven a gritar dirigiéndose ahora al guinchero:
–¡Ya! ¡Iza!
Un balde sube y otro baja siempre sobre las cabezas de una cuadrilla de obreros que cargan y descargan envueltos en una nube de polvo. Algunos tachos están agujereados y dejan caer en el ascenso un reguero de cisco sobre los trabajadores.
Las palas, removiendo el mineral, levantan, asimismo, una polvareda que se remonta, haciendo tirabuzones, hasta la cubierta del buque, para ser barrida allí por los pantallazos del sol.
La actividad de los obreros de la bodega es vigilada por un capataz que los apura constantemente. Cuanto menos tiempo permanezca el barco en los muelles, menos tiene que abonar la compañía por su estadía en el lugar.
–¡Vamos! ¡Vamos! -grita de cuando en cuando el capataz.
A veces, compadecido del sudor o de la fatiga de los cargadores, agrega: –¡Vamos, muchachos, que falta poco! y a renglón seguido:
–¡Dele, dele! –y la cuadrilla prosigue rascando sin cesar la montaña negra de la hulla, las palas y los brazos parecen ser parte de una misma máquina y todos juntos un solo aparato de carne y hueso, cuyos engranajes repiten sistemáticamente las mismas operaciones como si se tratara de una maquinaria de verdad. Soplan y jadean en cadena, escupiendo a menudo ruidosamente para expulsar los detritus del carbón. Sus rostros dejaron de ser ya rostros humanos. Parecen el negativo de una película fotográfica. Apenas se les ve las comisuras de los labios y unos puntos movedizos que se supone sean los ojos. Aquellos que trabajan desnudos se intuye que se encuentran así por la uniformidad de su figura, pero su desnudez no salta la vista, oculta por la capa de hollín.
El ruido, tanto arriba como abajo, a la postre, resulta infernal.
Los guinches giran hacia un lado y luego hacia otro, cargan y descargan, a veces noche y día, sin parar, hasta desagotar las bodegas del barco.
Mientras dura la operación, la cuadrilla solamente tiene descansos alternados de una hora para comer, debiendo volver de inmediato nuevamente a sus tareas.
La caldera encendida del buque recalienta las guarniciones de acero que recubren el casco.
Son las cuatro de la tarde y el sol da la sensación de no haber llegado aún a su apogeo. No sofoca ya. Quema, abrasa. De la tierra reseca y polvorienta de la explanada se desprende una reverberación de horno mientras que las aguas barrosas y muertas de los canales despiden un olor acre y nauseabundo. A menudo cae una gota de grasa sobre la superficie de la corriente y se derrite rápidamente describiendo círculos concéntricos en torno al casco de las chatas.
De vez en cuando, una voz que parte del fondo de la bodega, grita hacia arriba:
–¡Agua!
Y uno de los vigías baja entonces una lata de agua que va pasando luego de mano en mano allá abajo hasta quedar completamente vacía.
Cada veinte o treinta minutos se oye la misma voz y se repite la misma escena:
–¡Agua! ¡Agua!
Y siempre que baja la lata se ve correr a la cuadrilla y formar un grupo compacto a su alrededor como si fuese una recua de animales en torno a un abrevadero.
A medida que avanza la tarde, lejos de amainar, el sol redobla su furor candente.
Ahora desciende a plomo sobre el barco.
La voz que pide agua se hace cada vez más débil.
Ya no truena como al principio.
Ahora llega arriba como si saliese del fondo de una tumba.
–¡Agua! ¡Agua!
Cuando suena la sirena de las cinco, el escándalo y el movimiento se detienen bruscamente. Atraviesan en todo sentido hombres desmelenados, mugrientos y sudorosos, con bolsas y canastos de comida, corriendo o trotando. De las entrañas del buque inglés entonces emergen los carboneros como fantasmas y sin lavarse, sin hablar, sin quejarse, comienzan a tomar agua antes de ponerse a comer apresuradamente tirados sobre la cubierta de la nave. Una hora más tarde, vuelven nuevamente allá abajo hasta terminar la descarga.
De noche, aquellos que están francos o los que terminaron sus tareas llenan las cantinas y beben cualquier cosa para aplacar el calor que juntaron durante el día.
No es difícil tropezar entonces con algún infeliz durmiendo en una cuneta, tal vez borracho o tal vez soñando, que grita entre las piedras:
–¡Agua! ¡A... gua!

Elías Castelnuovo


Geografías

Nunca se sabe qué puede encontrarse detrás de una puerta. Abro la heladera, como un cazador burocrático, con la intención de cazar algo para improvisar la cena y me quedo mirando, la cabeza apoyada contra el marco, el paisaje desolador que se esconde en la caja helada. Hace rato que el sistema que impide la formación de hielo no funciona y un modesto témpano doméstico me dice que, tras la puerta blanca, la geografía no es la misma que afuera. Las paredes están cubiertas de escarcha y hay un silencio de muerte en los estantes vacíos. El cadáver de un limón, seco y blanquecino como una osamenta, recuerda que mientras vivió, tuvo un tibio color amarillo. Una hoja marchita de lechuga habla a las claras de que nada florece en ese frío desolado.
Las ciudades no siempre están donde engañosamente lo señalan los mapas. Las ciudades son nómadas y los viajeros –aun los viajeros inmóviles que apenas si salen de su casa– las llevan consigo y las despliegan en los lugares más insólitos. Ahora mismo, Moscú está en la caja blanca, en mi cocina. Es la misma Moscú que, en mi infancia, estaba en la voz de mi madre cuando cantaba un tango de geografía atípica: “No cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierto de nieve y los lobos aúllan de hambre…”. Nunca entendí por qué precisamente un tango hablaba de nieves tan lejanas y hoy sólo encuentro una explicación en el carácter migratorio de las ciudades. Quizá sus autores –Manuel Ferradás Campos y Agustín Magaldi, a quien le decían “la voz sentimental de Buenos Aires”– se encontraron inesperadamente una Moscú dentro de un armario o dentro de la caja misma de la guitarra, no supieron qué hacer con ella y la usaron como escenografía absurda de un tango. ¿Después de todo, quién sabe qué hacer con la desolación helada que se descubre de improviso al abrir una puerta?
Saco el cadáver del limón y la hoja mustia de lechuga y los tiro a la basura con conciencia culpable. Hace tiempo que la inercia de los días me lleva de aquí para allá como a las ciudades migratorias y no tengo tiempo de almacenar en el cofre frío provisiones capaces de convertirse luego en calor y en reunión familiar en torno de la mesa. Dentro de la heladera hay un paisaje inmóvil que me recuerda a otro paisaje inmóvil de la infancia: el que yo misma generé cuando, en un descuido, dejé caer la Navidad blanca que me habían regalado y la vida se escapó de la esfera rota. La nieve nunca más volvió a agitarse sobre aquellos pinos y esa pérdida me acompañó para siempre. Nunca supe qué ciudad era aquella donde los chicos jugaban con muñecos de nieve, pero intuí que era, definitivamente, una ciudad que había quedado en el pasado.
De la heladera sale un viento casi imperceptible que tiene olor a derrota. Me imagino las huestes de Napoleón vencidas por el frío de Rusia. Recuerdo el comienzo de “Colmillo Blanco”, de Jack London, donde los trineos tirados por perros que transportan cuerpos de hombres doblegados por la muerte forman una caravana fúnebre.
Cómo es posible –me pregunto– que le haya permitido la entrada a este viento desolado que se me ha instalado en la cocina y que amenaza con apagar el fuego. Quizás era el mismo viento helado que salía por la boca de la guitarra de Magaldi cada vez que la agitaba como a una Navidad blanca en busca de su ciudad perdida.
Pongo la pava sobre el fuego para preparar un té que me libere de este frío. (¿Acaso debería preparar el té en un samovar, como en las novelas rusas?) La pava silbadora silba para avisarme que el agua ya está lista. Entre el vapor blancuzco reconozco la melodía que silba: “No cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierta de nieve, y los lobos aúllan de hambre, no cantes que Olga no vuelve.”

Mónica López Ocón



De eufemismos y erudiciones

Concha, del latín conchula, diminutivo de concha, y éste del griego konhe. Cubierta exterior dura de algunos moluscos y otros animales, entre ellos, las tortugas y los caracoles, formada por una o dos valvas, y raramente por más. Ostra. Cavidad o receptáculo con dicha forma colocado en la parte delantera del proscenio de los teatros, que sirve para colocarse el apuntador, oculto a la vista del público. Buccinare conchâ (latín) dice el escritor y retórico romano Lucio Apuleyo (Madaura, Africa, hacia 125; muerto hacia 180), hablando de la primitiva trompeta romana, derivada del antiquísimo caracol marino de los helenos, llamado buccina. De las varias acepciones tomaré las que hacen al arte, además de algunas paremias, digamos: “meterse uno en su concha”: retraerse y no tratar con los demás; “tener más conchas que un galápago”: ser muy disimulado, reservado y astuto.
Asevera el reputadísimo Sopena que en Colombia, Perú y Puerto Rico, concha es cinismo y que “tener concha”, en Perú, es ser un fresco, y que la conchería, en Costa Rica, es una necedad, una tontería.
Veamos algo del conchero lunfardesco. Concha refiere popular y groseramente a las partes pudendas femeninas, y produce el conchudo: tonto; perverso; enconcharse, enamorarse perdidamente; de concheta, mujer, y concheto, joven, gente que merodea el mundo de la drogadicción, surgen chetas y chetos. En cuanto a la concha de la lora (donde lora es mujer), es expresión de origen prostibulario que señala fastidio (Gobello dixit).
Concha marina. Le son equivalentes cuerna, cuerno, aliara: especie de bocina hecha de un cuerno de buey, búfalo u otros animales. Artísticamente, quienes más literatura musical hicieron de la concha marina fueron los hindúes. Concha marina hindú: instrumento primitivo mitológico, compuesto del cuerno de un animal, llamada por ellos ananta vijaya o sringa; barasaka o barataka; gomukha; sankha; sughosa. Ananta vijaya: especie de caracola o concha marina hindú. Anantia-vijaya: bocina sagrada hindú, mencionada en la guerra que forma el asunto del poema épico Mahâ Bhârata (Ananta Lahari): instrumento monocorde, usado por los cantores mendicantes de la India. Barasaka o barataka: gran caracola trompeta hindú. Gomukha: especie de trompa o bocina hindú, formada por una concha marina parecida al buche de una vaca. Sankha: concha marina hindú; a) sankk: bocina hindú; b) sankha: trompeta hindú antiquísima, formada por una concha marina; c) sankha: a), b), y c) deben designar un mismo instrumento. Su- ghosha: concha de la India. Sringa: a) concha marina hindú; ranaçringa o rana-çringa: trompa guerrera hindú, usada antes en bandas militares y luego en los cortejos y ceremonias religiosas, con forma parecida al instrumento europeo serpenton. Ramsinga (o, según otros autores, taré) es una trompeta hindú con un largo de dos metros (su complicada estructuración puede consultarse en cualquier buen diccionario musical) destinada al uso en los entierros por la condición de sus sonidos, graves y fúnebres.
La gran concha o caracola marina puede verse en el italiano buccina y en el francés bouret de mer, pero ahora concha marina terminada en punta agujereada que tiene como una bocina, y de la que se hace mención en la mitología. Buccinmarin (bocina marina). Especie de trompeta generalmente de hojalata, que sirve para hablar a la distancia desde un buque a otro. Jacobo Meyerbeer (Berlín, 1791; París 1864) la empleó en el Wals infernal de Roberto Il Diavolo. Los tritones mitológicos de Baco yendo a la conquista de la India hacen sonar la concha marina, convocando en torno del conquistador a los sátiros y bacantes. Esa concha, la bocina, era tocada por un bocinero, en latín buccinator: trompetero, clarinero.
Bocinar es revelar algo indiscretamente. Sí algún lector me envía a la India para encontrarme con la concha de la lora, le sugiero oírla en la creación de quien fue su primer elegiógrafo, el pianista Manuel Oscar Campoamor, nacido en Montevideo y fallecido en Buenos Aires (1877-1941), a través de su siempre lozano tango eufemísticamente titulado “La C... de la Luna”.

Mario Valdéz




LOS MEDIOS VECINALES INFORMAMOS QUE...

Si bien el GCBA cumple con la ordenanza n° 52.360 que lo obliga a pautar publicidad en medios barriales, se desentiende de los pagos de tal manera que dificulta la continuidad de esos medios.

¿Apoyo o traba?

Los medios vecinales hoy llegamos a más de un tercio de los habitantes de la ciudad. Entendemos que el valor de los medios barriales está en la pluralidad ideológica, que haciendo eco de una serie polifónica de voces, muchas veces, constituyen una alternativa a los medios masivos.
La Red de Medios Barriales –entidad de la que este periódico forma parte– reúne a periódicos, sitios web, programas radiales y producciones visuales independientes, reconocidos por el Gobierno de la Ciudad como proveedores de publicidad oficial según la Ordenanza 52.360. Hemos llevado nuestros reclamos a ámbitos como la Defensoría del Pueblo, la Auditoría general de la Ciudad y a la Legislatura.
Al momento de la presentación del reclamo, el GCABA lleva seis meses sin abonar sus avisos a los integrantes del Registro de Medios Vecinales que reglamenta la citada ordenanza. La situación compromete seriamente la continuidad de muchos de estos medios para los cuales al igual que para los medios masivos la pauta oficial es un componente importante de sus ingresos.
Consideramos que hay una traba a la libertad de edición que posterga a los medios barriales en beneficio de los medios masivos para que éstos puedan seguir ejerciendo el monopolio de la palabra.
Es nuestro parecer que las múltiples voces, la libertad de prensa y opinión son pilares básicos de una democracia abierta y transparente.

Ambito Solidario, Aquí Mataderos, Asociación Civil de Medios Barriales (en formación), Desde Boedo, El Abasto, El Adan, El Angelito de Palermo, El Reloj, El Vocero Porteño, En San Telmo y sus alrededores, Horizonte, La Santísima Trinidad, La Urdimbre, Mi Barrio, Nuevo Ciclo, Primera Página, Red de Medios Barriales, Reporter, Seudónimos, www.aquimataderos.com.ar, www.barriada.com.ar, www.barriodeflores.com.ar, www.boedoweb.com.ar, www.curiosamonserrat.com.ar, www.devotohoy.com.ar, www.devotomagazine.com.ar, www.ensantelmo.com.ar, www.la-floresta.com.ar, www.labocina.com.ar, www.laurdimbre.com.ar, www.nuevociclo.com.ar, com.ar, www.parquechasweb.com.ar , www.revistaelabasto.com.ar www.sancristobalweb.com.ar y siguen las adhesiones.



El nuevo tranvía

Se agrega una nueva línea tranviaria a la ciudad. Se suma así al recorrido formal del Premetro y al informal de “Los bondis de Aquilino” que circulan los fines de semana en el circuito de Caballito (Tranvía histórico que fogonea Aquilino González Podestá). El recorrido de esta nueva línea será de dos kilómetros. Estará funcionando en Retiro, según se planea, antes de fin de año. El servicio será diurno. La idea es extenderlo a otros barrios porteños.

El jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Jorge Telerman, el secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, y el ministro de Planeamiento y Obras Públicas porteño, Juan Pablo Schiavi, firmaron un acta de acuerdo para implementar una red experimental de tranvías en la zona de Puerto Madero. El compromiso lo suscribieron en la Casa Rosada con la empresa francesa de transporte, Alstom, y las locales Ferrovías y Metrovías, esta última concesionaria de las líneas de subte.
Empezamos en Puerto Madero, desde Córdoba hacia Independencia. Pero después se extenderá desde el norte hacia Retiro, y también hacia el sur. Y estamos viendo otras trazas para que muy pronto el tranvía, complementándose con las obras subterráneas que se están haciendo, permita ir resolviendo los problemas de transporte, señaló el Jefe de Gobierno
En una primera etapa, el recorrido del tranvía será de dos kilómetros. Se
habilitarán dos formaciones que circularán con un vagón de gran tamaño, con capacidad para transportar a 320 personas. El servicio será diurno y tendrá una frecuencia de entre 10 a 15 minutos. El recorrido será paralelo a la avenida Eduardo Madero, entre Independencia y Córdoba, aunque la idea es que se extienda hasta la zona de Retiro y también hacia el sur de la Capital. Habrá estaciones cada cuatro cuadras. Durante el acto se fijó un plazo de entre 90 y 120 días, a partir del 1º de agosto de 2006, para la puesta en marcha del servicio.



Reportaje a Hugo Ditaranto

Hugo Ditaranto nació en Buenos Aires en 1930. Publicó Agropenario (Premio Fondo Nacional de las Artes), 1964; A pesar de todo (Premio Hoy en la Cultura), 1965; Cal y sombra, 1966; Album de familia, 1970; Los procesos, 1981; Fernando, un perro de verdad, 1983; Esperando, Cartas a mi hijo, 1993; Antología de lo publicado (1964-1970), 1993; La mandrágora alucinada, 2000; La vera historia del Bero (en colaboración con Pedro D’Alessandro), 2001; Un país para el olvido (al sur del purgatorio), 2001; Los desastres de la guerra, 2005.

¿Cómo es que Ditaranto llega al poema y a la escritura?

El poeta escribe por un problema interior, los presos escriben todos poesía, un tipo enamorado escribe poesía, o la afana para la mujer que ama, la poesía es estado afiebrado, de necesidad, algo que no podés evitar, es un vómito, una centella, un rayo, que te pega y lo tenés que largar; no hay otra forma.
Un día en el barrio de Liniers donde yo vivía, en El Trébol, tendría once años, los chicos querían jugar a la pelota en la calle, llovía, y mi vieja no me dejó, Usted se queda adentro. Me tiré sobre el piso de pinotea del comedor a dibujar, y veía el día gris y escuchaba que los chicos me llamaban, todo me parecía una injusticia, y de pronto mi vieja, que planchaba mientras escuchaba la radio, me chista y me dice que no interrumpa porque viene la novela. Me dio tanta bronca que abajo del dibujo escribí algo que decía Día gris hoy te aborrezco... y me di cuenta a partir de ahí de que podía expresar mejor mi bronca interior ante la injusticia con la escritura. Y esa lucha por la justicia después se transformó en justicia social, se transformó en que de viejo veo a los pibes cartoneros que se cagan de hambre y eso es lo que me lleva a escribir poesía.
Y en esto nadie nace de la nada. Me acuerdo que, estando enfermo, mi mamá quería que comiera la compota, y yo comía más o menos. Ella me decía: Te vas a morir, y yo no me quería morir. Yo veía las estampitas con la imagen de Jesús y no me parecía creíble, mi vieja era muy católica, yo a Cristo lo admiraba por su personalidad y en las estampitas parecía afeminado; el hombre es responsable de su cara, siempre. Pero en la esquina de casa vivía un hombre flaco, alto, con melena, cuando lo vi dije que ese sí era Cristo, y que tenía que ser su amigo, así no me moría nada. Ese hombre era Elías Castelnuovo, escritor.
Ya en esos años yo andaba a la búsqueda de libros que me probaran que Dios no existía, había dejado de creer, pero quería justificarlo, y ahí me agarró el sarampión Maiakovski, y empecé a ver el problema de la injusticia desde otro ángulo, hasta que conocí a Raúl González Tuñón. Yo lo iba a buscar a “Clarín”, en la calle Piedras, lo esperaba, él daba el presente y nos íbamos a un café, él se tomaba un mate cocido y yo también. Lo había conocido en mi casa cuando tenía catorce, quince años. Nunca lo pude tutear. Yo le leía mis poemas que eran sectarios, aburridos, y un día me dijo, Huguito, ¿tenés novia? Sí, la Baby, vive al lado de casa. Entonces me dice ¿Y por qué no le escribís un poema a tu novia? Dije que la injusticia, y él me dijo que lo podía escribir porque siempre iba a haber rosas, y después, con los años me fui dando cuenta de que efectivamente lo que me dijo Raúl era una premisa para llevar y ejecutar toda la vida.
Castelnuovo escribía en prosa, lo leí y hablamos mucho, nunca le dije que quería ser escritor, y de alguna manera adopté para mi poesía la forma que él tenía de estructurar su prosa. Yo estructuro mis libros de acuerdo al concepto que puede tener un prosista, o sea, en torno a un tema. Y a propósito de esto último, me parece que hoy se da una gran dispersión mental en los que escriben, y esto es el triunfo del poder, porque escriben en función del éxito y de la guita y otras cuestiones sin importancia, mientras tanto el mundo está hecho pedazos.

En Album de familia el poeta anota, Nuestra familia fue muy numerosa / quizá por eso nos castigó tanto la muerte. / Y buscamos oficios acostumbrados a ella. En el mismo poema leo [...] desesperados, el arte nos ató a su condena. Quisiera saber de la condena.
Album de familia creo que lo empecé a armar a los cuatro años, mirando fotos, lo publiqué a los treinta y nueve. En el medio vino la nostalgia, pero no como la anemia de la memoria, sino la nostalgia real, concreta, del pasado. Hoy en día la gente vive sólo el hoy, nadie le pregunta al abuelo de dónde vino y nadie piensa que mañana va a ser viejo. Yo, desde chiquito, sabía que el hoy era una maravilla, jugar a la pelota, pero también sabía que había un pasado. Y después está la muerte, la gran injusticia, y cuando tenés una familia numerosa, vivís rodeado por la muerte, y antes y después hay muertos, y la injusticia y los recuerdos fueron formando mi fondo de memoria, y como todo lo que te duele lo escribís, esa es la condena, esto si tenés memoria, para poder pensar en un mundo mejor; si no sos un boludo.
Querer un mundo mejor, ¿cómo?, y por ejemplo, ¿qué pasa con un asesino? Un asesino es alguien al que no le enseñaron otra cosa que a matar. Es su oficio, y San Pablo dice en la Biblia Al hombre lo salvará su oficio. Si yo quiero cambiar a ese asesino lo tengo que educar, darle casa, comida, trabajo, informarlo. Hay una película maravillosa, chilena, no me acuerdo el nombre, hay un tipo que mata porque es un animalito, anda por el barrio, por la calle, mata, quiere comer y mata. Lo agarran y lo llevan a la cárcel, y por primera vez duerme en una cama, sobre un colchón, tiene frazada, tiene techo y tiene comida, ese tipo empieza a modificar su vida, le enseñan a leer y a escribir, y después de veinte años, lo condenan a muerte, justo cuando el tipo ya era otro tipo. Es muy fácil salir a hablar boludeces en el programa de Grondona después de que violaron a una chica, no hay nada que justifique la miseria.

¿Cuál es la experiencia de Ditaranto docente?
Cuando estaba en tercer grado, la maestra pidió la libreta de casamiento de los padres, yo la llevé, y un chico que vivía a la vuelta de casa, Raúl, dijo que la madre no tenía. La maestra le dijo que era hijo natural; volví a casa, pregunté y me explicaron, y a mí me pareció un horror, cómo la maestra le va a decir así a un chico porque la madre no estaba casada. Al año siguiente tuve a otro mal maestro, Nenadovich, que te fajaba por cualquier cosa, había pibes que se asustaban porque veían que le había pegado a otro compañero y entonces se trababan cuando hablaban, y el animal les pegaba, y ahí, en cuarto grado, supe que yo no quería ser como estos tipos, ahí nació mi vocación de docente.
Cuando terminé la primaria y mi viejo, que era pintor, me preguntó qué iba a seguir, pensando que yo le iba a decir Bellas Artes, le contesté que maestro, y cuando fui maestro apliqué exactamente ese fondo de memoria que yo llevo, nunca le pegué a un chico, nunca maltraté, y yo no tomaba prueba escrita. En una charla que di para docentes, pregunté si a alguno lo habían torturado, contestaron que no, entonces les dije que ellos eran torturadores, porque no hay nada más torturante que un maestro, con mirada cínica, cuando dice saquen una hoja, y eso es picana, es una injusticia total, porque si un inútil de cuarenta años para evaluar a treinta pibes de quince precisa tomar una prueba escrita, es porque tiene un problema mental. Yo a los pibes les decía que nunca iba a tomar una prueba escrita, pero jugaba, les decía que tenían que estudiar y que teníamos que charlar. Pero un día informaba que la directora me exigía una prueba escrita. Todos se quejaban, yo quedaba como un traidor. Explicaba que este era mi trabajo y que teníamos que encontrar la manera de arreglar el asunto. Son tres temas, uno esta fila, dos aquella y chau, el tema uno va a hacer tal cosa, el dos tal otra... y les conté del machete. Todos preguntaron por el machete. Dije que era una tirita de papel donde se ponen los datos exactos que yo sé que no me voy a acordar, entonces a preparar un machete. Todos contentos. Pero otro día volvía sobre el tema, les decía que la directora quería elegir el tema para cada fila, que ella lo disponía, ¿entonces?, ahí está, hacemos tres machetes, bien, y le ponemos el nombre. La prueba es la semana que viene, avisaba, y si alguno tenía problemas con los machetes, mandaba a que le enseñe un compañero. Mañana tomamos prueba, avisaba, llega el día, mando uno a la puerta para que vigile por si venía alguien, y ordenaba, saquen los machetes, me dan los machetes; ¿Cómo?, ¿me saca los machetes?, no, voy a corregir los machetes, porque tu papá te manda a la escuela para que yo te enseñe, hacer un machete implica que vos tuviste que estudiar lo que no estudiás cuando te manda la de geografía; yo te hice estudiar y voy a corregir los machetes que vos hiciste.
Para mí la educación es transformación, yo tenía treinta tipos para formar y yo los iba a formar, iba a armar un escuadrón de la verdad. Las escuelas son cárceles y no hay conciencia de ello; desde lo edilicio, lo plantea Otto Ruhle en El alma del niño proletario, la estructura de una escuela es similar a una seccional, un hospital, una cárcel.

Escritores, maestros y admirados, ¿quiénes aparecen en la lista del poeta?
La lista es larga; cuando cumplí cincuenta años, me dije que tenía que elegir cien libros que me hayan dado vuelta, tengo setenta y seis y todavía no llegué a los cien. Hay libros como Si yo volviera a ser niño de Janusz Korczack o La gramática de la fantasía de Rodari, uno lo leí a los dieciséis y el otro a los cincuenta y cinco años. De los escritores argentinos, poetas, están Pedroni, Juan L. Ortiz, Raúl González Tuñón, Banchs. Yo empiezo a leer a tipos que quiero, Machado, Rimbaud, Eluard, y si me levanté cruzado y la lectura no me va, la dejo. La lectura es algo con lo que viví toda mi vida y me tiene que satisfacer, es como la comida; el otro día mi mujer me volvía a leer cosas de Castelnuovo, al que tanto leí de joven, y fue algo hermoso. Eso sí, en mi lista nunca vas a encontrar a uno de esos escritores que estructuran sus libros en función de hacer la carrera literaria, que es lo más parecido a lo que hace un ejecutivo, siempre dicen que sí, y dicen que sí hasta cuando el editor exige un cambio en la humanidad del personaje de la novela, porque de lo contrario no hay edición. Y así no es: si la novela es mía, estos son mis personajes; si querés otros, escribila vos.

Entrevista de Edgardo Lois




SABOR DE LATA Y DESAMPARO

Oh guitarra de doliente vino,
hay sabor de lata y desamparo
hay el suspiro de la luz devorada,
hay penuria ardiente,
hay valerosas uñas de pobreza,
hay el aullido de lo real,
hay una caricia vagabunda,
hay un cuchillo atroz,
hay un naipe agrio,
hay un tesoro transparente,
hay moscas y basuras,
hay una corona de burlas,
hay un trágico aguacero,
hay un olor desvalido
cuando insulta a la anónima
sepultura del aire
tu lepra apasionada.

Fulvio Milano




MEDIOS PERIODISTICOS BARRIALES EN APRIETOS
La virtual cesación de pagos del Gobierno de la Ciudad
compromete la continuidad de los medios barriales, cuyos responsables disponemos de recursos mínimos para seguir funcionando.

Desde el comienzo de la nueva Administración de la Ciudad se están comprometiendo la continuación de obras y el pago de servicios contratados. Para los medios barriales esta situación es grave. Algo más de un centenar de medios barriales de la Ciudad, entre los que predominan los gráficos, aunque también hay programas de radio, sitios web y producciones visuales independientes, recibimos una pauta publicitaria oficial, de acuerdo a los términos de una ordenanza que reglamenta nuestra actividad.
Esa pauta se traduce en un aviso mensual que Ud. puede ver en la página 7 de esta edición. Pero, si bien los términos del contrato estipulan el pago a los treinta días hábiles de publicado el aviso, el único resultado positivo logrado a la fecha es la liquidación en forma irregular (por caja chica) del mes de abril. Se trata de un serio incumplimiento de contrato que compromete la continuidad del medio que, por otra parte, paga al contado a su proveedor de imprenta y demás insumos.
La publicidad oficial no es una concesión sino un derecho adquirido. Para ser beneficiarios de la publicidad del Gobierno de la Ciudad, los medios barriales no podemos publicar más del 50% de avisos comerciales. El resto deben ser notas periodísticas y de ese conjunto al menos la mitad tienen que dedicarse a temas de los barrios o a la Ciudad de Buenos Aires en general.
¿Por qué aceptamos las limitaciones que impone el Gobierno?
Fundamentalmente porque es un derecho adquirido. A través de la movilización de representantes de los medios con el apoyo de diferentes sectores de la sociedad civil entre los que figuró la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires en el 2002 se logró la reglamención de la ordenanza N° 52.360 orientada a la promoción el periodismo barrial independiente mediante el otorgamiento de un aviso mensual a los medios comunitarios.
La seguridad contractual respecto al cobro por los doce meses de permanencia de la publicación en el Registro de Medios Comunitarios, reglamentado por la citada ordenanza. Esta seguridad teóricamente nos debería permitir hacer las previsiones de ingresos y egresos con plazos razonables cuando concursamos para obtener la reinscripción en el Registro Oficial.
Total independencia editorial. El hecho de publicar un aviso del Gobierno no limita nuestra libertad de opinión, como lo prueban las notas que aparecen en “Desde Boedo” desde noviembre de 2001. Dicho de otro modo, en nuestro caso, si la limitaran no hubiéramos aceptado la pauta oficial.
Conclusión. Por una serie de factores, los pequeños medios que salimos en los barrios estamos ahogados financieramente debido al atraso en los pagos de la publicidad oficial. La Red que nos agrupa realiza una serie de gestiones para sortear la situación. A fines de julio dio a conocer el comunicado que publicamos en estas páginas (ver “Los medios vecinales...”). La libertad de prensa se torna un concepto artificial cuando la libertad de imprenta depende de recursos que se escatiman.
(La presente es una síntesis de la nota publicada por Alfredo Roberti en “La Urdimbre” adaptada para “Desde Boedo”)

Mario Bellocchio


HISTORIAS CONTADAS DESDE BOEDO

Crónicas de la fecunda historia barrial que “Desde Boedo” recopila en esta publicación celebrando la aparición de sus primeros cincuenta ejemplares.

Querido Mario:
He leído algunas notas de tu “Historias contadas desde Boedo”.
Quiero agradecerte este trabajo, decirte que es muy importante, necesario, que el futuro solo es posible ejercitando la memoria, que la lucha no viene de ayer a la tarde, si no de mucho mas allá, que saber esto nos permite tomar contacto con la magnitud de la tarea de intentarnos mejores seres humanos que tratan de construir una sociedad más justa y que esto sólo será posible si podemos reconocer en nuestros actos a los muchos luchadores que lo intentaron desde el tiempo de los tiempos. A muchos les cuesta encontrar explicación a la maravillosa actividad artística vinculada con el pueblo que tiene Buenos Aires, desde Boedo tenemos algunas respuestas y vos con tu trabajo estas iluminando el camino.
Para vos y quienes colaboran, gracias. Un abrazo,
Manuel Callau

“Historias contadas DESDE BOEDO” puede conseguirse en la mesa de publicaciones de BAIRES POPULAR, los sábados de 11 a 14 en la vereda del “Margot” (Boedo y San Ignacio)

6.7.06



N° 54 - Julio de 2006

El 11 de julio cumpliría 92 años


Aníbal Troilo, Pichuco

Tu fueye, /nada se parece tanto a vos como tu fueye. /Tu fueye. /Algo más: tu palabra, /tu cuore malandra, /tu sangre, tus ganas de nada, /tus curdas /y la cheno blanca /y la copa volteada. /Pichuco: /en tu jaula canta llorando el pájaro de la tarde /ciego /y yo desde el hueso /bato /que sos El bandoneón Mayor de Buenosaires. (Julián Centeya)

Sentado a veinte centímetros del fueye de Troilo. Oyendo respirar al instrumento. Escuchando al Gordo marcar la cadencia con un sonido gutural bajo y jadeante. Entrecerrando los ojos cuando los mágicos dedos exprimen vibraciones que se perciben en el plexo, cerca, muy cerquita del cuore...
Con Palma y Farías, mis compañeros de cámaras, presenciamos el ensayo con el privilegio de elegir el sitio de la contemplación. Y yo me decido por la tarima de Pichuco..., como siempre.
Estudio A de Canal Once: Pavón 2444, pasillo al fondo. Serán las cinco o seis de la tarde de un jueves de julio del 64. A las nueve de la noche saldremos en vivo con "Yo te canto Buenos Aires". Acabamos de ganar el "Martín Fierro" por tercera vez consecutiva. Todavía no se graba. El 11, benjamín de los canales, no tiene video-tape. Recién en el 66 se incorpora ese medio técnico. Estamos a punto de cumplir 3 años de vida, el 21 de julio. Pero hoy hay otro cumple que festejar: los 50 del Gordo. La acostumbrada reunión –a la espera de la salida al aire– en el boliche de Pavón y Alberti vendrá con torta, velita y algún trago moderado acompañando al consabido cantito regenteado esta vez por Rufino, Tito Reyes y Nelly Vázquez –¡mirá qué trío!– al que no le escatimamos acompañamiento.
Hay que regresar: exactamente a las 9 –¡tiempos aquellos de puntualidades!– el programa debe estar en el aire. No hay excusa por festejos.
¡Qué cambio de perspectiva dan los años! Recuerdo que a sus 50, a Troilo lo veía como a un... ¡viejo!
Hacía medio siglo entonces, el 11 de julio de 1914, el Abasto, que de tango la sabe lunga, recibía a Aníbal Troilo. Felisa Bagnolo, feliz mamá, le mostraba por primera vez el recién nacido a papá Aníbal Carmelo Troilo, en su casa de José Antonio Cabrera 3457.
El Pichuco que origina el célebre seudónimo era un amigo de su viejo, algo lloricón el hombre... Ante una de las primeras lágrimas del pequeño Aníbal, recibió la caricia de consuelo y la broma verbal: ¡bueno, Pichuco, bueno...! Y quedó ahí el sello, sin necesidad de documento, estampado para siempre. Luego el viejo partiría, sin preaviso, muy tempranamente.
Poco después, en un picnic, según cuenta el Gordo, cuando los bandoneonistas se van a almorzar dejando los instrumentos sobre las sillas, se calza un fueye sobre el regazo... Nace el neocentauro hombre-bandoneón. Tenía 9 años. Le bastaron seis meses de aprendizaje para dominar la técnica del instrumento, con magia de sus dedos infantiles.
Un festival de barrio en el cine Petit Colón de Córdoba y Laprida marcó el inicio público a los 11 años. A los 13, en el Café Ferraro, de Córdoba y Pueyrredón, consigue el primer conchabo oficial. Comienza a codearse con los notables cuando Juan Maglio (Pacho) lo requiere para su sexteto, presentándose en el Café Germinal de la calle Corrientes. Y ya en 1930, con tan sólo 16 años, pasa a integrar el conjunto de Vardaro-Pugliese, donde comparte escena con Alfredo Gobbi, Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese y Ciriaco Ortiz, entre otras celebridades. En 1932 se incorpora a la gran orquesta reunida por Julio De Caro. De esa época son las primeras grabaciones que se conservan cuando participa en Los Provincianos de Luis Petrucelli (1931).
1933 marca su debut en cine con su intervención en Los tres berretines, la producción parlante inaugural de los estudios Lumiton. Y ese mismo año pasa a integrar el famoso, aunque desgraciadamente ingrabado, "6" de Elvino Vardaro al que hacían su aporte en bandoneón Pichuco y Jorge Fernández. La relación con el destacado violinista –que incluye una participación en la película Radio Bar– continúa tres años en el sexteto y se prolonga en la orquesta de Ciriaco Ortiz de la que Aníbal y Elvino forman parte.
Simultáneamente a su actuación con Ciriaco, participa en las grabaciones de la Típica Victor; interviene en la orquesta de Angel D’Agostino y forma parte, ya en el año 1937, de la orquesta gigante de Juan Carlos Cobián, presentándose en los bailes de carnaval del teatro Politeama.
El 1º de julio –siempre julio– de 1937 Pichuco concreta el anhelado sueño de la orquesta propia. En la boite Marabú –nada menos– se hace escuchar por primera vez la orquesta de Aníbal Troilo: Toto Rodríguez y Alfredo Vanitelli lo acompañan en bandoneones; Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik en violines; Orlando Goñi en piano y Juan Fassio en contrabajo. Comienza la consagración.
Un año después, Dudú Carachi –Zita– pasa a ser su compañera. Sólo Dios sabe cuántas cosas amortiguó la inefable Zita en la vida del Gordo. Está cicatrizando, solía contestar a quienes lo llamaban luego de una extensa e intensa noche...
En la escalera a la fama trepa peldaños vertiginosamente: las inolvidables noches del Germinal, o el cabaret Florida, el Casino Pigall, Parque Romano, teatro Artigas, Palermo Palace, el Tibidabo y las radios Splendid, El Mundo, Belgrano...
En 1941 lo contrata RCA Victor; comienza el éxito discográfico. Llega la voz de Fiorentino y, entre otros cambios en la formación, se incorpora un jovencito marplatense llamado Astor Piazzolla.
En medio de giras y éxito creciente su amistad con Homero Manzi fructifica en un suceso caro a nuestros afectos barriales.
Cuando estrenamos Sur en el Tibidabo (1948) pareció que hasta las muchachas dejaban de respirar, había quedado el lugar en un trance casi religioso (Edmundo Rivero).
En 1953 compone la música de El patio de la morocha, sainete lírico con letra de Cátulo Castillo. Estrenada al año siguiente, la obra permanece 18 meses en cartel exhibiendo la solvencia de una orquesta gigante, formada al efecto, que cuenta con los arreglos musicales de Astor Piazzolla.
La mano abierta se consolida jugándose por la renovación sin pérdida de esencia: No hay tango viejo ni tango nuevo. El tango es uno sólo. Tal vez la única diferencia está en los que lo hacen bien y los que lo hacen mal, se lo escucha decir. Patético de Caldara, A la parrilla y Tecleando de Figari, Orlando Goñi de Gobbi, A fuego lento de Salgán, Para lucirse, Prepárense, Contratiempo, Triunfal, Lo que vendrá y Adiós, Nonino de Piazzolla, La bordona de Balcarce, Danzarín, Melancólico y Nostálgico de Julián Plaza, figuran en su repertorio, lo que equivale a consagración. A ellas agrega su propia producción de avanzada: Responso, A Pedro Maffia, A la guardia nueva, Contrabajeando (con Piazzolla) y Milonguero triste deben considerarse como arietes de la renovación.
Llegan los años de la tele en coincidencia con la vigencia de las grandes orquestas. Los sucesos discográficos, radiales y de los lugares de espectáculo se trasladan a la pantalla y culminan en creaciones que proyectan la actividad del Gordo con indeclinable notoriedad hasta sus últimos momentos.
Hoy en el recuerdo, el libro mayor del Bandoneón Mayor contabiliza sólo en rojo el cuidado personal de su salud. Ni en eso tenía un cachito de egoísmo. Todo para los amigos: Cuando cumplí 40 años de vida artística y me hicieron aquella fiesta en el Luna Park, algo inolvidable... Todos mis amigos, todos estaban allí: Cátulo Castillo, Mercedes Simone, Tania, Roberto Rufino... A veces pienso qué habría sido de mí sin el cariño de mis amigos –decía en sus últimos años cuando ya saldaba el inventario inicialando el haber de sus composiciones: Barrio de Tango, Che, bandoneón, Discepolín y Sur, con Manzi, Garúa, con Cadícamo, Una canción y La última curda, con Cátulo Castillo y Mi tango triste, con José María Contursi. Recorriendo la exquisitez de sus arregladores: Héctor María Artola, Argentino Galván, Astor Piazzolla, Ismael Spitalnik, Eduardo Rovira, Emilio Balcarce y Julián Plaza... Contabilizando a toda la generación del 40 como hijos dilectos de su repertorio: Domingo Federico, José Basso, Armando Pontier, Héctor Stamponi, Osmar Maderna, Alfredo Gobbi, Héctor Artola, Enrique Francini, Astor Piazzolla, Mariano Mores, entre otros nombres.
Los pichones instrumentales descubiertos: Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari, como pianistas; Hugo Baralis, Reinaldo Nichelle en el violín; Kicho Díaz y su contrabajo; Astor Piazzolla y Toto Rodríguez en el fueye, abrevaron en su generosa fuente.Y los vocalistas a los que revivió en su protagonismo perdido tras la muerte de Gardel, renovándolos al incorporarlos –casi– como instrumentos orquestales: Fiorentino, Marino, Floreal, Rivero, Calderón, Casal, Raúl y Elba Berón, Goyeneche, Cárdenas, Rufino, Nelly Vázquez, Tito Reyes..., nacidos al suceso con Pichuco.
Mayo del 75. Día 18. El fueye del neocentauro articula por última vez las lengüetas. Esta vez con sonido fúnebre. En un par de meses habría cumplido 62. Pero no fue. Se tomó el piro, diría Centeya.
Gordo, de verdad..., ¿te fuiste del barrio?
.
Alguien dijo una vez
. que yo me fui de mi barrio.
. ¿Cuándo?... ¿Cuándo?...
. Si siempre estoy llegando.*
Mario Bellocchio


(*) Palabras de Aníbal Troilo. .
Datos extraídos de "La historia de Aníbal Troilo" que RCA Camden publicó en 1968 con el álbum homónimo.


Callejeando historia
Belgrano, el Congreso de Tucumán y la monarquía incaica
Cuando el 24 de marzo de 1816 se inauguró en Tucumán el Congreso Soberano de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la situación interna y externa de la Revolución era muy comprometida. La restauración de Fernando VII y la constitución de la Santa Alianza, tras Waterloo, habían desatado una ofensiva reaccionaria y absolutista que en el caso americano se corporizó en la expedición de Morillo que retomó Caracas y Bogotá –forzando a Bolívar a exiliarse en Jamaica–, mientras que en Chile la "Patria Vieja" había sucumbido en Rancagua y, en México, Hidalgo y luego Morelos eran derrotados y fusilados. Las Provincias Unidas estaban aisladas y, para peor, el Ejército del Norte había sido vencido en Sipe-Sipe, dejando el Alto Perú en manos realistas, mientras la feroz lucha de la centralista Buenos Aires contra Artigas desencadenaba un proceso que culminaría en 1820, con López y Ramírez atando sus caballos en la Pirámide de Mayo y la disolución del gobierno "nacional".
Así pues, no es de extrañar que en el juramento que prestaron ese mismo día los diputados figurase la cláusula "¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria defender el territorio de las Provincias Unidas, promoviendo todos los medios importantes a conservar su integridad contra toda invasión enemiga?". Y que, asimismo, la presentación del periódico El Redactor del Congreso Nacional –escrito por fray Cayetano Rodríguez y el deán Funes– declarase entre los propósitos del cónclave "(...) establecer un poder sobre bases sólidas, y legales, colocando a la faz de las Provincias Unidas en su debido lugar el ciudadano que deba llevar las riendas del gobierno (...)". Y si bien en la sesión del 3 de mayo, ante la renuncia de Alvarez Thomas, se había designado director supremo –con el apoyo de San Martín– al diputado por San Luis Juan Martín de Pueyrredón, fue con este último propósito –definir la futura forma de gobierno– que los congresales convocaron a Manuel Belgrano en sesión secreta del 6 de julio a exponer "sobre el estado actual de Europa, ideas que reinaban en ella, concepto que ante las Naciones de aquella parte del globo se había formado de la revolución de las Provincias Unidas y esperanzas de obtener su protección". A lo que el creador de la bandera –en misión diplomática en Europa, junto con Rivadavia, durante 1815– respondió en una detallada exposición que, en sus puntos esenciales, planteaba el desinterés europeo en apoyar la Revolución dado el creciente desorden y anarquía en que había derivado; la reacción contra el republicanismo encabezada por Rusia e Inglaterra, ésta última impulsora de la monarquía temperada –hoy diríamos constitucional–, y que "conforme a estos principios en su concepto la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada, llamando la Dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta Casa tan inícuamente despojada del Trono (...)". Dos días después, en carta a Rivadavia, Belgrano le relataría la sesión en que "(...) yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de la monarquía constitucional con la representación soberana de la casa de los Incas: todos adoptaron la idea".
Todos... al principio. Tras la Declaración de la Independencia y en diferentes sesiones se volvió sobre el tema, siendo los diputados llamados "altoperuanos" (Pacheco de Melo por Chichas, Pedro Ignacio Rivera por Mizque, Sánchez de Loria, Malabia y Serrano por Charcas); José Ignacio de Gorriti y Mariano Boedo por Salta, encabezados por Acevedo, que representaba a Catamarca, los más firmes impulsores de la monarquía incaica. Pero el grupo de los siete diputados por Buenos Aires (Tomás de Anchorena, Paso, Sáenz, Darregueyra, Cayetano Rodríguez, Medrano y Gascón), que se movían y votaban en bloque, comenzaron una tarea de oposición y, por qué no decirlo, de desprestigio de la idea –tanto en el Congreso como en algunos periódicos porteños– que se fue diluyendo hasta no ser ya mencionada en las sesiones de octubre. Los porteños preferían –y los hechos lo demostrarían– entrar en componendas con Río de Janeiro o con cualquier príncipe europeo "de cuarta" –como el duque de Orleans o el príncipe de Luca– antes de aceptar "un cholo bastardo de Huayna Capac (...) al que habría que sacar andrajoso y borracho de alguna chichería" y, sobre todo, no estaban dispuestos a tolerar que la capital estuviera en el Cuzco: estaba en juego la hegemonía mercantil de Buenos Aires, heredada del monopolio virreinal, que atraviesa toda la historia nacional.
Ahora bien, no juzguemos al monarquismo de hombres como Belgrano o San Martín con los parámetros de nuestra época sino de su momento. Ambos –tanto como Bolívar– tenían conciencia de las enormes fuerzas centrífugas económicas y políticas que latían en Sudamérica y de las dificultades para convertirla en una gran nación independiente como soñaban. Por eso propugnaban gobiernos fuertes, aceptados por las potencias europeas y, sobre todo, por las grandes mayorías, que eran indígenas o mestizas. El martirio de Tupac Amaru fue, para su generación, ejemplo de la barbarie absolutista y la simbología incaica dominó todo el período revolucionario, como lo demuestran la letra del Himno Nacional y el sol del Escudo. Así pues no es de extrañar que el 25 de julio, según el viajero sueco Juan Adam Graaner –citado por Leoncio Gianello en su imprescindible Historia del Congreso de Tucumán– : "(...) el general Belgrano tomó la palabra y arengó al pueblo con mucha vehemencia prometiéndole el establecimiento de un gran imperio en la América Meridional, gobernado por los descendientes, que todavía existen en el Cuzco, de la familia imperial de los Incas (...), este discurso causó a los indios tanta sorpresa como alegría (...), los indios están como electrizados por este nuevo proyecto y se juntan en grupos bajo la bandera del sol". O que ese mismo 25 de julio el Congreso resolviera imprimir el Acta de la Independencia en tres mil ejemplares: mil quinientos en castellano, mil en quichua y quinientos en aymara. O que Güemes, en una proclama del 6 de agosto, expresara que "(...) en todos los ángulos de la tierra no se oye más que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. Si éstos son los sentimientos generales que nos animan, con cuánta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la Corona". Tendrían que pasar más de cuarenta años para que un indio zapoteca, Benito Juárez, ocupase la presidencia de México –ante lo cual su oligarquía no vaciló en llamar a la intervención extranjera– y ciento noventa para el segundo indígena al frente de un país americano, Bolivia, cuya población es mayoritariamente aborigen. Significativo, ¿no?
Lo cierto es que aquellos hombres que participaron del Congreso de Tucumán están representados en nuestra nomenclatura urbana en Almagro, Recoleta, Palermo, y que la calle a cuya vera –al lado de Santo Domingo– se encontraba la casa en que Manuel Belgrano nació rico y murió indigente, desde el 7 de agosto de 1821 lleva merecidamente su nombre.
Diego Ruiz


Inexistencia
Sólo es posible creer en las cosas que no existen. No tendría sentido alguno tener fe en los caballos, en las bicicletas o en las agujas de tejer porque su existencia no precisa de nuestra credulidad para ser posible. Nada suscita menos fe que lo que tiene visos de existir "realmente". Sería ridículo adorar roperos, levantarles altares a los armarios o rogarles confiadamente a las medias viejas. La realidad, se sabe, es una cosa triste y sin remedio, pero "es".
Lo que no existe puede, a veces, resultar igualmente triste y sin remedio, pero, al menos, no tiene la existencia tangible de un camello.
De todos modos, su inexistencia, su intangibilidad, no lo libra de la burocracia del mundo. Existen fantasías oficiales instituidas como burocrática contrapartida de la realidad cotidiana. No creo en Dios, ni en el horóscopo, ni en el Tarot, ni en el I Ching, fetiches de una supuesta espiritualidad que se opondría al pragmatismo de los materialistas. Para creer en estas formas oficiales de la inexistencia es necesaria una fe oficial carente de rasgos personales. Por mi parte, no reconozco ninguna forma, ni real ni inexistente, de ordenar el caos del mundo, ninguna manera de paliar la soledad, ninguna estrategia para evitar el sufrimiento. La vida no tiene consuelo. Me resisto a buscarlo en los designios de los astros o en las bellas figuras del Tarot de Marsella.
Si acaso algún consuelo existe es el de poder escapar, de vez en cuando, de nuestra existencia para adoptar una inexistencia más sustanciosa que cualquier mediocridad real. Cuando decido no existir por un rato, me gusta buscar la inexistente compañía de Madame Bovary, de Ana Karenina, de Julián Sorel o del joven Werther. Su presencia en mi vida requiere un profundo acto de fe, un respeto reverencial por el poder creador del Verbo que no separa la luz de las tinieblas sino que, por el contrario, las mezcla y las confunde hasta lograr que lo inexistente parezca verdadero. Los personajes de tinta tienen pasiones más "reales" que las humanas. ¿Cómo es posible estar tan vivo cuando jamás se ha nacido?
La forma en que lo que no existe le da vida a lo existente es uno de los múltiples misterios imposibles de develar. Pongamos, por ejemplo, ese caballo alazán que se multiplica por cientos en la cinta de paisaje que pasa a toda velocidad por la ventanilla del tren. ¿Qué sería ese caballo sin los versos de Yupanqui que lo convirtieron en una "cinta de fuego, galopando, galopando", que sería ese caballo sin el jinete inexistente capaz de llorarlo junto al barranco? ¿Quién creería que los perros que rebuscan comida en la basura son seres capaces de confiar filosóficamente en que el retorno de los seres amados, de no ser porque Homero contó que sólo Argos reconoció a Ulises cuando, después de tantos años, regresó a Itaca disfrazado de mendigo? Es que ningún ser real es realmente alguien si no tiene una existencia paralela en un relato. Nuestro cuerpo es de carne y hueso, pero nuestra vida está hecha de palabras. ¿Quiénes somos? Quienes decimos ser, quienes dicen los demás que somos. Somos lo que nos gritan en la cara y lo que nos murmuran al oído. Ahí está, sin ir más lejos, nuestro pasado. Para saber quiénes somos es preciso que hagamos un acto de fe y creamos en las historias intangibles que nos contamos a nosotros mismos en voz baja. Como Madame Bovary, como Julián Sorel, somos lo que no existe. Somos palabras. Nuestra esencia es apenas una vibración del aire.
Mónica López Ocón


A 110 años de la primera función de cine en la Argentina
Nuestro cine y el exilio*

El 18 de julio de 1896, en el Teatro Odeón de Buenos Aires, se realiza la primera exhibición cinematográfica. Lo relevante del hecho es que sucede apenas siete meses después de la histórica fecha del 28 de diciembre de 1895, cuando Louis Lumière exhibiera públicamente por primera vez en el Café de París nueve films supercortos. La conmemoración bien merece unas líneas en homenaje a nuestro cine.

El cine es una industria, el film un arte (Luigi Chiarini)

Un año después de aquella función inaugural el inmigrante francés Eugene Py rueda el primer corto nacional, La Bandera Argentina, para la cual se utilizaron sólo 17 metros de película. En 1898, la posibilidad de obtener beneficios económicos inmediatos lleva a los norteamericanos a fundar las primeras empresas productoras cinematográficas iniciándose, con la industria del cine, la priorización del negocio cinematográfico por sobre el arte de hacer películas.
En 1908 otro inmigrante –esta vez italiano–, Mario Gallo, rueda el primer corto argentino de acción dramática, El fusilamiento de Dorrego; en 1909 se construyen los primeros estudios y laboratorios cinematográficos. El mercado externo se abre para la naciente industria con la película del período mudo más famosa en la Argentina y América Latina, Nobleza Gaucha, que De la Pera, Gunch y Cairo rodaran en 1915. Nobleza Gaucha había costado a sus productores 20.000 pesos y les dejó una ganancia de 600.000. Durante la Primera Guerra Mundial, la Argentina es el más importante exportador de películas de Latinoamérica.
El primer film animado del mundo, El Apóstol (1917)(1), de 58.000 fotogramas y realizado en doce meses, es anterior al primer film norteamericano de animación –El hundimiento del Lusitania de Mc Cay– de extensión menor a la mitad del argentino, que demoró más del doble de tiempo en llevarse a cabo. Sin pretender relevar valorativamente a la rapidez, resultan significativos el conocimiento y la pericia técnica de nuestros realizadores. Corroborando la afirmación acerca del desarrollo paralelo del cine y la historia, El Apóstol era una sátira sobre Hipólito Yrigoyen. Y todas las producciones cinematográficas de la primera época de nuestro cine narraban hechos de la realidad socio-histórica y política del país. Así, El tango de la muerte (2) describía el mundo cotidiano de la clase trabajadora de Buenos Aires, El último malón (3) relataba los levantamientos de las tribus indígenas mocovíes de 1904 en la provincia de Santa Fe; Juan sin ropa (4) daba cuenta de los dramáticos hechos de la Semana Trágica.
En los años veinte, con el auge de las ciudades y la ampliación del espacio urbano debido al crecimiento de la actividad industrial, algunas salas de cine se constituyeron en ámbitos de integración social de la clase trabajadora, particularmente obreros industriales y del sector terciario.
También en esos años comienza la penetración monopólica de los Estados Unidos en nuestro mercado; durante la década, la Argentina se convertiría en el segundo importador –después de Australia– de películas norteamericanas. Con la caída de Yrigoyen, a la dominación de nuestro mercado cinematográfico por los Estados Unidos se le adiciona la grave crisis económica, factores ambos que causan un drástico retroceso en la producción local.
Pero con el advenimiento del sonido óptico surgen en nuestro país los primeros estudios de América Latina: Lumiton y Argentina Sono Film (5). Estados Unidos, temerosos de perder el mercado latinoamericano a causa de la sonorización, comienza a producir cine hablado en castellano para distribuir en Latinoamérica (6). Sin embargo, las producciones argentinas continúan siendo las preferidas en el.mercado latino. En 1939 la Argentina gana los primeros premios internacionales obtenidos por Latinoamérica. Comienza la edad de oro del cine argentino, con treinta estudios en actividad, fuente de trabajo estable para 4.000 trabajadores.
Pero Estados Unidos, debido a la posición neutral adoptada por nuestro país en la Segunda Guerra Mundial, boicotea a la industria argentina impidiendo la entrada de materia prima, por lo que los productores locales deben abastecerse de la misma recurriendo al mercado negro. A partir de ese momento Estados Unidos se dedica a apoyar económicamente al cine mexicano –a la sazón una industria irrelevante comparada con la argentina– realizando grandes inversiones y exportando en 1943, 11 millones de metros de película virgen, mientras que la Argentina, con una industria mucho más importante, sólo recibe 3 millones. Esto, sumado al injusto sistema de distribución que siempre favoreció a los exhibidores más que a los realizadores, hace que nuestra producción decline.
Durante el primer gobierno peronista se legisla la producción cinematográfica, se fijan cuotas de exhibición y comienza a financiarse desde el Estado la actividad cinematográfica, pero a la vez comienzan a circular listas negras y algunos realizadores y artistas se ven forzados a emigrar.
En 1957 se crea el Instituto Nacional de Cinematografía, se instituye formalmente la censura y los exhibidores –con la anuencia de la dictadura militar, el gobierno de la autodenominada Revolución Libertadora– dejan de cumplir con las cuotas de exhibición obligatoria (7); por otra parte, y como consecuencia de la implementación de un nuevo plan económico, los costos de producción de la industria cinematográfica se elevan en un 160%, el de los productos químicos en un 300% y el precio de la materia prima en un 100%.
Con los años se reimponen las cuotas de exhibición para la producción nacional, estableciéndose el 6 x l (la obligatoriedad de exhibir una película nacional por cada seis extranjeras).
En 1962 es destituido por un golpe militar Arturo Frondizi, presidente constitucional desde 1958; la censura cinematográfica se intensifica, se renuevan los exilios –entre otros el del realizador santafecino Fernando Birri (8)–, aunque a la vez va afianzándose y ampliándose un movimiento renovador, el de la llamada Generación del 60 (9). Esta corriente se emparienta con manifestaciones similares en otro países, fundamentalmente por el compromiso social de sus realizadores (Cinema Nóvo en Brasil, Cine independiente de los Estados Unidos y la Nouvelle Vague francesa).
Las vanguardias políticas de los años sesenta hacen eclosión en un punto de ruptura decisivo para la historia social de nuestro siglo, el Mayo Francés de 1968. Asimismo la Revolución China, la Cubana, los movimientos sociales de protesta, las puebladas, nuestro Cordobazo, son algunos de los observables del inicio de una etapa de lucha social y política reivindicativa en todo el mundo. La utopía se acerca a lo posible. Los creadores de cada campo de la cultura y el arte reflejan lo revolucionario del mundo de la década.
Y nuestra Generación del 60 inscribió su compromiso renovador en una sociedad que ya no se sentía representada por la doxa artística dominante. Algunas de las cuarenta películas estrenadas en 1968 –comienzo del ocaso del onganiato– de cierta manera dan cuenta de este proceso, de una lucha en la pantalla entre el mundo viejo de las películas pasatistas y las propuestas renovadoras10. Una notable respuesta cinematográfica a la dictadura de Onganía fue La hora de los hornos, de Pino Solanas y Octavio Getino, exhibida fuera de la Argentina por su prohibición en nuestras salas. Sobre fines de la década del 60 se crea el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano; mientras tanto, nuestra industria sigue padeciendo restricciones, en monto y costo, para la importación de materia prima; esto, junto con las sucesivas devaluaciones de nuestro peso, diseña un panorama dramático para el cine argentino.
Luego de las elecciones presidenciales de 1973 –y específicamente bajo la gestión en el Instituto de Cinematografía de Octavio Getino– se incentiva la producción nacional, se elimina la censura y se libera la exhibición de películas que durante largos años habían estado prohibidas. Asimismo, sube la asistencia de espectadores a la proyección de películas argentinas con temáticas de denuncia (11) que reflejan períodos de nuestra historia signados por la represión, la explotación, la persecución y el crimen.
Tras el fallecimiento del entonces presidente Perón asume el gobierno su esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez; durante su mandato, la ultraderecha lopezrreguista se enquista en el poder. En 1974 comienzan las amenazas a intelectuales, actores, directores de cine y teatro y gente de la cultura en general por parte de la organización autodenominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A); se inicia un nuevo período de exilios que se acentuaría durante la dictadura militar con la implementación del terrorismo de Estado. Fiel reflejo de la ideología del poder es la asunción al frente del Instituto de un ex crítico cinematográfico, el censor Miguel Paulino Tato, un moralista fanático que, firme en su puesto, se mantiene en él durante la dictadura militar del Proceso prohibiendo cientos de películas. Los hombres y mujeres de pensamiento progresista que permanecen en el país son objeto de una estrategia de cierre de puertas de sus fuentes de trabajo habituales: prohibiciones, listas negras, amenazas, desapariciones, son la moneda con que muchos pagan su derecho al pensamiento. Entre los directores de cine que se ven obligados a tomar el camino del exilio están Jorge Cedrón, Octavio Getino, Rodolfo Kuhn, Lautaro Murúa, Fernando Solanas, Gerardo Vallejo, Leopoldo Torre Nilsson... La invasión de películas norteamericanas aumenta en un 60%. Argentina Sono Film, productora y distribuidora fundada en 1933, se ve obligada a cerrar sus estudios.
Como fruto de una doble maniobra –de "entretenimiento" y de producción ideológica– el gobierno de la dictadura militar estimula la producción cinematográfica nacional (12); por un lado, se financian comedias vulgares y por otro, películas que exaltan el "espíritu militar y patriótico", siendo producidas estas últimas por sectores ligados a la Armada Argentina.
Muchos directores y actores deben aceptar con resignación trabajar en tales emprendimientos, por ser su única fuente posible de sustento; otros, por el contrario, colaboran con su participación en dichas películas, ejerciendo el rol de intelectuales orgánicos de la política ideológica represora y genocida del gobierno militar. Mientras tanto, Jorge Cedrón (13) es asesinado en su exilio de París por enviados de la Junta militar argentina.
En 1982, la derrota en la guerra de Malvinas marca el comienzo de la caída del gobierno militar, vencido en su propio oficio y quehacer: la guerra. Al comenzar a respirarse aires menos represivos, la temática cinematográfica se torna más cuestionadora y los realizadores encuentran una vía de escape para sortear las enormes dificultades impuestas por el contexto utilizando diversas estrategias: narración metafórica, lenguaje elíptico, analógico... Las películas empiezan –aunque cautelosamente– a narrar hechos de la realidad social y política del país. El cine argentino se apresta para regresar del último exilio. (14) De ahí en más la llegada de la democracia parece definir la lucha únicamente contra el monopolio de Hollywood. Titánico problema a solucionar dentro del patio de nuestra propia casa, esta vez sin éxodos indeseados. Hoy los viajes de las jóvenes generaciones de realizadores se realizan para regresar premiados en los más importantes festivales internacionales.
La historia de nuestro cine siempre estuvo indisolublemente unida a nuestra historia como país, donde la actividad cinematográfica atravesó por muy variadas etapas: de impulso estatal, de desarrollo como industria cultural, de retracción en su apoyo por parte de las políticas gubernamentales de turno, de apertura temática, de censura, de auge y de fracaso, de progreso y retroceso. Su camino tiene tantos atajos, idas y regresos como los sufridos por el orden constitucional y el estado de derecho; en las épocas represivas, el cine argentino –como muchos hombres y mujeres de la cultura– fue enviado al exilio. Y retornó para reconstruirse, para seguir subiendo la dura cuesta de la distribución, las carencias de producción y financiación, la desigual competencia con el mercado norteamericano. Volviendo siempre, el cine argentino, inscripto en el regreso de sus exilios.
María Virginia Ameztoy

(*) Fragmento del trabajo de la autora "Cine argentino. Un continuo regreso de los exilios", en Políticas y espacios culturales en la Argentina, ediciones CBC, UBA, 1996.
1. El Apóstol, el primer film animado del mundo, producido por Valle y dirigido por Quirino Cristiani, Diógenes Taborda y Andrés Federico Recaud.
2. El tango de la muerte, filmada en 1917 por José Agustín Ferreyra.
3. El último malón, realizada por Alcides Greca también en 1917.
4. Juan sin ropa, realizada por Benoit en 1919.
5. Argentina Sono Film produciría en 1933 Tango, nuestro primer film parlante.
6. V.g., las películas que Gardel filmó en Hollywood y en Francia.
7. Casi 700 películas extranjeras, en un 90% norteamericanas, son exhibidas en 1957.
8. Fernando Birri, recordado realizador de Los inundados (1961), entre otras.
9. Ayala, Torre Nilsson, Kohon, Kuhn, Antín, entre otros.
10. Una relevante respuesta cinematográfica a la dictadura de Onganía –y a la adscripción de sus autores a la revolución estético-temática– fue La hora de los hornos de Fernando E. Solanas y Octavio Getino; la película fue exhibida fuera de la Argentina, en Uruguay, y muchos argentinos viajaron para verla. La hora de los hornos se constituyó en una película simbólica, un referente para los que luchaban contra la dictadura militar y por el cambio social.
11. La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, y Quebracho, de Ricardo Wüllicher, entre otras.
12. En 1979 se estrenaron 31 películas nacionales y en 1980, 34.
13. Jorge Cedrón, Operación Masacre (1972) sobre la obra homónima de Rodolfo Walsh.
14. En este sentido No habrá más penas ni olvido (1983), la versión cinematográfica de la novela de Osvaldo Soriano, dirigida por Héctor Olivera, es una de las primeras.


Bibliografía
Ameztoy, María Virginia, Cine argentino. Un continuo regreso de los exilios. En Ana Wortman comp. Políticas y Espacios Culturales en la Argentina, Ediciones CBC, UBA, 1996.
Barnard, Tim, Argentine cinema, Nighwood Editions, Toronto, 1986.
Chiarini, Luigi, Il film nei problemi dell’arte, Roma, 1949.
Di Núbila, Domingo, Historia del cine argentino, Ediciones del Jilguero, Bs. As., 1998.
España, Claudio comp. Cine argentino en democracia, ediciones Fondo Nacional de las Artes, Bs. As., 1994.
King, John, The garden of forking paths. Argentine Cinema, Edited by Korgfard and Torrens, London, 1988.
Tudor, Andrew, Cine y comunicación social, Ediciones Visual, Barcelona, 1975.


Vivo en Alemania
(Desde Fankfurt, Alemania, especial para "Desde Boedo")
Los argentinos sufrimos. En Argentina sufrimos: imaginen cómo sufriremos en Alemania. Vivo en Frankfurt, acá, sobre el Río Meno; ciudad de banqueros, banquetas y banquetes.
Siendo capital financiera del país, del país más rico de Europa, banqueros recorren la ciudad de punta a punta por las bicisendas, traje italiano, zapatos ídem. Plazas de flores pétalo fresco todo el año, y bancos pintaditos, basurero a babor. Invariablemente algo que festejar en esta ciudad que alberga muchachas solitarias y caballeros lejos de su matrimonio. Cafés, boliches, tugurios, prostis legales. Y nieve, mucha nieve. Y verde, mucho verde. La naturaleza cerca, gratis, cuidada, es el lujo de esta gente.
No hablan nuestro idioma. No me refiero únicamente al inabarcable idioma oficial: en cuanto se nota que ni balbuceás alemán, hasta el último panadero se lanza a hablarte en inglés. Tampoco sabemos inglés. Y sólo algunos te farfullan media frase en castellano porque veranearon en Mallorca. Dicen que en Frankfurt pueden oírse hasta setenta lenguas. Puede ser. Yo veo a muchos hablando solos; conversando con los suyos. Cuentan que al fin llegaron al paraíso donde nadie te pide el pasaporte en la calle, pero tampoco nadie escucha cuando decís con tus palabras, tengo frío, tocame un poco, ayer no pude.
Estás solo, pues, en medio de ciudadanos carentes de sentimientos. Tomemos el caso del maradonismo. Recuerdan la Mano de Dios, sólo los memoriosos; del cinturón gástrico y chou televisivo, ni idea. Así, es muy difícil entenderse. Esperan que les cuentes de Borges y Galtieri, de las Madres y de la Patagonia. Tantos bailan tango que ni de ese punto ya preguntan.
Ese analfabetismo afectivo se nota. Se nota en pequeñeces. Cuando ponen una multa por circular a más de 30 en las calles laterales, o por tirar un pucho (un solo pucho) al piso. Hasta por un papel (mísero papel) fuera del cesto. Ni siquiera podrías "arreglar" si te pescaran sin boleto. Yo digo: deberían instalar molinetes, censores electrónicos, topes: exigir que uno porte el boleto aunque nadie te lo pida por semanas, es provocador. Encima, hay que sacarlo de una máquina. Ni guarda tienen.
Eventos por doquier. Cada ciudad, por minúscula que sea, cuenta con museo o conciertos, fiesta regional, mercado al aire libre, feria de navidad, pizzero, comida china, helados. Librerías al por mayor. Programas culturales en cada esquina. Muchas ciudades se han construido dentro del perímetro de las murallas con las que pretendieron allá y entonces contener a los bárbaros. Hoy, bárbaros en coches despampanantes, llevan a sus bárbaras y barbaritos a comerse un cucurucho. Los hombres crían a los chicos, toman licencia por paternidad, lavan platos, zurcen, bordan y abren la puerta para ir a jugar. Si te burlás, te aplican la ley antidiscriminatoria.
La ley todo lo rige. Está taxativamente prohibido negar la existencia del Holocausto; o decirle a tu vecino negro de m., u opinar que la mujer que te atendió es una vaca. Nada. Advertencia, denuncia, juicio. La historia les ha enseñado que una cosa es odiar a los judíos como los odian todos, y otra es montar una industria aceitada de genocidio. Aprendieron. Ni la bandera ondea en los colegios. Ni el himno se canta. Hay que esperar un mundial para que suceda.
Segregaciones, hoy, son más benignas. Separar las basuras es de rigor. Cuatro tachos en tu cocina. Fecha fija para que recojan los papeles. Otra para plásticos. Botellas: por color. Y así, distanciando, distanciando, los chicos ya no viajan upa del padre, pegados al volante; ni en la falda de mamá. Atrás. O multa. En cuanto cruzás por el medio de la calle, a tu entero riesgo, te paran. Los peatones tienen prioridad aunque te urja la vida. Y en el súper, el que viene detrás no pide permiso: es preciso adivinar que quiere pasar. Si no adivinaste, oh, latino mareado con tanto orden, sos de otro mundo. De un mundo exótico para mirar en la tele, pero no para topártelo delante, justo en el pasillo de las cervezas.
Se toma. Mucho. Se fuma. Bastante. Se come. Salchichas en la calle. En los restaurantes típicos, platos enormes, salseados, calientes. Ni se te ocurra pedir una ensalada completa. Ni se te ocurra pedir limón para condimentarla. Y sobre todo, ni se te ocurra pedir algo especial. Acá, todo está en la compu, y lo que no está no existe. Incluso, cuando vas al médico, le enviás sus honorarios compu a su cuenta. O le das el número de tu cuenta compu para que se cobre. O le dejás un mensaje compu y te responde por idéntico medio. No te mueras en un corte de luz.
Existe el locutorio. Adolescentes, turistas, pobres, se arriman y fuman en locales regentados por turcos, afganos o iraquíes. Es el rincón kitsch de tu barrio, aroma de mercado. Las chicas musulmanas ni se acercan. Tapadas, con el calabozo a cuestas. Algunas ni las manos muestran. Madres casi niñas, a un paso atrás de sus maridos acicalados a la usanza occidental, aire nuevo rico. A eso llaman preservar la cultura. Y algunos progres insisten en que hay que comprender. Comprender la esclavitud.
Una alemana puede ser gorda, igual tendrá novio. Decide si tendrá hijos de otro color. No tenerlos. A voluntad depilarse. Podés no vestirte a la moda. Podés, incluso, desvestirte completa en el gimnasio con esa panza, con esas estrías, con esas várices. Acá, las mujeres hace mucho se sacaron los corpiños. Simbólicamente digo.
Se es gay a ojos vista. Charlás con tu mascota siempre que recojas la caquita. El bus llegará a la hora, exclusivamente por su carril; y el tren avisa en cada parada de qué lado bajar. Jamás una bocina. Tranvías. Pagan los impuestos; las veredas no están rotas, circulan sin ayuda en silla de ruedas; las rebajas son rebajas, el verano benigno y los baños públicos impolutos. No por eso están sonriendo.
Todos los clisés cumplidos, y aún así los argentinos no dejamos de sufrir.
Y sí. Se extraña a la gente que te quiso y te sigue esperando; a la ciudad en que fuiste chico, a los amigos que te abrazaron el día de la democracia, a tu tía que hornea las mejores empanadas. Se añora ese lugar en que te dieron un nombre y una estrella. En Alemania, como en cualquier lugar donde sos extranjero, lo que más se extraña es a uno mismo.
Marta Kapustin


La cautiva
El tema de la cautiva podemos seguirlo en la literatura y el arte argentinos de los siglos XIX y XX. El principal poema de Esteban Echeverría lleva por título precisamente "La cautiva", donde el poeta de la pampa le canta a la fuga de María, una cautiva blanca, que deja atrás el mundo de las tolderías y atraviesa el desierto. El gran óleo de Angel Della Valle, "La Vuelta del Malón" (MNBA), nos presenta, entre otros, a un indígena que lleva sobre su caballo a una mujer blanca, capturada en la incursión realizada en las estancias y rancherías pampeanas. Laura Malosetti Costa ha interpretado el óleo de Juan Manuel Blanes "La sorpresa de San Cala" (MHN) como una metáfora de la cautiva. La mujer blanca fue un bien preciado por el indígena pampeano; pero las mujeres indias tampoco escaparon a la cautividad. Después de la denominada Conquista del Desierto por el general Julio A. Roca, numerosas mujeres indígenas fueron distribuidas como sirvientas entre las familias de los terratenientes y burgueses.
Lucio Correa Morales (1852-1923) fue uno de los primeros escultores argentinos. Como otros artistas de su generación estudió en Florencia (Italia) con el escultor Urbano Lucchesi y al regresar a nuestro país desarrolló la estatuaria nacional. En 1897 se inauguró la estatua "Falucho", segunda obra pública de un artista argentino. Entre sus obras se encuentra "La cautiva", realizada en 1905 "(...) Correa Morales afirmó que "Cautiva" es uno de los trabajos que más quiero". Sobre la obra expresó: "La he representado sentada en un resto de pared de adobe mirando a lo lejos el toldo que no volverá a ver jamás. Sus pequeños se esconden como pájaros asustados y el perro queda para seguir la larga fila de cautivos, como vivo recuerdo del lejano amor que se apagó con su sangre en defensa de la tribu". Este grupo escultórico de mármol, puede observarse en las avenidas Presidente Figueroa Alcorta y Pueyrredón, de la capital"1. Esta escultura expresa el destino de millares de mujeres indias o blancas pero culturalmente aindiadas que han perdido para siempre su mundo: el de las tolderías. En los campos donde estas reinaban ahora se imponían las estancias ganaderas, vacunas u ovinas, de linajudas familias patricias o de empresas extranjeras.
Actualmente "La cautiva" presenta abundantes grafitti. Es el destino común de numerosos monumentos y esculturas de Buenos Aires. Quisiéramos que este artículo contribuya a un llamado de atención a nosotros, los porteños, para que respetemos el arte arquitectónico, escultórico y paisajístico de nuestra ciudad. Recordemos que "Los países jóvenes tienen el deber de alimentar y fomentar las bellas artes, que son un gran factor de cultura y progreso. Roma es bella y grande no solamente por sus hechos históricos sino también por su culto a la belleza y por sus grandes artistas que la inmortalizaron... Está en nuestro interés ayudar a esos hombres que mostrando al mundo nuestros hechos, eternizando nuestras glorias, hacen conocer al país en el exterior, por medio del arte que es el mejor propagandista"2. Estas expresiones de la época del Centenario conservan toda su actualidad.
Miguel Ruffo


NOTAS: 1) COSMELLI IBAÑEZ, José Luis, "Hiatoria de la cultura argentina", Librería "El Ateneo" Editorial, Bs. As. 1922, pág. 530. - 2) "La Tribuna", 7 de julio de 1907.


La resistencia
Siempre estuvimos en la resistencia. Siempre. Habíamos nacido alrededor de los años 30, unos un poco antes, otros un poco después. Estábamos terminando la escuela primaria y ya andábamos por las calles con las alcancías de la Junta de la Victoria o repartiendo pequeños corazones de paño rojo como símbolo del sitio de Stalingrado.
Leíamos "Campos roturados" y "Así se forjó el acero", y leíamos a Neruda y a García Lorca, y pegábamos obleas pro aliadas en las paredes de Buenos Aires, capital de un país que no se molestaba en disimular su debilidad por los alemanes. Todavía no usábamos la palabra nazi, no por lo menos nosotros, adolescentes, sí los padres inmigrantes entrenados en el anarquismo. Pero empezamos a murmurar fascistas cuando estrenamos las cárceles de Perón, cuando nos enfrentaron a la clase obrera, la misma por la cual luchamos, mal, con torpeza, con desprolijidad, pero luchábamos con aquella consigna perversa "alpargatas sí, libros no". Ya teníamos revistas político-literarias, ya escribíamos poemas a nuestros primeros mártires estudiantiles, ya sabíamos defraudar a la policía con las manifestaciones relámpago, ya conocíamos el terror de la Sección Especial, la comisaría octava, en la siniestra calle Urquiza, ya teníamos oradores tan apasionados como jóvenes, ya teníamos facultades tomadas, y ya existía la costumbre de andar con los ojos irritados por los gases lacrimógenos y por las noches sin dormir intentando expresar con la palabra escrita la rebeldía de una generación que no quería hacer literatura con la vida sino ponerle la cara a los escritores de "La Nación", protegidos por la impunidad de una clase a la cual, empecinadamente, queríamos derrotar.
Los 60 fueron una fiesta de revistas literarias y lágrimas por nuestros amores contrariados, de batallas fraternales entre surrealistas y neorrealistas y denuncias encendidas contra el imperialismo.
Siempre estuvimos en la resistencia. Con nuestros libros, que trabajosamente se abrían paso en medio del silencio oficial, y con el cuerpo, habilidoso para zafar de las embestidas de la montada cuando gritábamos en defensa de la enseñanza laica o nos aturdían los balazos durante el discurso de Palacios en la Plaza Congreso, o en las reuniones clandestinas a partir de las operaciones masacre. Y estuvimos en la resistencia cuando el onganiato nos puso en las listas negras que nos cerraban las puertas de los trabajos, las huestes de las 3 A nos mordían los talones, y Frondizi nos traicionaba, y venían nuevos militares con los mismos uniformes.
Estuvimos en la resistencia cuando nos nacieron los hijos y les enseñamos los trajines de la revolución y el odio de clase, y los aliamos a nuestra fe de futuro con banderas rojas. Esos hijos fueron los que se amanecieron a las puertas de la cárcel de Villa Devoto, con guitarras y muchachas de cabellos larguísimos, cuando Cámpora nos deslumbró fugazmente con un espejismo de libertades y socialismo. Esos fueron los hijos que nos mató la dictadura de Videla, los hijos resistentes de la resistencia de los 60, los años que fueron una fiesta de ideología y literatura.
Quedaron los sobrevivientes, tan desaparecidos a veces de nuestra alma como desaparecidos treinta mil hijos de nuestra sangre y de nuestra palabra.
Siempre estamos en la resistencia, con enormes heridas que supuran dolor, y otras palabras, otros versos, otra prosa, más densa, más militante que nunca, quizá porque deseamos cubrir las palabras interrumpidas de los intelectuales asesinados y las ensangrentadas esperanzas de nuestros hijos desaparecidos.
Nira Etchenique


Barquitos
La piba hacía barquitos. Los hacía con pedacitos de papel que encontraba tirados en la calle. Una vez hallado el papelito se aplicaba afanosamente, la piba sí, era una apasionada, a la metalurgia urbana nacida entre sus dedos largos. La piba era alta, piernas largas, con una manera generosa de llegar, ella y su movimiento; y era piba de andar pariendo barquitos de papel, apenas un detalle entre tantos detalles para ver en las calles de Buenos Aires.
En la calle, el viento raspa de manera considerable.
Día gris, afuera de otoño, y aún más gris dentro de este café ubicado en Corrientes y Acuña de Figueroa; muy Almagro gris en el café, porque en el café estoy mirando por la ventana, siguiendo con la mirada en gris las mujeres hermosas, de esta manera hay momentos en que algo dentro de la memoria se ilumina; viendo la cara de las personas, viendo el movimiento de tantos labios a la hora de hablar. Los que están bien hablan y a su lado hay otra persona, una compañía, un escucha; hablan los que van solos, pero que en una de sus manos llevan un ínfimo teléfono celular; hablan y hablan también aquellos que no tienen compañía ni teléfono. Están mal aquellos que hablan solos, es una suerte que siempre tenga papel en blanco, para que las palabras grises salgan silenciosas y a salvo de miradas.
Fue mirando por la ventana del café que descubrí uno de los cestos plásticos, naranja la vestimenta y con sombrero negro, que el gobierno de la ciudad coloca abrazados a alguna columna de esquina, intentando el milagro, la declaración fundacional, sí, todavía creemos en utopías, al menos en la de la basura en los cestos.
Sobre el sombrero negro del cesto esquinero, siempre suspendidos entre la tierra y el cielo cercano de la ciudad, descubro un diminuto barquito de papel. Salido, sin duda, del astillero que los fabrica con el típico papelito que dan en la vía pública los emisarios de los que compran celulares deslineados o que ofrecen cachorras por quince pesos los quince minutos; así el barquito navegaba en la esquina. Desde cuándo era la pregunta, porque el viento no es poco; y porque es muy raro que alguien que por azar descubra la presencia en la calle no quiera llevárselo a casa, a su marina privada de las cosas encontradas y por tanto tan gratis ellas, o tan sólo revolearlo, porque para qué pondrán, por ejemplo, barcos donde no se debe.
La piba dijo, alguna vez, que sí, que me había leído y que recordaba un texto: Barcos fuera de lugar. Pero en ese tiempo, cuando la lectura, ella ya hacía barquitos.
El barquito sigue sobre el cesto, es una suerte, porque de tan gris es que estoy escribiendo barquitos mientras veo la imagen de la piba, en Buenos Aires, en un café; siempre la veo en cafés. Pensándolo bien, sí la vi en otro lado, en el cementerio de la Recoleta, pero fue en fotos y sobre una mesa de café, entonces no sé a qué viene la aclaración cuando ella estaba tan húmeda en blanco y negro y, sin embargo, la piba no parecía, es decir era la misma expresión decidida, era, como siempre, el rostro de la pasión, pero parecía otra piba, una que no conozco, pero que sin duda me interesaría conocer. Sé de sus adentros, tristes y felices los momentos hacen ronda con cuerda cíclica en la memoria de la piba, así hasta ahora, así siempre será, así en el cielo como en la tierra, la piba será esa que ya es. Anotaba porque ella aparecía tan sugerente en su blanco y negro de cementerio, por momentos un rostro de otra época, por momentos una mujer vampiro que sobre un banco de cemento del Recoleta, atrae, no hay duda, y ofrece, tampoco hay duda.
En la Recoleta no se veían barquitos de papel, porque ella, quizás, pienso, los llevaba puestos y en ese día, no los regalaba.
Una mujer mayor se para frente al cesto, se agacha un poquito, avanza un paso; la imagino cerrando y volviendo a abrir los ojos, se acerca otro paso, ya no tiene dudas, es un barquito, gira sobre sí misma y mira hacia el café, mira como buscando un cómplice para el descubrimiento; nos miramos y desde mis ojos grises le digo, creo que entiende a pesar del viento, que sí, que es así, que es un barquito de papel sobre un cesto de basura y que bien lo sé ya que lo estoy anotando. Después que le dije, la mujer siguió su camino, más tranquila.
La piba pasó por esta esquina, pero cuándo. Miro, en un arranque estúpido, para ver si está en el mismo café; obvio, no, ya estaría a mi mesa. Miro las veredas en ambas márgenes de la avenida y otra estupidez, era imposible que la piba estuviera en las proximidades de la esquina, ¿cuánto hace que miro el barquito de papel desde este ventanal?, una hora, no seas tan estúpido. Pero entonces, por qué el barquito, cómo es que el barquito no ha sido, por lo menos, destronado, hundido, escorado, por el viento y llevado hasta las profundidades de la vereda.
Mi tío me dijo que él mismo fue, toda su vida, un barco fuera de lugar, y ella, la piba, también es barco fuera de lugar.
Me descubrí como barco fuera de lugar cuando me encontré con un barco entre las sierras, iba de paseo, inimputable en mi más pura estupidez turística, cuando encontré el barco entre los árboles, lejos del agua; me dije, lejos del agua y de muchas cosas más, me dije, vos, yo, barco fuera de lugar; así supe.
Ser como barco significa que uno podría ir hacia algún lado, que podría, por ejemplo, flotar, y que hasta podría llegar a algún puerto, hermoso sería llegar a uno de los puertos de Raúl González Tuñón, pero para ello habría que aceptar el agua, estar en el agua, y no porque el agua no sea real, sino porque algunos navegan entre distintos territorios, sólidos territorios que poco tienen que ver con el agua y sí con un sube y baja de plaza entre las felicidades y las tristezas, algo así como estar siempre dejando y estar siempre recibiendo, los días, sus momentos, y sí, sus dudas.
Ella, la piba, me había contado una vez, en uno de nuestros cafés, que hacía barquitos de papel, con papeles encontrados en la calle, y los dejaba en distintos lugares, teléfonos, cestos de basura, pareditas, y en casos especiales, ella llegaba a entregarlos en propia mano.
En Buenos Aires hay una piba que te puede regalar un barquito de papel; a mí me regaló uno, pero en un café, nunca me la encontré en la calle; sólo en el café y en la Recoleta.
Después de pagar mi café y guardarme mi grisura de otoño; luego de cerrar la libretita y tapar mi lapicera roja, salí del café y me acerqué hasta el puerto. No iba a dejar el barquito en medio de esta tormenta de ciudad, me lo llevo, sí, me dije así, me lo llevo, pero cuando lo agarré comprendí el acto desesperado.
El barquito estaba frágilmente pegado sobre una pasada, muy pequeña, de pegamento, como un alto transparente en la senda de un caracol, por eso el viento no se lo llevaba, y entonces, además, el destino haya querido que nadie se lo llevara hasta que yo me acercara; el destino en Buenos Aires a veces está tan fuera de lugar que asusta y alegra.
Cuando se es barco fuera de lugar puede uno en algún momento intentar resistir a la eterna deriva, creo que por eso mi tío sigue viviendo en países extraños, saltando de uno a otro, buscando resistir e intentando cada vez su mejor manera de estar; por eso creo que la piba agrega, a veces, pegamento, como resistencia ante la fugacidad, la fragilidad de las sensaciones en la alta melancolía de los territorios sólidos.
Por esa misma razón creo que sigo pegando palabras sobre las hojas de papel, como resistencia mientras no dejo de ser aquello que descubrí entre las sierras, un barco fuera de lugar, como ella, la piba.
Edgardo Lois


Nuestro cine testimonial
Quiero compartir con ustedes la alegría que me causa el reciente estreno de la excelente película "Bialet Massé, un siglo después" dirigida por Sergio Iglesias. El "Informe sobre las clases obreras en el interior de la Argentina" escrito por mi bisabuelo Juan Bialet Massé en 1904 continúa teniendo hoy absoluta vigencia, lo que demuestra que su denuncia en relación a la situación de la clase obrera y de nuestros indígenas sigue formulando una deuda pendiente para todos los argentinos. De "Informe sobre las clases obreras en el interior de la Argentina" les transcribo uno de mis párrafos favoritos:
"El capitalista extranjero no ha mirado al país sino como campo de explotación pasajera y usuraria: ha entregado las gestiones a personas que no miran sino el alto dividendo, como medio de asegurar sus puestos, sin reparar en los procedimientos, cayendo no pocas veces en hacerlo redundar en provecho propio; que al fin y al cabo el que extrema para otros cae en la cuenta de que algo debe quedar para él, y obtiene así dividendos que pudieran duplicarse con administraciones más racionales. Nada han hecho para mejorar al país ni siquiera sus propias industrias; todos ven que el país progresa, pero a pocos les ocurre preguntar: ¿qué es lo que debiera haber progresado, si esas administraciones no hubieran estrujado a sus propios obreros, no hubieran estrujado a la producción, a la que hacen cuanto pueden para no dejarle sino lo indispensable para que no muera? ¿Qué es lo que esos capitales habrían ganado, si hubieran hecho sus gerentes algo siquiera para el propio beneficio de la empresa, sometiéndose a la ley y llenando los objetos de la concesión honradamente?"
Patricia Díaz Bialet


"Bialet Massé, un siglo después" (Argentina/2006). Guión y dirección: Sergio Iglesias. Fotografía: Andrés Durán. Montaje: Gustavo Codella. Producción: Marcelo Céspedes. Producción ejecutiva: Paola Pernicone. Presentada por Cine Ojo y Primer Plano Film Group. Hablada en español. Duración: 91 minutos. Calificación: para todo público. Declarada de interés educativo por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación.

A ANIBAL TROILO

No conocí el afecto de un abuelo;
crecí escuchando hablar en lengua extraña.
Tal vez por eso fue mi mano huraña,
lerda mi voz y tosco mi pañuelo.

Busqué en vano respuestas y consuelo
en los libros. La letra impresa engaña
y la cavilación mal acompaña
a quien no encuentra amigos, dios ni suelo.

Una noche te vi mientras volvías
hacia adentro el cuchillo y la mirada
víctima y hacedor del sortilegio.

Y esa noche yo supe que eran mías
la ciudad por tu música engendrada
y la lágrima oculta en cada arpegio.

Haydée Breslav




Queremos decirles que--- (Editorial)

Fútbol o no fútbol, esa es...
Fútbol en las escuelas con los partidos del Mundial, fútbol en los bares, fútbol a la mañana, a la tarde, a la noche y en trasnoche. Por un mes, el del campeonato, todo toma forma esférica proyectada hacia el tejido de piolines. Los fanáticos enloquecen, los simpatizantes se fanatizan y hasta los indiferentes espían por el rabillo del ojo y suelen preguntar por algún resultado o el significado del ignoto orsai. Una pequeña minoría refractaria al suceso se aisla, muda en la Torre de Babel, y manifiesta su desagrado, no pocas veces como una pose intelectual reacia a reconocer fenómenos de masa. Otras con la justeza y las razones que da la disidencia.
Cierto es que las enormes cantidades de dinero que moviliza el acontecimiento producen en quienes nos resistimos a ser rebaño en el arreo de intereses, un rechazo a priori a dejarse llevar por triunfalismos mediáticos o publicidades convenientes –como todas ellas– que disfrazan de celeste y blanco toda venta, desde automóviles a preservativos, sin esquivar los paquetes turísticos ni las publicaciones de todo tipo (en una tradicional revista de campo una vaca luce la camiseta argentina).
Ni qué hablar de quienes específicamente se dedican al asunto. No escuché a un solo relator que dijera el equipo argentino, sino La Argentina, como si se tratara del país y no de su representación futbolística: La Argentina se defiende, La Argentina ataca, próximos rivales de La Argentina, son algunas muestras de una inmensa botonería exacerbada por las disposiciones de la Cosa Nostra futbolera –llamada FIFA– que dispone la ejecución de los himnos nacionales en lugar de una canción que identifique al Seleccionado de la AFA, por ejemplo. Los patrioterismos exaltados como si se tratase de la defensa de la soberanía son un background conveniente para todos los negocios que el fútbol produce, desde la modesta bandera-gorro-vincha, las multimillonarias ventas de cracks y los climas, esos estados de ánimo estupidizantes, anestesia de realidades; no olvidar el 78 ¡por favor!
Otra cosa es la negación –insisto en que suelo verla como una pose–, que vendría a ser como una ceguera a la existencia de los sucesos populares más allá de que se relativice su valor. ¿Circo? ¡Sí! ¡Qué sería de nuestras castigadas existencias de no mediar la sonrisa de un payaso de vez en cuando...!
Mario Bellocchio